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VOZ FLAMENCA. EDUARDO TERNERO. No cabe duda que, desde el momento en que comienza a espolvorearse el flamenco por los caminos del aire, la oscuridad del ‘bujío’, la soledad de una celda o el dolor en una galera, empezó a iluminarse. Algunos escritores de la época aprovecharían para poner, negro sobre blanco, el nacimiento de una nueva luz que, como una mariposa de aceite, irradiaría desde inicios del XIX. Este arte resplandece en la negrura que oprimía al pueblo andaluz y poco a poco aparecería la llama del candil o de un sutil quinqué que alumbrará y se hará cada vez más diáfano, desvelando el misterio que se ocultaba en la penumbra. IMAGEN: Richard Ford, A. Machado (Demófilo), Fernando el de Triana, Félix Grande.

 

 


 

 

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Estamos a finales del siglo XVIII. España y sobre todo Andalucía, se convirtieron en destino de muchos escritores extranjeros que venían buscando, desde su civilizada Europa o desde Estados Unidos, una experiencia exótica, conocer la fascinación y el embrujo de nuestro país, de aquello que hablaban quienes la visitaban.
Muchos se verían inmersos en ese mundo. Muchos pensaban que nuestro suelo seguiría anquilosado en lo primitivo. ¿Ignoraban que arrastrábamos siglos de haber sido el centro cultural y político del mundo durante la etapa romana y musulmana, la puerta de todas las riquezas del mayor imperio conocido durante los Austrias? ¿Olvidaban la esencia de un siglo de Oro y Barroco, durante el XVII e inicios del XVIII, inimaginable en la civilizada Europa?


Andalucía les sedujo de tal manera que una mayoría pasaría el resto de sus vidas entre sus casas encaladas, sus paisajes de ensueño, la calidez de su gente… Aquí dieron rienda suelta a la tinta de sus plumas, creando una vasta y rica literatura de aquel pueblo que el mundo creía arcaico, exótico, para algunos incluso extravagante, pero que poseía una enorme cultura y un acervo popular riquísimo, acarreado por el devenir de los tiempos.


Igualmente, muchos de estos autores extranjeros caerían en las redes del flamenco, hasta el punto de que más del 10 por ciento de la literatura generada en ese siglo será obra de estos foráneos (de muchos puntos de Europa y del mundo), que vinieron a Andalucía durante el XIX para encontrarse cara a cara con el arte que manaba de esta tierra. Richard Ford afirmaría que “…el pueblo español es muy superior a sus dirigentes y clases altas”, y lo diría con conocimiento de causa, pues siempre se rodeó de campesinos, siguió sus costumbres, vistió como ellos…


Otros escritores viajeros como Theóphile Gautier, visitaría la Andalucía allá por 1840 y acabaría embobado y absorto con Sevilla, expresaría:“Me parecen ridículas las dimensiones y economía de Notre Dame, comparado con la catedral de Sevilla”. Como él, podríamos poner muchos ejemplos, de escritores foráneos que visualizaron aquellos momentos convulsos de una Andalucía que sufría una enorme miseria tras la Guerra de la Independencia contra Francia, que ve con malos ojos el afrancesamiento de sus políticos o que muchos de sus mejores hombres se han tenido que ‘tirar al monte’ y convertirse en proscritos (bandoleros) ante la falta de trabajo, el hambre y las injusticias y que son perseguidos por las autoridades como alimañas. Narraciones de Washington Irving, George Borrow o los descubrimientos de Adolf Rossmässler nos permiten saber cómo eran, cómo vivían y cómo pensaban las gentes que habitaban esta tierra y que a mediados del siglo XX aún seguía fascinando a muchos de ellos como Gerald Brenan, sorprendiéndoles con aquel arte magnético y hechizante, llamado flamenco que el pueblo cultivaba y que era denostado por las altas esferas.

 

Otros poetas y escritores, (rusos, japoneses…) fueron cayendo ante el embrujo de un arte peculiar que ejercía sobre ellos una enorme fascinación: “Quien haya oído esta música encuentra después sosas y aburridas todas las demás”, diría Cuninghan Grahan (1898). Pero también muchos españoles como Estébanez Calderón, Antonio Machado (Demófilo) –padre del gran poeta homónimo –, Bécquer y tantos otros que, desde inicios del XIX, entendieron que aquello era un parto glorioso, que alcanzaría la mayoría de edad porque había nacido del dolor y del cariño, de la pena y de la alegría, de las entrañas del pobre que a la vez se siente rico cuando expresa sus ansias de libertad, que arranca de su pecho el sufrimiento, la aflicción, el tormento… y aspira a recuperar el amor, la ilusión, que encuentra el alivio en su cante.

 

Contra este cónclave de estudiosos, interesados y animosos del Flamenco surgió, de forma paralela, una caterva de insidiosos escritores, ‘intelectuales’ sobre todo muchos de la llamada Generación del 98, que creyeron ver en el flamenco los males de España. Aducían que nuestro país se veía, desde Europa, como un lugar retrógrado, de pandereta, toros y cante. Una generación de escritores que intentó acabar con todo lo que oliera a la Andalucía profunda, de raíces ancestrales. Autores como Baroja, Clarín, Azorín…iniciaron el XX denostando, vapuleando en sus escritos los ademanes, los bailes, los senderos de todo lo que olía a flamenco. En definitiva, la campaña anti-flamenca no sería una manifestación literaria, sino más bien una actitud de ciertos escritores.

 

Pero el ardor de Lorca y Falla, de los Hermanos Caba, José C. de Luna o Fernando el de Triana, lograron ganar la batalla a sus detractores. Ya metidos en la mitad del XX, G. Climent, Rodríguez Marín, Caballero Bonald, García Galván, Félix Grande, Ricardo Molina, Ortiz Nuevo, Quiñones, el propio Antonio Mairena…etc. han sabido encumbrarlo. Rellenaríamos tres páginas de autores que, atrapados en el flamenco, han vivido y han sabido plasmar nuestro arte en páginas gloriosas.