Opinión

flamenco cap 9

 

EDUARDO TERNERO. LA VOZ FLAMENCA. Josefa Díaz Fernández, conocida como Pepa de Oro, nació en Cádiz, en 1871. Fue una cantaora y bailaora gitana sobresaliente, además de poseer una gran belleza. Era hija del torero Francisco Díaz García “Paco de Oro”, aquel insigne matador jefe de la cuadrilla en la que eran cacheteros (puntilleros) Enrique el Mellizo y Curro Durse. La madre de Pepa sería la también cantaora: Agustina Fernández Fernández. Pepa, provenía de un linaje de artistas por los cuatro costados…

 

 


 


…por línea paterna, su abuelo Gaspar Díaz y sus bisabuelos (José y Jorge Díaz “Agualimpia”) fueron matadores de toros. Su bisabuela fue la famosa cantaora María Cantoral Valencia. Además de estar emparentada con la dinastía de los Ortega, la familia cantaora de Caracol y la saga de toreros Los “Gallos”, artistas que tanta gloria y arte han dado al flamenco y al toreo a lo largo de la historia. Igualmente, por línea materna era pariente de muchos y grandes intérpretes del flamenco de Cádiz y Jerez: los “Borrico”, Macandé, la Macaca, El Viejo de la Isla…, por tanto Pepa de Oro tenía motivos y genética suficientes como para dedicarse a esto del flamenco desde que nació.

 

Pepa viajó con su padre por toda Sudamérica y, de allende los mares, escuchando los ritmos y los cantes latinoamericanos, traería los sones de la milonga, del folclor argentino, imponiéndoles un sello personal para el flamenco, con aires de tango. Esto es algo que ha sucedido siempre; los intérpretes, queriendo ser originales, realizarían cambios, personalizarían o impondrían un estilo propio. Otros aflamencaban músicas foráneas o las arreglaban musicalmente, como ocurrió con los cantes de ida y vuelta: milongas, guajira, vidalitas, rumbas, y un largo etcétera. Así lo harían muchos artistas de finales del siglo XIX. Eran tiempos de las pérdidas de las colonias americanas, ya desde 1824 no tenía España ninguna posesión en la América latina continental, solo quedaban Cuba, Puerto Rico en el Caribe y las Filipinas en el Pacífico, amén de alguna pequeña isla dispersa y olvidada por la polinesia o micronesia. En estas fechas, aún se está promoviendo una masiva emigración de españoles a los países latinoamericanos.


Josefa Díaz, “Pepa de Oro”, siendo aún muy joven, se incorporó a los tablaos de los cafés de Cádiz, Jerez, Sevilla, Málaga y Madrid. Aunque fue una gran cantaora, muchos de los que la vieron actuar dicen que sobresalió más como bailaora. En 1881, con 14 años, ya era una artista consagrada en el café jerezano Caviedes, obteniendo grandes éxitos y el reconocimiento de los aficionados que llenaban cada noche el café cantante. Esta gitana del barrio gaditano de Santa María era poseedora de una gran belleza, atraía al público que acudía en masa a admirarla, mientras ella se regocijaba fumando en todo momento un puro habano.


Fernando el de Triana comenta en su libro que fue una figura del cante y del baile: "Fue Pepa puntera bailaora de arrogante figura, y aunque no era gitana, cualquiera hubiera dicho que era pura cañí canastillera. Como número extraordinario cantaba unas milongas que a la vez bailaba, y que el público aplaudía con verdadero entusiasmo". Pepe el de la Matrona, que también llegó a conocerla comentó: “… hacía un cante limpio y preciosista alejado del cante ‘marchenista’”. No sabemos a qué vendría aquella comparación, ni aquello de denigrar el ‘marchenismo’, puesto que, en esas fechas, José Tejada era solo el nombre de un niño nacido en Marchena. Esa comparación tal vez fuese porque ella adaptó algunos cantes de ida y vuelta como hiciera Pepe Marchena con tantos cantes y sobre todo con su creación de la colombiana; aunque, el arte y la fama de Pepa, sin quitarle merito alguno, no es comparable con la genialidad del “Maestro”.


La cuestión iría más lejos: en el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, (1992) se instauró un premio a los cantes de ida y vuelta. Todo indicaba, por méritos propios, que aquel apartado de entre los premios llevaría el nombre del Niño de Marchena. Al final lleva el nombre de Pepa de Oro, tal vez por salvar lo evidente y porque creemos que el flamenco tiene muchas asignaturas aún pendientes de dilucidar; sobre todo llegar a entender que cada etapa ha sido una vuelta de tuerca, un desarrollo, un avance. No era el artista el que imponía, eran las circunstancias, el público, la etapa histórica…., y Pepe Marchena, lo quieran o no los puristas, es equiparable a Picasso en la pintura. El “Niño de Marchena”, con 16 años, dominaba todos los cantes, tenía una garganta prodigiosa, y la sabiduría de los mejores cantaores del XIX. Con 17 años ya había cantado en Madrid y había revolucionado el cante flamenco. Pepe Marchena, con 25 años, ya era Don José Tejada Martín, era conocido y admirado por todos los públicos, hizo varias películas de cine, era un ídolo para los artistas de la época. Era razonable que no se quedase encallado el resto de su vida, anclado en lo conocido y trillado por tantos y tanto. Marchena se dedicó a innovar y como artista a ampliar horizonte, ganarse al público. Y, si los que gustaban de aquel flamenco, querían fandangos y cuplés, coplas y cantes livianos…; si con ello, se llenaban las plazas de toros y los teatros, pues, él aprovechó las circunstancias, como hubiese hecho cualquiera. Pero, lo que no le puede quitar nadie, le guste o no, es la universalidad y haber llevado al flamenco a lo más alto, como pasaría con Camarón 50 años más tarde con sus innovaciones y ahora puede estar pasando con Rosalía.


Sigamos con Pepa de Oro, pues, a ella le debemos la altura que cogió la milonga y también dicen muchos que la vidalita, unos cantes de ida y vuelta que trajeron los soldados, los indianos, los artistas que volvían de las Américas a finales del XIX. La milonga proviene de Argentina, aunque tiene sonidos habaneros y antillanos. Pepa de Oro lo ‘aflamencó’, manteniendo sus sonidos primigenios, sus sones y su acento del otro lado del Atlántico, aunque ella le imprimiera el ritmo y la música de los tientos-tangos flamencos, conformando un cante con reminiscencia argentina y perfilado en su manera de expresarlo para bailar. Al final, la milonga, la remataba con la tonalidad y la melodía de la rumba.


Pepa, siendo muy joven, se casaría con un banderillero y quedó muy pronto viuda. Después se casó con Esteban de Jerez, un crápula que la maltrataba. Por último, convivió con el cantaor sevillano el “Macareno”, con el que puso una pensión en Madrid. Al final de sus días volvió a Cádiz; ya no cantaba y lo pasó muy mal económicamente. Falleció en 1918 cuando contaba 47 años de edad.