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A partir de ahora, vistos los aspectos generales y los supuestos orígenes del flamenco, intercalaremos en los distintos artículos: intérpretes (baile, toque y cante), sagas y palos o estilos, a la vez que recorreremos las provincia andaluzas para ver el desarrollo del flamenco en cada una de ellas.

 


 

Para hablar de los primeros palos del flamenco tenemos que remontarnos a lo que existía antes, retrotraernos para sentar las bases, puesto que nada surge de la nada. Nos remitimos a las zambras moras, los cantos judíos, romances traídos por los cristianos, el folklor que existía en la baja Andalucía, más el ritmo y la esencia oriental que aportó el pueblo gitano. Todo ese aderezo pudo estar formando una especie de revuelto o ensalada durante muchos decenios, incluso casi un siglo (entre el XVI y el XVII) en el que se fue fraguando una forma de expresión inédita, una forma de musicalidad exclusiva de la Baja Andalucía. Aunque no fuese hasta inicios del XIX cuando se le empiece a llamar Flamenco. Y podemos afirmar que fueron los gitanos andaluces quienes lo guardaron en el cofre de los tiempos, en su memoria musical, de padres a hijos.


Tenemos certezas de romances que se afincaron y se aflamencaron en Andalucía y que se aglutinarían con músicas y ritmos de herencia morisca, judías y los folclores existentes en cada comarca. Con toda seguridad existían las cachuchas, la mosca, el vito, los boleros…, incluso en cada provincia una estilo de folklor, como las seguidillas, verdiales, cantes de labor, también la caña, posiblemente de origen árabe… y, poco a poco, se irían acuñando otros cantes como la toná, debla, martinete, carcelera, saeta, seguiriya…


Poner el orden primigenio es también difícil. Nosotros vamos a seguir la línea que con más frecuencia se ha establecido por los estudios realizados y configurado en el árbol del flamenco.


Las tonás son cantes originarios, son “una música triste, que recorre la gama patética, desde el abatimiento oscuro y la fatal resignación hasta la desesperación más violenta y sombría”. Es un cante “a palo seco”, sin guitarra ni ningún otro instrumento. Se considera a la toná como el origen en la formación de los cantes, estando su antecedente inmediato en los romances. Baste saber que, bajo el nombre de toná, se han agrupado otros cantes que se realizan sin acompañamiento y que se conocen con el nombre de “martinetes” (toná de la fragua), “carceleras” (toná de las prisiones), “saetas” y “deblas”(de origen enigmático.).


“Demófilo”: “Las tonás y livianas, como los martinetes y las deblas, que son cante antiguo y apenas hay quién se atreva a meterles el diente, se cantan sin guitarra”, hay que tener en cuenta que este comentario se hace en el año 1881. Sabemos que las tonás emigraron de Jerez de la Frontera al barrio de Triana. En Triana, se cree, fueron transformándose de forma progresiva en seguiriyas. Demófilo y Silverio relacionaban más de veintiséis tonás. Pensamos que se debería a la deformación y estilo de cada cantaor; recuerden que se aprendía de lo que se escuchaba, se memorizaba y se imponía su impronta ad libitum. Lo que sí es cierto es que han quedado reducidas a tres: toná grande (la más difícil de interpretar), toná chica (de los Pajaritos) y toná del Cristo.


El significado de debla, un cante de los más primitivos, es un misterio del flamenco. Muchos coinciden en afirmar que es un estilo de tonás. Demófilo atribuye el significado a su origen gitano: “Diosa”. José Blas Vega cree que su nombre proviene de Blas Varea, uno de los mejores intérpretes de las tonás; así, con la supresión de la s en el andaluz, sería “de bla" Varea. Molina y Mairena, la atribuyen al origen sánscrito “debel” o “undebel” o “devah” porque la debla fue una toná de carácter religioso en sus orígenes. En opinión de Hipólito Rossy la debla es incluso anterior al flamenco: “Es el canto del hombre que ha conocido todas las claudicaciones, todas las humillaciones, amarguras y ruindades de la vida, que vegeta si esperanzas de redención”.


Sabemos que la debla pertenece al grupo de las tonás y para su cante exige en el intérprete unas extraordinarias facultades. Había desaparecido prácticamente a mediados del siglo XIX hasta que Tomás Pavón la popularizó de nuevo hacia 1940, pero algunos expertos dicen que esta debla de Pavón es un martinete de Triana. Molina y Mairena argumentan que podría tratarse de una reelaboración personal. Lo que sí es cierto, en eso coinciden la mayoría de los estudiosos del flamenco, es que fue en Triana donde tomó cuerpo la debla, que fue a principios del XIX cuando se empezó a conocer y que sus primeros intérpretes conocidos fueron: Blas Varea y el Planeta, que después lo harían los Cagancho, Caracol “el Viejo”…, quienes la llevaron hasta final del siglo y que luego otros cantaores como Matrona, Pavón, e incluso Chacón, la retomaron.


Hoy día, la toná, el martinete, la debla (algo menos) y pocas veces la carcelera, suelen ser cantes que cierran los espectáculos flamencos, en el que los intérpretes, todos juntos sobre el escenario rememoran, sin instrumentos, los orígenes y explicitan sus capacidades.

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