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EDUARDO TERNERO. Al otoño todos lo asociamos con la caída de las hojas, la llegada del fío. Sin embargo, es mucho más. Cada año, por estas fechas, se produce un milagro en la naturaleza. Si el prodigio del periodo primaveral nos descubre el vigor de la sexualidad animal y vegetal y hace que los trinos de las aves y la floración de las plantas hagan de esa estación algo exuberante; ahora, en esta etapa del otoño, se produce otro milagro portentoso que incita a rejuvenecer, a pensar que existe aún futuro, que no podemos tirar la toalla. Ahora, a pesar de no haber llovido casi nada, de haber sido un año cuasi catastrófico, pluviométricamente hablando, nuestros campos empiezan a cubrirse de un manto verde intenso, una alfombra aterciopelada de verdor inunda la floresta cubierta de rocío, de escarcha matutina que nos indica que la vida continúa. Es lo que llamamos por aquí la ‘Otoñá’.


  

eduardo ternero ok

 

Mientras humanos y animales, llegados el otoño empezamos a recogernos, empezamos ese periodo de aletargamiento, nos acobardamos ante la llegada del frío, la naturaleza se vuelve altiva y activa, rompe la corteza de la gleba asolada por los vientos del verano y surgen mágicamente diminutas plantas. Los árboles desechan sus hojas y se preparan para fluir savias nuevas. El herbaje parece acurrucarse en esa cama parda que es la tierra, como si hiciesen el amor, regocijándose, esperando ese libar de abejas para cuando llegue la primavera e iniciar su proceso de parto, su eclosión, su floración y sus frutos.


En la ‘otoñá’, el curso escolar sigue el mismo proceso; ya quedaron lejos los calores del verano, el ruido volvió a las aulas, de nuevo el olor a goma y a libros estrenados inundaron el ambiente del cenobio escolar. Esa alegría desbordante que irradia la juventud alegra las calles con un reguero de pequeños que empiezan a fraguar sus destinos al amparo de la ciencia y la educación. En los patios escolares, risas y juegos de púberes nos dan confianza de esperanza y futuro. Ahora es tiempo de estudio, de emprendimiento, de empeñar las horas del día en el aprendizaje, es la hora de ordenar ideas…, para cuando llegue la primavera sus conocimientos florezcan y den sus frutos a finales de curso. Ahora, en estas fechas, padres y profesores deben ponerse las pilas e incitar a sus hijos y alumnos respectivamente a entregarse con energía a su cometido, a aprovechar las horas para el estudio y el juego… si quieren ver fructificar sus esfuerzos a mediados de junio, antes de que nos sobrepasen las calores del verano y nos inciten a los baños y al descanso.


Llegados este punto quisiera hacer una reflexión compartida, pues viendo una de las escenas de la película “Profesor Lazhar”, el padre de una alumna reprueba la actuación del maestro, protagonista de la obra, diciéndole: “…usted dedíquese a la instrucción; de su educación nos ocupamos su familia”. No me sorprende este comentario hostil del padre hacia el profesor porque, quienes nos hemos dedicado a esa bella profesión que es la enseñanza, nos hemos encontrado en algunas situaciones parecidas. Disociar la instrucción de la educación, en el proceso de enseñanza-aprendizaje, se antoja difícil. Entendemos la instrucción como el proceso de adquisición de conocimientos, es decir lo que exclusivamente aporta cada materia. El concepto de educación es mucho más amplio pues, además de llevar implícito la instrucción, el desarrollo de capacidades…, también supone un proceso en el fomento de habilidades sociales, la inculcación de valores, hábitos… es decir: educar, “grosso modo”, supone preparar a un individuo para su desarrollo completo, integral y vital.


Separar ambos conceptos, en el proceso educativo, se nos antoja paradójico; más cuando hoy la escuela está más viva que nunca, cuando el alumno es partícipe y artífice de su educación, cuando los medios influyen sobremanera en su aprendizaje. Es por ello por lo que se hace necesario un moderador como debe ser el maestro que le conduzca no solo a través de la adquisición de los conocimientos sino que le amplíe horizontes, le inculque valores sociales (respeto al medio ambiente, comprensión, coherencia, tolerancia…) además de impulsar hábitos que le induzcan a ser una persona responsable e íntegra.


Otra cosa es la formación religiosa cuyo cometido debe estar en manos de la familia, la cual, tiene a su disposición otros centros de enseñanza, exclusivos, donde poder encontrar el tipo de educación que le satisfaga. En los centros públicos no se debería impartir, como asignatura, religión alguna; por ahora, es esos centros, que deberían ser laicos, existe un protocolo para poder recibirla o no, es un ejercicio de libertad que deben ejercer los padre/tutores del alumno, una decisión que deben tomar cuando empiezan cada curso escolar…, cada otoñá.

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