Firmas

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“No le gustaba el sótano ni le gustaba bajar por sus escaleras porque siempre imaginaba que allí abajo, en la oscuridad, había algo. Era una tontería, por supuesto, lo decía su padre, lo decía su madre, y, aún más importante, lo decía Bill, pero aun así... No le gustaba siquiera abrir la puerta para encender la luz, porque temía (era algo tan estúpido que no se atrevía a contárselo a nadie) que, mientras tanteaba en busca del interruptor, una garra espantosa se posara sobre su muñeca... y lo arrebatara hacia esa oscuridad que olía a suciedad, humedad y a carne podrida.”(Fotografía: Patrick Seeger. EFE).

 

 


 

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Este párrafo, del primer capítulo de It, la novela de Stephen King, representa para mí el miedo atávico del ser humano, esa cualidad indisociable a nosotros que nos ha acompañado desde que fuimos conscientes de nuestra propia existencia, desde que dimos reparo a la finitud de nuestras vidas y caímos en la cuenta, de que la vida de cada uno de nuestros congéneres se apagaba para ir solo hasta donde nuestra imaginación encontró lugar. Este sentimiento fue madre de la religión y no lo digo en pos de restarle importancia, pues a la vez fue madre también del desarrollo de la cultura y la civilización, dando cabida a lo mejor y a lo peor del ser humano.


Mi relación personal con el miedo, fue en principio un poco más romántica que la que comente con la ansiedad. Recuerdo con cariño las películas que me aterraban de pequeño, recuerdo soñar con Freddy Krueger, es más, reconozco que vi la película, Pesadilla en Elm Street, hace poco a modo de expiación de mis miedos infantiles. Era un miedo que invitaba al morbo, porque en si daba pábulo a algo que ya existía dentro de mí. Ese miedo a lo desconocido, a lo que no sabía darle explicación, representado en criaturas aterradoras y sobrenaturales, tal como el cuento infantil era a su moraleja.


En la adolescencia, ese terror empezó a compartir espacio con un terror más pueril, aunque aún con cierto sentido antropológico. El miedo a no caer bien, a ser rechazado, como vestigio del miedo a no sobrevivir lejos del grupo. También empezaron a aparecer las primeras crisis existenciales, a las cuales también le saqué partido mediante la lectura de los relatos de HP Lovecraft. Su panteón de criaturas mitológicas, monstruosas y superiores a nuestra razón, a su genial manera, daban respuesta sobre nuestra insignificancia en el vasto universo a las preguntas que todos alguna vez nos hemos autoformulado…. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Pero este tipo de terror puramente sobrenatural, a la vez que me iba despojando de inocencia, se desvanecía de mi ser, pues otros miedos debían presentarse en la vida de todo hombre adulto y socialmente responsable.

 

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Este es un tipo de miedo al que no se le termina de coger el gusto, es más sibilino, parece menos peligroso y no tiene cara de criatura grotesca. Es el miedo a ser despedido, el miedo a no saber si podrás brindarle un futuro a tus hijos, el miedo a no pagar las facturas y que te quiten lo poco que tienes. Es un miedo que en principio puede asustar menos que un monstruo acechando al final de la escalera, pero os aseguro que mas aterrador. Es un miedo que agota, que roba el espíritu y que nos convierte en meros zombis que viven en pos de ser expulsados de la sociedad, es decir, de ser un marginado, un parado, un pobre…..porque este sistema tiene otra baza además del miedo, la culpa, porque promulga a los cuatro vientos, que si no te ha ido bien, culpa tuya es. Es un miedo que se alimenta con más miedo, al inmigrante, al pobre, al diferente… porque es un miedo que no provoca ese morbo que te incita a probarlo de nuevo, sino que necesita sucedáneos para alimentarlo y que nos obligue a permanecer en él.


Y esa es la verdadera tragedia, porque cuando creces, el miedo deja de ser la expresión de algo que es consustancial a tu ser, para convertirse en una mera arma de control. El cambio climático, la guerra, la crisis, la inflación, la salud….porque este tipo de miedo, es el arma de los verdaderos monstruos, los cuales no tienen alas monstruosas, ni de sus cuerpos brotan tentáculos gigantescos. Los verdaderos monstruos dirigen gobiernos y grandes corporaciones, y te están robando la vida.

 

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