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et chinos


EDUARDO TERNERO. Poco antes de la caída del Imperio Romano, la gente hablaba de los Bárbaros del Norte como una pesadilla. Las hordas  de pueblos germánicos, godos, galos… bajaban feroces, arrasándolo todo desde las tierras más septentrionales de Europa para devastar el mundo entonces llamado civilizado, que dominaba desde hacía siglos el Imperio Romano.


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Entonces, los hispanos, bajo la tutela de Roma, viendo entrar por los Pirineos a suevos, vándalos y alanos, gritarían: “¡Qué vienen los bárbaros!” Efectivamente, en un santiamén, los barbaros… ¡que no eran tan bárbaros!, llegaron y se hicieron dueños de la Península Ibérica, de Francia, Italia. Pocos años más tarde, con la llegada de los visigodos llegaría la Edad Media.


Supongo que cuando los amerindios nos vieron llegar a los españoles en aquellos barcos de vela, tan grandes comparados con sus piraguas, cuando nos creyeron centauros porque desconocían el caballo, cuando vieron que sus flechas no traspasaban las armaduras y nuestros arcabuces lanzaban llamas y bolitas que mataban al más “pintado” y, sobre todo, cuando sufrieron la muerte de miles y miles sin entender que éramos portadores del virus de la varicela, de la peste, de la viruela, del sarampión…, pensarían que éramos extraterrestres y gritarían: "¡Que vienen los tucupachas!", que en su lengua quería decir poco más o menos que dioses.


A los Estados Unidos, en plena Guerra Fría, cuando los misiles soviéticos apuntaban las ciudades más pobladas de Norteamérica y viceversa, no se les ocurre otra cosa que hacer una película titulada “Que vienen los rusos” en la que, en forma de comedia delirante, demostraban el miedo que tenía la población al creerse invadidos; cuando en realidad los rusos habían encallado su submarino e iban a pedirles ayuda. Igual ocurre con la película española “Que vienen los socialistas” del año 1982, iniciando la democracia y año en que el PSOE ganó las elecciones generales, donde los resquicios del franquismo, tras cuarenta años de dictadura, no podían creer que aquello estuviese ocurriendo en España. Pero viendo que los socialistas iban a ganar por goleada, muchos “trepas” de la ultraderecha intentaron ganarse el favor de los de izquierda para posibles alianzas… Una comedia divertida, una españolada para pasar un rato y poco más.


A nosotros, los occidentales, nos parecen iguales los individuos de otras razas. Vemos a los orientales: japoneses coreanos, taiwaneses… todo aquel que tenga los ojos rajados, decimos: ¡esos son chinos! Y es cierto que los chinos son los más numerosos, ya van por los 1500 millones, es decir, por cada español hay 30 chinos y ahora van a aumentar porque sus dirigentes han dado el visto bueno a tener un segundo hijo.


Muchos dicen que los chinos tienen un sentido de la vida claramente diferenciado del nuestro: nosotros pensamos que el trabajo debe estar compensado con el divertimento; somos individualistas, no tenemos el punto de mira puesto en un futuro que no sea inmediato… Sin embargo, el chino parece que no tiene sentido de la semana, trabaja los siete días, suelen ayudarse en múltiples cuestiones, sobre todo en la económica y, salvo raras excepciones, como los cambios de año, la diversión está ausente en su calendario.


Pero además, China lo hace todo a lo grande. Los chinos se han hecho dueños del mercado mundial, siguen financiando con enormes cantidades. A casi todos los países de África, Sudamérica y Asia ha prestado más dinero que el Banco y el Fondo Monetario Mundial asegurándose materias primas y sobre todo ejerciendo influencias sobre todos esos países. Pero además el chino es paciente, no tiene prisa, su misión, hacerse dueños del Planeta, es pausada, pero constante. Cuando pasen pocos años serán los amos absolutos de la banca, de la mayoría de las tierras emergidas, dominarán las comunicaciones...


Hace unos días, leyendo la etiqueta de un paquete de cacahuetes del más grande supermercado español, veo que está envasado en Valencia, pero que es “made in China”, como casi todo lo que cae en nuestras manos. A los empresarios españoles y de Europa les cuesta menos traer los cacahuetes o cualquier producto de China que criarlos, elaborarlos o manufacturarlos aquí. El problema radica en los sueldos. El empresario español no puede con los costos y prefiere desmantelar su empresa, abandonar la agricultura y ganadería e importar los productos chinos para embalarlos y etiquetarlos aquí.


Cuando estemos inmersos totalmente en esa inercia, cuando se desatiendan la agricultura, la ganadería y el tejido empresarial occidental, China copará todo el mercado mundial, subirá el salario a sus obreros chinos y el coste de sus productos. El problema es que estamos inmersos en una economía global, estamos manipulados por las grandes superficies y el usuario no tiene más remedio que comprar y sucumbir ante los precios más baratos y seguir el cauce que le marcan las grandes multinacionales.


¡¡¡Perdone!!! Los chinos no vienen, los chinos ya están aquí.