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volcan la palma


EDUARDO TERNERO.
Ya a los nacidos en la segunda mitad del XX, nos está quedando poco que nos produzca extrañeza. Hemos pasado del arado tirado por mulas, de las calles de terrizo, del café de achicoria, del lavado en palanganas o del carburo para alumbrarnos a hoy día, que podemos levantar las persianas de nuestro apartamento o hacer que funcionen nuestros electrodomésticos desde la lejanía, con nuestra aplicación de móvil.

 

 


 

 

eduardo ternero ok

 

Hemos conseguido ganarle tiempo al tiempo, pero sobre todo hemos alcanzado el culmen del bienestar. Los ciudadanos del primer mundo hemos logrado satisfacer casi todas las necesidades sin tener que ir a buscarlas. Basta con apretar un botón para que tengamos luz, podamos lavar nuestra ropa, calentar la cena, limpiar la casa, calentarnos, enfriar una cerveza, triturar alimentos… sin tener que molestarnos en nada, ya hay robots y electrodomésticos que lo hacen por nosotros. En una gran superficie podemos adquirir todo lo necesario y si no tenemos ganas de cocinar, podemos pedir que nos lleven la cena a nuestro domicilio. Nos hemos situado en el sedentarismo más sedentario.


Si queremos o tenemos que desplazarnos, tenemos cantidad de opciones; los medios hacen que las distancias sean tan cortas que puedes desayunar en Sevilla, almorzar en la plaza roja de Moscú y cenar en un garito de Tokio, en el mismo día. Las agencias de paquetería te pueden hacer llegar un chuletón de vaca de la Pampa Argentina, el repuesto de tu coche desde Corea o naranjas de Sudáfrica de hoy para mañana.


Los móviles, todos los medios de comunicación que hoy tenemos a nuestro alcance, hacen que podamos interactuar con cualquier amigo por videoconferencia a miles de kilómetros, ver crecer a tus nietos desde la distancia, conocer paisajes y formas de vida en grandes pantallas, como si estuvieses en la propia naturaleza.


Los que estamos a caballo entre los siglos XX y XXI nos queda poco que nos sorprenda. Vimos levantar y tirar el muro de Berlín, hemos conocido como resurgía China; no comprendimos el hambre atroz, las pandemias como el ébola, el sida, la malaria… y el desmembramiento del continente africano. Hemos observado en televisión guerras como la de los Balcanes o las petrolíferas de Oriente Medio y tantas otras que las grandes potencias han propiciado para sus lucrativos negocios armamentísticos. Hemos pasado miedo ante las roturas de centrales nucleares como Chernóbil. Vimos rugir aviones cruzando los cielos andaluces camino de Morón o submarinos atómicos en la bahía gaditana. Hemos sufrido el fundamentalismo musulmán, hemos visto desenmascarar la pedofilia de cantidad de integrantes de la iglesia católica…


Se ha logrado visualizar en gran manera a la mujer, aprobar leyes impensables como el aborto, la eutanasia, la LGTBI+… hemos quedado embobados al comprobar cómo en el desierto se levantaba la ciudad más rica del planeta, Dubái, o como el mercado saturaba de plástico no solo los bazares sino también los mares…


Pero por desgracia hemos conocido que todo ello es una minucia comparado con lo que se avecina. No quiero ser catastrofista pero todo nuestro bienestar tiene un precio, y lo estamos pagando a un rédito alto. Un rédito que no podremos pagar y que la enorme sucursal, que es nuestro Planeta, quiere cobrarse de alguna manera.

 

 

Si la Tierra había favorecido la vida con sus aguas, con sus tierras emergidas, con su naturaleza…, nosotros nos hemos encargado de modificarla, emitiendo gases, cambiando el curso de los ríos, aleando metales, infestando los mares; en definitiva, calentando y derritiendo la reserva de agua, produciendo cambios en las corrientes marinas, perturbando la atmósfera, variando la dirección de los vientos, aumentando las temperaturas y, como consecuencia, originando cambios bruscos en los climas, lo que conlleva a grandes borrascas y lo que ahora llaman danas. Nos acechan sequías prolongadas, incendios e inundaciones por todos los continentes, sin que podamos poner remedio a lo que hemos provocado.
Para culminar la epopeya de nuestro paso por “aquí”, nos sorprende una pandemia inimaginable que nos ha venido a decir lo débiles que somos, una pandemia que ya se ha cobrado 5 millones de muertos, que aun está latente y que se quedará entre nosotros ‘per secula’.


Para añadir más ingredientes a esta sopa loca, revienta un volcán en la Palma como si fuese un grito de dolor de la propia Tierra, que nos avisa y nos recuerda que ella es quien manda y la indiscutible dueña de su destino.