Opinión

manuela 1

 

JOSÉ DE ARIMATEA. Manuela, huérfana de madre desde temprana edad, menuda, de mirada profunda como mil noches, llega a Marchena en 1937, procedente de Paradas, esa rara avis enclavada en el centro de la Campiña cuyo acento rememora a los emigrantes leoneses que acudían a las ferias de ganado y que acabaron estableciéndose en la localidad. Llega sola, con un crío bajo el brazo. Las malas lenguas dicen que el chico es fruto de una violación; el dolor de su rostro solo parece confirmar el atroz rumor. Sus pechos turgentes, que amamantan la vida con la que carga en brazos, llaman la atención de las mujeres de las casas pudientes, que acceden a aceptarla como criada. Bajo esa circunstancia, se desempeñará como nodriza, como cocinera, como lavandera…(Imagen: Kati Horna. Una mujer trabajadora amamanta a su hijo en Vélez Rubio, provincia de Almería, en 1937).

 

 


 

 

arimatea soledad


La sociedad franquista va cogiendo forma, el hedor a clasismo inunda todos los rincones de las poblaciones donde el golpe ha triunfado; ese mismo hedor que aún resuena en nostálgicos de un pasado abyecto cuya gloria solo existe en un imaginario lleno de misticismo, alejado de la podredumbre material y moral que llenó nuestro país durante varias décadas. Una sociedad de sirvientes y amos, de personas de primera y de segunda, una sociedad de orgullo impostado de unos y resignación silenciosa de otros, como bien describiría Delibes en su prodigiosa obra Los Santos Inocentes.


Pasaban los años por Manuela desde el más profundo ostracismo, hasta que, en uno de sus frecuentes viajes a las pilas de la fuente del Lavadero, clavó su mirada en un hombre que caminaba absorto en sus pensamientos. Lucía terco y recio, con mirada altiva, de humilde pero buen vestir y reservado hasta la extenuación. Sus manos, toscas, rasgadas y repletas de asperezas, eran reflejo fiel de la dureza de su vida. De nombre Inocencio, llega a Marchena en 1941 desde el penal de Soria, tras ser indultado de la pena de muerte que pesaba sobre él.


Pocos detalles se saben del Inocencio de aquellos años, un halo de misterio lo envuelve. En su mente, a modo de dolorosos fogonazos, los llantos de miedo de su compañero de celda antes de ser fusilado, desmallándose en sus brazos o las tediosas jornadas sin poder llevarse a la boca nada más que las briznas de hierba que crecían en los resquicios del duro cemento. Nunca habló del tema, aunque la dolorosa visita semanal de la Guardia Civil para cerciorar la libertad condicional a la que estuvo sometido durante todo el régimen, le hacía revivir en bucle, como en una horrible pesadilla, aquellos aciagos años. Inocencio, devolvió aquella cómplice mirada a Manuela, para no mirar así a otra mujer jamás en su vida.


La situación en Marchena es desoladora. El régimen autárquico no es capaz de solventar el paro estructural que sufre la población. El déficit alimentario es inasumible y la inexistencia de importaciones provoca el racionamiento de los alimentos de primera necesidad. La población recurre al estraperlo, al trapicheo, tan arraigado en nuestras entrañas. La mortalidad aumenta, las enfermedades infecciosas proliferan. Las capas más pobres de la población se ven abocadas a subsistir gracias a la beneficencia. La caridad, siempre elevada a los altares de la virtud, aunque para mí, síntoma de una sociedad inicua, se alza como faro de los que solo anhelan sobrevivir.

 

marchena csansebastian xx

 

(Marchena, calle San Sebastián a principios de siglo pasado; fotografía del libro En busca de una historia oculta: La guerra civil en Marchena 1936-1939, de Javier Gavira Gil)

 

desbanda hasen size


(Al igual que Manuela de Paradas a Marchena, de Málaga, tomada con celeridad por las tropas franquistas, huyeron desesperadas por la línea de costa miles de personas (muchas de ellas madres a cuestas con sus hijos), de entre las cuales de 3.000 a 5.000 fueron asesinadas en operación militar coordinada por Queipo de Llano junto a la aviación fascista italiana y alemana. La fotografía de la conocida Desbandá es de Hazen Size y se encuentra en la Biblioteca Nacional).


Se acometen diversas obras de vivienda pública y planes de industrialización en la localidad y el paro es la tónica habitual excepto en épocas de recogida de aceituna. Inocencio encontraría tajo en un cortijo en La Rinconada, Manuela seguiría como sirvienta el resto de su vida, amamantando hijos ajenos, cocinando sus alimentos, lavando sus ropas. Resignación, paliada por un pequeño mendrugo de pan y una onza de chocolate que llevaba a casa de noche para sus retoños; hijos que Manuela e Inocencio traerían al mundo, junto al pequeño Francisco, con el que Manuela llegó a cuestas desde Paradas, al cual Inocencio no dudó un instante en dar sus apellidos, pues sus sentimientos hacia Manuela no entendían de críticas ni cánones sociales. Porque, aun en todo este contexto, hubo espacio para la pasión, y tras aquella furtiva mirada, nuestros dos protagonistas aprendieron el idioma que solo conocen quienes se encuentran con el amor de su vida. El idioma de los privilegiados, un idioma sin léxico ni gramática en un mundo condenado a no entenderse, tal como si la maldición que Dios lanzara en la antigua Mesopotamia durante la construcción de la torre de Babel siguiera vigente hasta nuestros días. Inocencio y Manuela hablaban el idioma reservado para los reyes celestiales, a quienes el disfrute material solo hace socavar su alma.


Y mirada a mirada, caricia a caricia, sonrisa a sonrisa, la oscura España que vio nacer este amor fue muriendo.


El triunfo de Inocencio y Manuela, plasmado en una feliz vejez rodeados de nietos, culminó con la caída del régimen.


El sufrimiento murió, los días difíciles quedaron atrás, los dolorosos recuerdos fueron eclipsados por un manto de verde esperanza, porque aquel amor fue la semilla que hizo florecer la yerma tierra sobre la que nuestros protagonistas crecieron, para flor a flor, hacer crecer el paradisiaco vergel sobre el que yacerían sus cuerpos, sosegados, con sus manos entrelazadas y con la mueca de tranquilidad en el rostro que muestran los que vivieron, a pesar de todas las circunstancias adversas, con la valentía y la sangre de haber entregado su vida al amor.

 

sirvientas cazalla sierra

 

(Imagen, CGT: sirvientas de Cazalla de la Sierra reivindican derechos en mayo de 1936, meses después algunas de ellas serían asesinadas por las tropas franquistas y otras condenadas a prisión).

 

mujeres oropesa

 

(Mujeres rapadas y vejadas en Oropesa, Toledo, en el tradicional paseíllo, que, por no ser adeptas al Régimen, habían de realizar y que en muchas ocasiones les conducía directamente al pelotón de fusilamiento).