Opinión

et flamenco vii

 

EDUARDO TERNERO. LA VOZ FLAMENCA. Algunas mujeres, a contracorriente y armadas de valor, se enfrentaron al mundo del espectáculo, para ejercer como artistas, para darse a conocer al mundo del arte. Otras quedaron en el olvido y no aparecieron en la historia del flamenco. Algunas al final de sus vidas, liberadas ya del yugo que las uncía a la sombra del varón, pudieron demostrar su forma de cantar, de bailar…, como Tía Anica la “Piriñaca”, María Fernández la “Perrata”… y fueron aclamadas, reconocida su valía en los últimos años de sus vidas, algunas incluso pudieron grabar sus voces para la historia del flamenco, como legado de su memoria. Muchos son los artistas que han valorado y visibilizado la importancia de estas mujeres, de sus linajes; la prueba de ello prevalece en sus nominaciones artísticas: Joaquín el de la “Paula”, Paco de “Lucía”, José de la “Tomasa”, Pepe de la “Matrona”, Niño de “Pura”, José de la “Malena”…, donde ponen el estandarte de sus madres en lo más insigne de sus nombres: su sangre.

 

 


 


Dolores Tinoco Fernández, la “Roezna”, dicen, quienes han indagado en la vida de esta insigne cantaora, le viene el apodo por su padre al que llamaban el Roezno por su vinculación y la fabricación de esa rueda horizontal llamada rodezno o rodete que impulsada mediante la corriente de agua hacía mover los molinos de pan; estos, instalados en las orillas del Guadaira, dieron en su día renombre a Alcalá hasta el punto con de reconocerse con el apelativo de Alcalá de los Panaderos, pues asistía de ese alimento básico a la capital sevillana.


Sabemos que nació a mediados del XIX en Alcalá de Guadaíra. Los pocos datos que se conocen de su vida y de su figura es lo que se ha trasladado de generación en generación por sus familiares. Apuntan que fue una mujer frágil, ataviada siempre con su delantal y una pañoleta en la cabeza. Sus biógrafos refieren que vivió en la calle del Rosario y que, al enviudar, se mudó a la zona de las cuevas y las chozas de la ladera del Castillo Alcalareño, donde vivía la gitanería en aquellos tiempos. Estaba emparentada con Joaquín el de la Paula, de quien se dice era su tía. Fue una gran cantaora, sobre todo por soleá, compartiendo con Joaquín el honor y mérito de ser engendradora de un estilo propio de los cantes de Alcalá. Estudios y la memoria de muchos como Antonio Mairena concuerdan en atribuir a la Roezna la más típica de las soleares al golpe, con mucho más ritmo que la actual, pero, con mucha más profundidad y con más melismas que le daban una dulzura especial. Se sigue estudiando su vida y aún se ignora si dominaba otros palos, cosa que sería muy normal para una artista tan larga; lo que sí está demostrado es su bien hacer en el mundo de la soleá, como tantos otros cantaores y cantaoras alcalareños, donde este palo ha tenido tanta relevancia. Antonio Mairena apuntó un cante por soleá que él atribuía a la Roezna, aunque no se sabe con total seguridad si fuese de ella o del propio Joaquín, pues eran muy parecidos. Dolores la “Roezna se casó con un gitano llamado “Josele”, José Jiménez Granado, con el que tuvo cuatro hijos, Reyes, Pepa, Sebastián y Ramón, a este último, todo el mundo lo conocía con el sobrenombre de Juan Barcelona.


La Roezna compaginaba su afición al cante con el trabajo temporal de cocinera para las cuadrillas de esquiladores que se trasladaban a los cortijos. Poco sabemos de su muerte, que seguramente sería en Alcalá a inicios del XX.


Se cree que la Roezna visitó algunas veces la Plaza Arriba de Marchena, coetánea de la Gilica, con la que compartiría juergas y estilos flamencos. Antonio Mairena siempre la recordaba con letras que ella hacía: Que más quisiera este caño,/ que el bajío de mi boca,/se rozara por sus labios.

 

África “La Peza”, se llamaba África Vázquez, fue una cantaora nacida a mediados del XIX, en el pueblo de La Peza (Granada). Conocemos que era una niña cuando actuó por primera vez en el Café de la Marina de la ciudad de la Alhambra. Allí estaría cantando durante algo más de tres años. Es digno de mencionar la grandeza de la voz de África, quien dicen compitió con Joselito el Granaíno cantando desde lo alto del Cabo de la Alhambra, para ver si sus cantes podían ser escuchados desde la Plaza de las Flores, junto a la catedral. Ganó África la Peza los cinco duros y dos libras de dulces de la apuesta.


Marchó más tarde a Málaga para actuar en el Café Suizo, en compañía de Juan Breva y otros artistas de menor renombre. Dicen las crónicas que cosechó grandes éxitos, lo que le llevaría a poder desplazarse y actuar en otros locales no solo de Málaga sino, que haría giras por los cafés de Cartagena, Madrid, Barcelona… en casi toda la geografía española. También recaló en Sevilla, donde actuaría primero en el café del Burrero y más tarde en el de Silverio. Cuentan que levantaba al público de sus asientos cada vez que cantaba sus fandangos de Granada. Creemos que además ejercería como buena granaína y no faltarían en su repertorio cantes como la granaína o la malagueña. Ya lo cuentan sus coetáneos al decir que el público sevillano quedaba prendado de su manera de ejecutar los cantes por cartageneras, malagueñas, granaínas…; pero, sobre todo insisten en afirmar que África siempre hacía en sus letras alusiones a su tierra de origen, a su Granada (como cuando nombraba la campana de la Torre de la Vela y otros lugares de su pequeña patria). El periodista de la época, Francisco Carpena, escribía, entre otras cosas, en el periódico sevillano “El Cante” sobre ella: “África la “Peza” tiene un nido de ruiseñores en su garganta”, estamos hablando de diciembre 1886, cuando seguramente, África está en la plenitud de su carrera.


Concepción Rodríguez, a la que se conoce en el flamenco como “Concha la Carbonera”, nació en Granada, seguramente en el año 1860 o 61. De pequeña sabemos que vivió en Málaga y ya de joven marcharía a Cádiz, donde cuenta José Navarrete, la vería bailar allá por el año 1877, en la Velada de los Ángeles y quedó prendado del arte que derrochaba, hasta el punto de encumbrarla en sus escritos como “la primera bailaora del mundo”.

 

Después, su nombre aparece en la programación flamenca del madrileño teatro de la Bolsa, estamos en octubre de 1879. “Concha la Carbonera”, por estas mismas fechas había cosechado éxitos en Barcelona y, según la prensa, con la compañía de cante y baile flamenco de Francisco Hidalgo, empresario que se presentaba ante el público con el nombre de “Paco el Sevillano”.


Poco más tarde, Concha, pasaría a establecerse definitivamente en Sevilla, donde ejerció durante mucho tiempo como bailaora en los cafés de la ciudad hispalense, iniciando su recorrido en el Café del Burrero, donde estaría muchos años. Concha era reconocida como una de las mejores bailaoras de su tiempo, de la que decían las crónicas que derrochaba el mejor arte flamenco que se había conocido hasta entonces. Muchos fueron los escritores que la admiraron y escribieron sobre ella, siempre elogiando la ejecución de sus bailes y su zapateado. Ramón Gómez de la Serna, Salvador Rueda…, incluso Armando Palacios Valdés la presentaría en su novela “La hermana San Sulpicio”, (1889), presenta a Concha la Carbonera en la famosa Venta Eritaña de Sevilla, y como perteneciente a la vida airada. "Era delgada, de un rubio ceniciento, mejillas pálidas y marchitas y ojos azules, fieros y desvergonzados". Concha trabajaba por estas fechas en el Café de Silverio, donde ganaba cinco pesetas.


Cuentan que se fue degradando hasta el punto que formó pareja con un cantaor afeminado, José León, al que llamaban la “Escribana”, y aparecían en el escenario vestidos de toreros (incluso llegaron a lidiar algún pequeño becerro), haciendo chufla y lanzando improperios hacia todo lo que se ponía por delante, lo que provocaba que el público se enalteciera y descargara insultos y groserías hacia los artistas para divertirse, arrojándole lo que pillaban como aceitunas, trozos de viandas…, incluso monedas que llegaron a herir a la Carbonera en más de una ocasión.


Perdemos la pista y no sabemos nada más de sus últimos días ni de su muerte, que seguramente acaecería a inicios del XX.