Opinión

soledad arimatea 1

 

JOSÉ DE ARIMATEA. Intento hacer el ejercicio mental de caminar juntos a los primeros hombres y mujeres, en los albores de nuestra existencia, y presenciar, aun cuando nuestra poca madura autoconsciencia carecía de la capacidad suficiente de enjuiciar hechos tan trascendentales como la muerte, como uno de sus compañeros, familiares o amigos caía para no levantar jamás. El desasosiego, el pesar, el dolor eran no más sino sumatorios del desconocimiento. ¿Por qué no se levanta? ¿Dónde ha ido? ¿Qué ha sido de él? Siempre creí, desde un escepticismo transcendental del que no hago gala ni del que me enorgullezco, que fue este momento en el que, el hombre, como método de supervivencia, mutó en animal religioso... (Fotografías: En portada, procesión de 2023; en el interior del texto, procesión de 2024).

 

 


 

arimatea soledad

 

Este drama necesitaba de un significado, la consciencia de estar debía ser paliada en el momento que esa misma existencia fuese fulminada.

 

Religión como antídoto ante la soledad.

 

María la experimentó, y no por falta de compañía.

 

Juan, ese joven dulce y leal, esa persona que siempre está a nuestro lado, aun cuando todos nos dan la espalda, permaneció a su lado ante el atroz martirio al que era sometido su hijo, el amor de su vida. Juan no pudo sanar tan terrible sensación porque la soledad no entiende de compañía, pues nace del alma, y en el plano donde las almas habitan, la compañía se vuelve fútil ante los anhelos del que grita de dolor, pues nuestra naturaleza corpórea no es capaz de satisfacer tal penuria.

 

María perdió a su hijo.

 

He presenciado ese dolor en el rostro de mi madre, he presenciado ese dolor en el rostro de mi hermana. Es atroz, deforma la existencia.

 

Puedo empatizar desde la posición de Juan, pero no puedo penetrar en ese dolor. A Dios gracias.

 

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Conozco a María, la entiendo, he hablado cientos de veces con ella; ella es toda mujer a la cual la vida le preparó tal aciago destino. Ella es tu amiga, vecina, aquella mujer señalada entre bastidores; “Pobre, lo que tiene que estar pasando..”

 

Y ante tanto dolor, el abandono. María veló el cuerpo de su hijo casi a solas, el miedo se apoderó de todo el que el domingo anterior había recibido a su hijo con palmas. Al igual que toda madre de alcohólico, de drogadicto, de enfermo, María sintió que su hijo no merecía la paz tras la amarga sentencia. La soledad, la que Kafka describió con tanta sutileza en la figura de Gregorio Samsa en esa monstruosa metamorfosis que le despojó de su forma humana.

 

Soledad, hoy pienso mucho en ti.

 

Soledad, la del que piensa diferente, la del chico o chica que no es capaz de integrarse.

 

Soledad; magnificada ante la multitud, indiferente ante la compañía, vacío existencial, Soledad.

 

Hoy, Sábado Santo, noche de tradición, noche de moleeras en el tiro gitano de Santa María, noches de infancia en el piso de mi hermana, a puertas de la Plaza Arriba, noche moruna de un paso de palio llevado en volandas, a solas, ante las voces quebradas de las saetas más virtuosas, me resuena al escribir esto el quejío de mi tía Carmen (Rodríguez), saetera prodigiosa, y pienso soledad, añorada y despreciada por igual.

 

Soledad, te quiero y te odio, maestra de mi vida y dueña de mi cárcel.

 

Este Sábado mi alma es tuya.

 

¡Vete! Pero nunca lejos, porque yo te quiero, Soledad.

 

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