Opinión

cristo palabra abierta

 

JOSÉ DE ARIMATEA. La gran diferencia entre lo ficticio y lo falso consiste en que el primer concepto encuentra eco en la realidad, posee la capacidad de materializarse como verdad inmutable, mientras el segundo solo deja vacío y podredumbre a su paso. A veces presiento que nuestra Semana Santa, cuya belleza visual y valor artístico es inconmensurable, corre el riesgo de perder referencias, de ser presa de un pueril objeto de consumo, un espectáculo de luces que es incapaz de remover en el espectador un ápice de su conciencia. (Imagen: Palabra Abierta).

 

 


 

arimatea noviembre

 

Y fue el mismo Jesús de Galilea quien pronunció estas palabras: “No crean que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada. Porque he venido a poner en conflicto al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra y los enemigos de cada cual serán los de su propia familia”.

 

Pero no seamos tan obcecados de caer en la literalidad, porque él hablaba de una guerra de conciencias, contra lo establecido, contra el prejuicio, contra aquello que ancla las almas de los hombres a la tinieblas.


Recalco pues, que no es en absoluto mi intención de atentar contra nuestro folclore, idiosincrasia de nuestro ser desde que el ciudadano ateniense paseaba por el ágora, modelando nuestro temperamento desde milenios a la luz del sol que ilumina el Mediterráneo. Solo ambiciono, a través de un sentimiento instalado esta semana en cada cofrade, establecer lazos con la historia que hace dos mil años ocurrió en la Palestina ocupada, territorio que, sigue siendo un triste reflejo de lo que sucediera antaño. Y lo haré desde el miedo que todo cofrade está sintiendo al observar las predicciones meteorológicas, para intentar que esa pesadumbre tenga eco en la profundidad filosófica, que a mi parecer, se encuentra en pasajes del Testamento.


Porque la historia del judío ajusticiado hace ya más de dos mil años estuvo salpicada de miedo, de terror; ese sentimiento atávico que adquirimos al nacer, conscientes de la finitud de nuestra existencia, de la evasión instintiva del dolor, ese compañero tan familiar, tan presente, y a cuya compañía nunca acabamos de acostumbrarnos.

 

jesucristo huerto

(Imagen: Tota Pulchra News).


Hay tres momentos de la pasión que me estremecen. El primero es en Getsemani, huerto de los olivos. “Señor aparta de mí este cáliz, pero ante todo que se cumpla tu voluntad”, brotó de los labios del galileo. Hay una escena de mi idolatrada True Detective, en la que su protagonista, ateo por cierto, aparece meditando ante un crucifijo, intentando desentramar cómo alguien es capaz de entregarse a tan fatal destino voluntariamente, a pesar del comprensible pavor. Porque ante la fatalidad inminente, él decide poner su vida en manos de la providencia, porque entiende que el hombre sabio no se inmuta por agente externo alguno, tal como Krishna aleccionaba a Arjuna en Kurusetra. Así que decide meditar en silencio, y recostarse sobre los suaves brazos del destino.


Y como el destino no aplaza lo que se le ha encomendado, es apresado y torturado, todo está dispuesto para que el reo sea condenado a muerte. Poncio Pilatos, infame procurador romano enviado por Tiberio para sofocar las continuas revueltas que se suceden en una región que desde Roma se antoja ingobernable, se dirige al nazareno en estos términos: “Escúchame, tengo la autoridad para crucificarte o liberarte”, a lo que Jesús responde: “no tienes más poder sobre mí del que se te ha dado desde lo alto”. Porque no se entrega a su destino desde la inconsciencia, sino desde la voluntad: Afronta su miedo y penetra en él con todo su ser. Sus palabras son firmes, su mirada valiente, y todos a su alrededor comprenden que es un hombre peligroso, porque posee la determinación para convertirse en quien realmente es.


Jesús es crucificado; el cansancio y el dolor lo consumen, sus labios agrietados son embarrados con posca, un vino de mala calidad popular entre los soldados romanos. Ante su fin, la soledad comparece, desgarrado su ser y emocionalmente desnudo, tal como el llanto del crío pide auxilio a su madre, clama al cielo: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”.

 

Pero su voluntad, inquebrantable, vuelve a hacer acto de presencia: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

 

Porque ante todo es un hombre valiente, que ha transitado por los caminos del miedo y ha aceptado que tenía que transcender cualquier vicisitud, adversa o favorable.

 

El ajusticiado expira; la lluvia y el viento, tal como ocurre esta semana, hacen acto de presencia, dejando paso a la más profunda introspección, para dirimir entre lo ficticio y lo falso, para meditar sobre si las relaciones con nuestro entorno son mera impostura o si realmente somos capaces de transcender hacia aspectos que vayan más allá de nuestros sentidos.