Opinión

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EDUARDO TERNERO. LA VOZ FLAMENCA. Desde que se tiene conocimiento escrito, sabemos que, dentro de la cueva, en los chozos, en los corrales, en los pueblos; en las reuniones, en las fiestas flamencas…, la mujer, sobre todo la mujer gitana, ha participado tanto o más que el hombre. Además ha sido la transmisora de esos valores flamencos a la prole. Recuerden lo que decía Camarón, “Todo lo que sé, lo he ‘aprendío’ de mi ‘mare’ ”; efectivamente, hemos podido ver un documental (años 70 del XX), donde Juana Cruz hacía unos cantes con los mismos rasgos y ‘soníos’ flamencos que los hacía su hijo José Monge Cruz. No debemos olvidar que la presencia de la mujer ha sido básica en la formación y desarrollo de los cantes flamencos...

 

 


 

Cierto es que, hasta “ayer”, estaba mal visto que una mujer anduviese por los tablaos, por salas de fiesta, en definitiva que se dedicase al ‘artisteo’. Pero hubo muchas y muy buenas cantaoras, balilaoras y tocaoras, a lo largo del XIX y XX, que tuvieron que dedicarse a “su casa”; es decir, a criar hijos, a hacer todas las tareas domésticas, a la vez que muchas trabajaron en las temporadas como aceituneras, vendimiadoras...ya lo decía tía Anica la Piriñaca, en su vejez: “Mi ‘marío’ no quería que cantara, ni en los bautizos. Ahora, cuando me faltó, no lo pensé mucho, y después de vender berza con un canasto por la calle, durante algún tiempo, me atreví a cantar en la antigua Venta del Moro, en la carretera de Arcos, con El Borrico y El Serna. Con lo que ganaba, pude sacar adelante a mis hijos”.

 

Situémonos a finales del XVIII, cuando a nuestro arte se le empieza a llamar flamenco y un momento histórico del que tenemos noticias de su visibilidad. Desde esas fechas conocemos el nombre de algunas mujeres que cantaban estilos de la época: jácaras, mojigangas, fandangos, sainetes…, preludio de los futuros cantes.

 

Escritores del XVIII como Ramón de la Cruz, Moreto, Francisco de Castro apuntan nombres de estas pre-flamencas como La Chaves, la Escalanta; la Pajarilla, la Troncosa en la jácara de Moreto, escritor del siglo XVIII; mujeres que en aquellos escenarios primitivos, salones de posadas y tabernas entonaban corridos o seguidillas, a la par que las bailaban.

 

Ya el Bachiller Revoltoso en su “Libro de la Gitanería de Triana” de la segunda mitad del (XVIII), hace referencias a otras gitanas, cantaoras y bailaoras como Dominga Orellana, La Flaca, Dolores Vargas, Joaquina la del Mesón, o Basilia Monje. Todas estas gitanas fueron muy populares en la Sevilla de la segunda mitad y hasta finales del XVIII.

 

A comienzos del siglo XIX ya se tienen contrastadas la impronta de cantaoras que solían acudir a las fiestas improvisadas, contratadas o a los “bailes de candil” y que fueron retratadas por la pluma de Estébanez Calderón en su libro “Escenas Andaluzas”, como La Jabera, María de las Nieves, La Perla, la Mosca… cantaoras con personalidad propia que circulaban por las fiestas y los “bailes de candil”: La Perla, María de las Nieves, la Jabera, Dolores, y la Mosca. Registradas en el libro Escenas Andaluzas (1830-1847) de El Solitario, Serafín Estébanez Calderón.

 

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Tenemos reseñas de una gitana cantaora, de inicios del XIX llamada María Amaya Heredia “La Andonda”. Se cree, nacida en Morón hacia el 1831, aunque otros apuntan a que ese apodo proviene de “María la de Ronda”. Incluso Juan Talega, indicaba que vivió en Utrera y Alcalá. Se asevera que vivió con su hijo (Manuel) en Cartagena hacia 1895 y se sabe que tuvo una hermana gemela que vivió en Triana hasta inicios del XX. Lo cierto es que su vida estuvo marcada por el cante y por los amores. Su vida transcurrió entre Morón, Utrera y Triana. No sabemos si “El Fillo”, su primera pareja (ella una niña, él un viejo), la conoció durante sus estancias en Morón, cuando iba a ver a sus primos, a compartir cantes y donde conoció no solo a “La Andonda” sino también al todavía niño Silverio.

 

Dicen de ella que era una mujer brava, de armas tomar. Núñez de Prado, creemos que exagera cuando la describe: “…orgullosa hasta la soberbia, caprichosa hasta la extravagancia, imperiosa hasta la tiranía…, y concluye, bebedora hasta la hidropesía”, pero su fama en el cante estaba patente en los mentideros de Triana, por su forma y su estilo único, sobre todo en el cante por soleá. Se dice que es la primera mujer que la popularizó y la que cantó la primera soleá apolá. Su muerte no la hemos encontrado certificada, pero creemos que sería a finales del XIX o principios del XX.


Otra gran cantaora de la que no tenemos casi referencia, pero ha sido un referente en el mundo de la seguiriya, es María Fernández, “María Borrico”, nacida en la Isla de San Fernando en 1830 y hermana mayor del “Viejo de la Isla”. María se crio en un lugar, como tantos gaditanos, de salinas y arrías de borricos. Es considerada como una de las primeras mujeres en cantar por seguiriyas. Su apodo es debido a su voz afillá, ronca, tal vez a su atrevimiento a cantar esos cantes que antiguamente parecían exclusivos de hombres y por su cadencia de cante. Compuso y modificó varios estilos flamencos, recogidos de los antiguos cantores, que luego continuaría Silverio; de entre estos, su célebre seguiriya ‘cambiá’, de mucha calidad musical que María introdujo en las seguiriyas de entonces; aunque, muchos autores piensan que pudo ser la ligazón entre la seguiriya antigua y la moderna. Hoy se suele usar para rematar cantes como la seguiriya o la liviana. Ejemplo de estas ‘cambiás’ son los cabales, una estrofa con la que muchos cantaores rematan una tanda de cante, que requiere un esfuerzo añadido, pero añade gran belleza para finalizar. María, en su madurez, actuaría en cafés de Madrid, pero no se ha podido saber el año de su muerte.

 

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“La Peñaranda”, apodo-nombre de una cantaora llamada Concha. Nos vamos a referir a ella con muchas dudas, ya que fue coetánea de otra artista que se denominaba igual y, ahí, en ese mar de confusiones, siguen los investigadores del flamenco. Dudas sobre quien fue la creadora de la malagueña: (Concepción Peñaranda “La Cartagenera” nacida en la Unión en 1850 o Concepción Rodríguez “La Peñaranda”) una de apodo y la otra posiblemente de apellido Peñaranda. Una de ellas nacida en la Unión y otra en Málaga. Tan claro no está, pues llevaron vidas paralelas.


Pensamos que fue la de apellido Peñaranda, quien vivió en Cartagena y que interpretaba los cantes de Levante a la perfección. Igualmente, sería la que conoció a Chacón, actuó en el café del “Burrero” de Sevilla, de la que nos cuenta sus éxitos Fernando el de Triana. Esa creemos que fue Concha Peñaranda, la que haría famosa la malagueña: “Ni quien se acuerde de mí, yo no tengo quien me quiera….”


Gracias al escritor e investigador flamenco Manuel Bohórquez por haber conseguido el cartel donde aparece el nombre de Concha Peñaranda “La Cartagenera”, aunque siguen existiendo muchas dificultades para dilucidar su biografía.