Opinión

et triana

 

Si existía un nombre mágico para el cante, un lugar único en el mundo para paladear lo que era el XIX en la Andalucía profunda, para saber cómo se vivía en un barrio, ese era Triana. Allí se llevaba la pobreza con dignidad, con una serie de valores como la tolerancia, la igualdad, la empatía…, igual que en otros lugares de la Baja Andalucía. Pero además Triana fue el barrio que meció al cante en su cuna y lo llevó hasta su madurez.

 



Triana ha sido un arrabal desde que en ella se instalaron chozos y lonas para albergar a gitanos y toda la pobreza que arribaba a Sevilla, “gente de mal vivir”, que dijeran muchos. ¿Si no se habían preocupado los gerifaltes en hacer un puente de la ciudad hispalense hasta el Altozano, se iban a preocupar de hacer unas viviendas dignas? Hasta 1845, ¡Ayer!, unas barcas y unos tableros servían como vía para cruzar de Triana a la capital hispalense. Poco a poco, aquel barrio suburbial se fue convirtiendo, a partir de finales del XIX, en calles empedradas, en pequeñas casas, en corrales de vecinos. Precisamente, en cada uno de aquellos corrales que tanto abundaron por las calles Alfarería, Castilla, Pagés del Corro, Pureza… convivían 50 o 60 familias, con un gran patio central, con su pozo y sus letrinas, su lavadero y cocina común, sus flores, su sala y alcoba para cada familia.

 

 

En aquellos corrales, se conformaría un modo de vida social que ha redundado mucho en eso que venimos llamando la simbiosis del andaluz. De esa amalgama de costumbres, folklores, creencias; de esa convivencia, de esa fraternización entre personas tan pobres, que lo único que podían ofrecer era su cariño y sus manos, su comprensión y compartir el dolor y las alegrías entre todos, surge la mano que mece la cuna flamenca en Triana.


Estos patios de Corrales, donde se habilitaba una olla para todos, unos garbanzos, unas berzas, un puchero en el que cada uno ponía lo que podía, en los que todos sufrían y todos se alegraban: fuese un bautizo, una boda o una desgracia, todo era compartido y todos eran reconocidos como partes de un grupo en aquel trajín diario, en aquel patio común que les hacía vivir en una sociedad que les identificaba y les unía. No quiere esto decir que no hubiese sus disputas, que las había; pero aquello era una gran familia de cientos de personas bajo un techo y unas vivencias comunes.


Aquella forma de vivir fue propicia para el nacimiento y la conformación del flamenco. Cádiz, Jerez, y muchos pueblos de Andalucía la Baja convivieron en grandes casas de vecinos, grandes palacios habilitados, grandes corralas hechas a propósito para albergar a familias pobres, cuando el terreno de las ciudades parecía encarecerse. En aquellos patios, las efemérides, los festivos, los eventos familiares eran motivo para unir a toda la comunidad que vivía bajo el mismo portal y, al amparo de una candela, al albur de cuatro viandas y muchas esperanzas, se montaba una juerga sin distinguir entre gitanos o payos, jóvenes o viejos…, todos participaban y compartían, les unía su pobreza. En Triana, cada uno aportaba sus conocimientos, se arrancaba por aquellos cantes que trajera el primo de Jerez, el amigo de Alcalá, la familia de Cádiz. Allí, como en muchos otros lugares de la Andalucía más profunda, más pobre, más perseguida, nacería y se mecería al flamenco.


Triana vivió siglos de penuria, pero a la vez de altivez, porque allí, en su pobreza, fueron muy felices muchos. Aquel ajetreo de personas y animales, de tratantes, vendedores, de transeúntes, itinerantes, canasteros, herreros, esquiladores…, de fiestas improvisadas, de artistas que se adentraban en el barrio, de indigentes faltos de cariño, de gente sin recursos, eran acogidos y seducidos por la idiosincrasia propia del barrio y de su gente. Allí se vivía a todas horas, todo se exteriorizaba, no había recovecos para la soledad, solo cuando se quería ejercer. La fascinación era tal que los señores y “señoritos” del romanticismo, los escritores europeos como George Borrow, Richard Ford, Estébanez Calderón, Charles Davillier, Gustav Doré, Demófilo…, buscaron la utopía de la vida, las incongruencias de la vida: la alegría ante la adversidad, el romanticismo ante la desgracia, el cante ante la soledad… y se instalaban cerca de ellos, arribaban durante temporadas para vivir y comprobar aquel estilo de vida. Aquello se llevaba con hambre, pero con dignidad, con esperanza de libertad y horizonte; con escasez, pero con un corazón compartido por las alegrías y las penas y donde lo poco que hubiese era de todos. Allí han nacido y vivido gran parte de los genios del arte: pintores, escultores, ceramistas, y como no, ha sido cuna y aprendizaje de una gran parte de los mejores artistas del flamenco de la historia.


Ya desde el XVII, en Triana, se instaló el germen del cante jondo gitano, en la Cava de los Gitanos, desde Pagés del Corro a Chapina. Al barrio trianero fueron a parar muchos, como el Tío Luis “de la Juliana”, “El Planeta”, “El Fillo, Frasco “El Colorao”, Curro Puya, los “Caganchos”, la “Andonda”…Por allí pasaron, durante todo el siglo XIX y XX, quienes querían mamar del cante, como lo hicieron la mayoría de los artistas de la época: la Serneta, la Perla, el Jerezano, María Borrico, el “Viejo de la Isla… Allí entre la Cava de los Civiles y la de los Gitanos, buscaría las raíces Antonio Mairena para retrotraer los ‘soníos’ de muchas de sus seguiriyas y soleares olvidadas o en desuso, allí rebuscaría entre las fraguas para conocer los martinetes y las tonás más antiguas.

 

Aquello era Triana, hoy es otra cosa.

 

CONTINUARÁ...