Opinión

portada flamenco

 

EDUARDO TERNERO. Aquí concluimos esta primera parte dedicada a inicios del flamenco. Con estas líneas, pensamos, puede darse por finalizada esa etapa primigenia, aún vestida de corto, de uno de las más ancestrales artes que existen. Un arte, patrimonio de la humanidad, creado y cultivado con el sudor y la sangre de los perseguidos, de los enmudecidos, de aquellos que sufrieron en sus carnes el dolor y las vicisitudes más inhumanas, acuciados por el fragor de los tiempos, la indolencia de la religión y los estamentos gubernamentales del momento; aunque, como todo en la vida, tenga sus momentos de euforia, de liberación del ánimo…

 


 

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Con su estudio hemos querido indagar en los albores de nuestro sentir, de lo ‘jondo’. Hemos buscado su protohistoria, sus entrañas…, para llegar al conocimiento de este difícil y bello arte. Hemos puesto los cinco sentidos en adentrarnos en lo más profundo de la memoria del pueblo, hemos vagado por el filo de la incertidumbre, del oscurantismo ante la falta de soporte histórico, inquiriendo en textos que nos desvelasen certezas. Hemos procurado acercarnos lo más posible a lo poco que fue recogido – muchas veces maltratado – por muchos escritores e intelectuales de la época. Aún así, hemos procurado ceñirnos a la realidad, hemos escuchado, confiado y plasmado el testimonio de nuestros mayores; hemos indagado, contrastado y pergeñado, de una manera sistemática y contextualizada los orígenes de los distintos aspectos del mundo flamenco, sus intérpretes, sus luces y sus sombras, sus valores y sus desdichas.


Comenzamos elucubrando cómo podrían haber nacido cada uno de los palos, como era la vida de sus intérpretes, el suelo donde se movían, las relaciones sociales, los movimientos históricos y un largo etcétera de ese inconexo sentir y expresar que solo se conservaba en la memoria de los pueblos, de su gente. Nos preguntamos cómo sería aquel vivir en las cuevas y en los chozos, deambular por los caminos, tirarse a la sierra, sufrir destierros, en cárceles, en galeras…, morir en medio de un camino o acabar en el fondo de los mares. Nos preguntamos cómo pudo surgir un canto tan bello al amparo de un grito de dolor y muerte, de sufrimiento y desdén, de penalidades y desarraigos.


El flamenco, para muchos, es sacar lo que teníamos grabado en el corazón como un sentimiento, en la cabeza como memoria y en la garganta como necesidad de expresar siglos de penas y de atropello, de persecución, desamparo y muerte. ¿Cómo, de esa mezcla de siglos, de la mal llamada reconquista, de la expulsión judeo-morisca, de la desesperanza esclavitud negra, del desarraigo del pueblo gitano – hacia otros lugares para conseguir su exterminio –, fue capaz de surgir algo tan bello? ¿Cómo pudo abrir sus ojos y salir al exterior, olvidar sus miedos, expresar sus sentimientos, sin olvidar sus raíces?

 

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Serían esos cuatro o cinco veneros los que alimentaron el río del flamenco: judíos, moriscos, negros y gitanos; más, por qué no decirlo, también el mundo cristiano aportó algo a los ‘soníos’ negros del flamenco. Pero, fundamentalmente, sería el pueblo oprimido, el que se rebelaría y lamentaría sus desdichas con las únicas armas que tenía: la garganta, el corazón y la memoria. Con estos mimbres, con aquella herencia atávica como premisa, el pueblo gitano unido a la casta paya más humilde, lo recogió, aglutinó y lo guardó celosamente en el seno de su estirpe.

 

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Ese pueblo empobrecido, desahuciado, perseguido… lo mantuvo durante siglos, oculto en al amparo de su chabola, en su cueva, en los corrales, por los caminos... y lo fue irradiando desde la más Baja Andalucía, para impregnar toda la Bética, toda la península y el mundo entero.


También, es justo reconocer, que el mundo flamenco ha bebido del folclor de cada lugar donde florecía, por ínfimo que fuese, de nuestra geografía. La riqueza folclórica, ancestral, que han ido aportando cada uno de los pueblos que arribaron a Andalucía desde tiempos pretéritos, fue dejando un poso en los pueblos que el flamenco también fue anexionando: de ahí, esos aires de levante, el sonido alegre gaditano, el embrujo de los cantes de Granada, los ritmos traídos de la América latina…, un largo etcétera de remembranzas tan propias de cada zona, de cada comarca…, que sería un punto más, diferenciador, para la formación de los distintos palos del flamenco. Todo ello unido a la acción creadora de muchos de sus hijos, de grandes intérpretes, de una sabia oculta y arraigada de siglos que ha servido para la construcción y modelación de este arte tan inédito y tan nuestro como es el flamenco.


Hemos querido, en esta primera parte, traer la memoria de aquellos principios cuasi desconocidos del flamenco, aquella protohistoria de un arte que, desde el XVI se ocultaba como proscrito, pero que, desde mediados del XVIII y, sobre todo, a inicios del XIX, no pudo resistir la tentación de florecer, perder sus miedos y salir al exterior. Vimos como Tío Luis el de la Juliana, aquel aguador jerezano, iba cantando por las veredas, llegaba a los pueblos y expandía sus cantes por Lebrija, Utrera o Triana. Le seguirían otros muchos, que, tirando de valor y el conocimiento heredado de sus ancestros, se pusieron a la cabeza y comenzaron a expandir sus conocimientos.

 

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Fueron muchos los que se tiraron al camino, se acercaron a otros pueblos, divulgaron su conocimiento… personajes históricos como el Planeta, el Nitri, la Andonda, el Fillo… Otros como Demófilo (el padre de Machado), Fernando el de Triana y una larga lista de estudiosos e intérpretes que divulgaron, con sus escritos y sus letras, la cuna y la infancia de nuestro arte, cuando nadie tenía en estima este bello sentir. Fueron todos ellos quienes se empeñaron y abogaron por sacar adelante esta forma de expresar los sentimientos, los que pusieron la gran primera piedra a la historia del Flamenco.

 

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A continuación, el flamenco se abriría, transitaría de Cádiz a Jerez, de Jerez a Triana, recorrería los caminos a los sones del aire, en un caminar de ida y de vuelta. Se fue desperezando… Se sumaron los Puertos, Lebrija, Utrera, Alcalá…, se extendió por las sierras, por las campiñas…, el reguero inundó Andalucía y a lo largo de ese siglo se fueron creando y conformando la mayoría de los palos y estilos que hoy conocemos. En ese siglo nacieron y abrieron las puertas al flamenco grandes intérpretes, como Silverio, Curro Dulce, el Mellizo, Torre, Chacón, la Serneta… tantos. Ora, guitarristas como Julián Arcas, Borrull, Montoya, Melchor… Ora, y dando sentido al cante, grandes bailaoras, ilustres…, esas que nos llevarían hasta los inicios del siglo XX.

 

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Sería entonces cuando nacerían los grandes de este arte que se fundamentaron en lo que habían escuchado de sus mayores, de los pocos registros que dejaron y sobre todo su aportación como elegidos: hablamos de los Pavones, Terremoto, Marchena, Caracol, Vallejo, Mairena, las guitarras de Habichuela, Melchor, Morao, …el baile de Farruco, Antonio, Gades, Maya, Matilde… una pléyade de genios que darían paso a los Morente, Camarón, Lebrijano, Fosforito, Carmen Linares…, a las guitarras de Sanlúcar, Lucía, Enrique, Amigo, Tomatito, al baile de Canales, Baras, Galván, Yerbabuena…, una pléyade de grandes artistas dejando registrada una herencia sublime para los que hoy encumbran el panorama del mundo flamenco.