Opinión

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MANUEL MARTÍN ROMERO. Hoy no hay Sevilla ni Betis, no hay Betis ni Sevilla. No hay Monchi ni Planes, ni Orta ni Fajardo, ni Borja Iglesias ni Rafa Mir, ni rojo ni verde, ni VAR ni polémica. No hay Villamarín ni Pizjuán, hoy sólo hay pena y desconsuelo, dolor y drama, solo hay un corazón que late gritando Sevilla y una leyenda que recorre el mundo entero. Hoy sólo hay preguntas sin retorno que dormirán en el limbo de la sinrazón.

 

 


 

 

Hoy la fiesta del fútbol se tornó en tragedia. Hoy no hay colores; no habrá vencedores ni vencidos. Hoy los pulsos se helaron con la niebla asesina que paró el reloj en la maldita carretera de Despeñaperros, cortando de raíz la ilusión de un chaval de 17 años que hoy no estará en la grada del Metropolitano, pero vivirá el partido junto a su padre en un palco de honor reservado por el destino, o quizás elegido por Nuestro Padre Jesús Nazareno, por el que tanta devoción sentían.

 

Minutos de silencio, días de luto, brazaletes negros, plata sin brillo, lágrimas en las mejillas, dolor en el sentimiento, sentimiento en el dolor, bufandas al viento de una noche sin estrellas, banderas a media asta, almas sin alma. 

 

Hoy no sólo llora Morón , no sólo llora el sevillismo.

 

Hoy todos nos rebelamos contra la fatalidad. Como dice Sabina, "la vida seguirá, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido".