Hermandades

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“Polvo eres y en polvo te convertirás”. El pregonero de la Semana Santa de Marchena 2024, Alfonso Rodríguez Sanz, empleó la célebre referencia bíblica y enraizada en el Miércoles de Ceniza, porque como tal, “es el verdadero sentido de la vida”. De la tierra de Marchena, muy presente en el Pregón por cómo vive apasionadamente una Semana Santa pródiga en descripciones en el discurso del pregonero, a su suelo que pisan firmes los costaleros, a quienes dedicó sentidas palabras, a la que es asiento de devociones tan señeras como las de Nuestro Padre Jesús Nazareno, trascendente en los diversos ramales de la existencia, y Nuestra Señora y Madre de la Soledad, reflejo de un apoteósico homenaje a las madres, Alfonso Rodríguez brindó su Pregón. El pregonero concluyó sumergido en un éxtasis místico en el que se envolvió en los adentros de su intensa fe elevándose al cielo en el Señor de la Vera Cruz y en la Virgen de la Esperanza, a los que aspira a ver el día que se muera y a los que entregó su alma.

 


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Alfonso Rodríguez Martín, el presentador del pregonero, su hijo, dedicó unas palabras que salieron de sus entrañas. En su casa, tradición es Veracruz, y el Señor de la Vera Cruz y Nuestra Señora de la Esperanza Coronada son “fuentes de amor verdadero”, “cruz de guía” de sus vidas.

 


A golpes de tambor recuerda ser dormido en brazos por su padre el presentador, el hijo, el que también tuvo palabras a la memoria de su abuelo Alfonso Rodríguez Giráldez, que tan feliz estaría de ver a su hijo pregonar esa Semana Santa, que en el corazón de Alfonso nieto brotó en paseos de la infancia por San Juan, en nudos de la corbata de su progenitor, en definitiva, de cuna a cuna para ir haciéndose hombre “en tierra de Dios y María”.
“Generosidad, honradez, disciplina y sobre todo amor por mis raíces y la Semana Santa” son valores claves que reseñó el pregonero y que de generación en generación conservan en su familia, ahora de la mano también de su madre, María del Valle Martín Urbina, esposa del pregonero, que además de Alfonso, tiene dos hijos más, todos los cuales le han apoyado y animado en esta tarea de pregonar la Semana Santa.


“Jamás tendré palabras para expresar lo que he sentido escribiendo y hoy viviendo esto. Soy el hombre más feliz y orgulloso sobre la tierra, el atril es tuyo”, manifestó Alfonso Rodríguez Martín, que dio paso a su padre recordando que con menos de un año ya vistió de túnica en la procesión de la Veracruz, y que además de hermano de esta Hermandad, lo es de la Santa Caridad, de la Borriquita y del Cristo de Burgos de Sevilla, además de haber formado parte de juntas de Gobierno de la Vera Cruz, y contar con una dilatada trayectoria de costalero.

 

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Después del abrazo entre padre e hijo, sonó la marcha Amarguras, y Alfonso Rodríguez Sanz tomó la palabra para anunciar, en la Iglesia de San Juan, durante una hora y treinta minutos clavados, la Semana Santa de Marchena, bajo la atenta mirada del público y de los representantes de las Hermandades y Cofradías, asociaciones religiosas, representantes de la corporación municipal (PSOE, Unidos por Marchena y Vox) con la alcaldesa María del Mar Romero Aguilar al frente, del Consejo de Hermandades de la Villa, presidido por José Antonio López Romero, y del párroco de San Juan y vicario episcopal de la Zona Este de la provincia de Sevilla, José Tomás Montes Álvarez, a todos los que saludó, al igual que su hijo, bajo la fórmula ‘Paz y bien’.

 

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“Salve cruz, Esperanza nuestra”. Pocas veces unas palabras primeras reflejan tan fidedignamente un final. Y así fue en el Pregón de Alfonso Rodríguez Sanz, en el que le ofreció su alma, vida y corazón, literalmente, a la Virgen de la Esperanza, con la que cerraría el Pregón dedicado a los que están y a los ausentes.


Marchena y sus hermandades son cunas de buenos cofrades, y para romper el hielo, Alfonso Rodríguez realizó una descripción pormenorizada de lo que sus ojos ven, de esa materia que conforma la Semana Santa, y entre otros muchos detalles, afloraron en el inicio del Pregón palillos, bambalinas de terciopelo o plata o de plata fina, parihuelas, canastillas, majestuosas iglesias y recoletas capillas, pasos de misterio imponentes, claveles, lirios, señas, varales, acólitos, ciriales, estandartes, cruces de guía, respiraderos bordados, levantás a pulso y en volandas, candelabros y candeleros de eternas luces, nazarenos, pertigueros, lignum crucis, libros de reglas, variedad de túnicas…


Agradeció, a continuación, el apoyo de todos y de quienes se molestaron en felicitarle, a su hijo y a su esposa que lo han animado en especial para este reto, refrendando que las palabras del mayor de sus hijos habían sido “nacidas de corazón”.


“Tierra de encanto y leyendas donde el tiempo parece que no pasa” es Marchena, la de Melodías eternas y susurros flamencos, gente “buena a montones”, fusión de tradición y modernidad que hacen del pueblo un lugar lleno de “magia”, la tierra de idílicos lienzos, jardines y monumentos, de azul radiante del cielo, de bendición fecunda de San Isidro Labrador, de santuarios de fe en cada barrio, de ahí sus guiños al Complejo Parroquial, a la Virgen del Pilar, a la de los Remedios, y sobre todo, a los 300 años de “amor maternal” de la Patrona, de la Virgen del Rosario.


“Cruz de manguilla, negro toque fúnebre y cadencioso del muñidor”. Este pasaje descriptivo del Domingo de Ramos, en referencia al discurrir de la procesión de la Santa Caridad, le llevó a plasmar la reflexión que presidió el Pregón, el “Polvo eres y en polvo te convertirás” que las mejores letras españolas han plasmado en sus versos en múltiples variantes como la más viva expresión del senequista cotidie morimur en el que nos hallamos (en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada, que diría Góngora), palabras de las Sagradas Escrituras que “son el verdadero sentido de la vida”, a lo que añadió al hilo de la Caridad, que es “amor al prójimo, dar de comer al hambriento y de beber al sediento, porque caridad es amor.”


“Pórtico de la Semana Santa” San Agustín, “patio de benditas columnas y naranjos”, el Domingo de Ramos y el costalero fueron un solo cuerpo en una disertación apasionada y que concluiría con una ovación del público que asistió al Pregón.


Tal cual retransmisión de radio, entre otros detalles imposibles de enumerar íntegramente, el pregonero logró que el respetable entrara en calor, en Semana Santa en vena con su voz de “la primera, completa, la segunda, completa…así hasta la octava, a pulso la levantá perfecta” y describiendo esa “sintonía perfecta” que es el crujir de la madera o el olor debajo a flores rojas y cera, el tiempo que se detiene, el salir de nazarenos y los Ossanna y las plegarias “de cuadrilla buena”, así como “el andar valiente y elegante siempre de frente” o “el izquierdo por delante de manera imponente”.


La “Virgen niña” de la Palma, la “bella perla” la de “manos suaves como pétalos de cristal”, le llevó a sueños añejos de juventud e hizo relucir su parcela de Domingo de Ramos para un Pregón que siguió el orden lógico, como se diría en la sintaxis a la frase de sujeto + predicado o en el fútbol al clásico sistema de 4-4-2, en este caso del orden de la salida de las procesiones en nuestra Semana Santa; eso sí, con una licencia en el Jueves Santo por la noche que inspiró su principio y que fue su final.


A su padre, que fue su ejemplo, le agradeció la fe católica y ser cofrade, e integrarlo en “el bendito mundo de las hermandades”.


“Ser costalero no significa solo cargar kilos, debe significar mucho más”, apeló sin dejar de latir el Pregón bajo las trabajaderas y achacando en parte a los propios costaleros que no se aprecie esa verdadera dimensión, puesto que serlo significa “ser creyentes”, habida cuenta de que “llevamos sobre nuestros hombros, no una parihuela recubierta de madera y dorado o palios de orfebrería, sino sagradas imágenes que representan a Cristo y a su bendita madre”, calificando de benditos altares a los pasos.


Comprometido con la iglesia, participativo en la vida de las hermandades debe ser el costalero y debe dar testimonio de fe y ayudar al que lo necesita, diría en su arenga Alfonso Rodríguez, que hizo hincapié en que ir abajo es difícil porque es no ser protagonista, en que ir abajo es “aferrarte al compañero que pasa mal momento”.


El piano de Javier Carmona Bono acompañaría el reconocimiento del pregonero a esas “almas entregadas que cargan sobre sus cuellos con devoción desbordada” a las sagradas imágenes, sus alusiones al “peso del sudor en la frente”, su elogio a los “,guardianes del esfuerzo y sacrificio” que elevan a esos benditos altares “soportando el dolor” y forjan “los cimientos de la tradición con su trabajo silencioso”, y con las notas del pianista marchenera describiría el pregonero ecos del racheo de pies costaleros, latidos compartidos de fe y valor, trabajo auténtico en el que crecen “amor, unión y amistad”, para acabar apuntando con la “palabra certera” que los costaleros “son hombres de dios bajo las trabajaderas”.

 

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De la niñez inocente reflejó pasajes de Miércoles Santo como el caminar de los sayones romanos por la calle San Francisco, el inconfundible aroma a incienso y azahar y la “serenidad admirable” del Señor de la Humildad, exclamando “¡cuánta falta hace su paciencia y humidad!” en este mundo, destacando el especial significado de la doctrina franciscana en nuestro pueblo y en lo que impregna a esta Hermandad en la que la Virgen de los Dolores, con su gesto mirando al cielo tan característico, representa para el pregonero “esperanza en la tormenta”.


Bajo la referencia de “amaros a unos a los otros como yo os he amado”, se adentró el pregonero en el Jueves Santo por la tarde que vive de forma efímera, pero volcando mucho cariño a juzgar por sus palabras.


Día este “más anhelado del año” para el pregonero, guarda la intimidad del Jueves Santo, día de esplendor ante la inminente Pasión del Señor, “la oración y reflexión” en Santos Oficios en los que se celebra la institución de la Eucarístia y el lavatorio de los pies.


Agradeciendo a la vida los amigos que le ha dado, dibujó con amor su mirada al Dulce Nombre de Jesús, del que quiso ser clavel de su canastilla, espejo de la peana, tirabuzón de sus cabellos y del que rescató su mirada “tierna y celestial” y la carga simbólica de su pequeña cruz.


Esperanza y Piedad solo fueron una, recordó el pregonero, en su encuentro a las puertas de San Sebastián, sin citarlo expresamente, en la Magna Procesión de 2016, inferimos por sus palabras, de manera que lamentó que en los Jueves Santo el tiempo sea tan breve (antes de dirigirse a la Vera Cruz) para “disfrutar de tu finura, que es una verdadera locura” o de “tu mirada que colma de bondad”, porque de “de Marchena, eres Piedad en cada corazón”, exclamó expresando sus sentimientos por esta imagen.

 

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El “aire solemne y sagrado de Viernes Santo” es “símbolo de cultura, tradición y fe de nuestro pueblo”, manifestó Alfonso Rodríguez, dando un salto a las seis de la mañana de ese día que, en sus vivencias, se enraíza en “anhelos, plegarias y rezos” a la Virgen de las Lágrimas, sin saberlo durante un tiempo, “senda perfecta” para llegar a Nuestro Padre Jesús Nazareno, ante cuya imagen, un día de frente, descubrió que vino a decirle “yo soy el camino de la verdad y la vida”.


De ahí en adelante, con pasión desbordada, el pregonero reflejó la trascendencia, tan enorme como inefable, del Viernes Santo y de Nuestro Padre Jesús Nazareno. En el rostro del Señor de Marchena, “marcado por el dolor y el sufrimiento”, dijo el pregonero que “se respira devoción heredada”.


Los “corazones” de Marchena, metonimia de sus gentes, rinden “a los pies” del Nazareno, “alegrías y pesares”, entre los que ejemplificó en los estudiantes que piden por su futuro, novios por sus familias, madres por sus hijos y enfermos por la salud, corazones entre los que se encuentran, señaló, incluso “hasta el que se atreve a dudar”.


Depositario de cariño, deseos, realidades, tristezas, desglosó, “Jesús cargará la cruz de esas verdades de los que dan la vida haciendo de ti su estandarte”, pues Jesús Nazareno, en la palabra apasionada del pregonero es “guía del caminante, dios de los abuelos, herencia de sangre, caridad perpetua, consuelo de un pueblo, poder para el débil, milagro impagable…”


“Benditos pies donde besarte, por eso señor de Marchena, cada viernes voy a rezarte”, finalizó, dando lugar al resonar de aplausos entrañables.

 

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“Las personas mayores piden lágrimas al aire para hacer con sus manos una corona de llanto”, apuntó dando su lugar nuevamente a la Virgen, imagen que es “bálsamo para los heridos, mar de calma, paz en el alma, rosa mística, estrella de la mañana, torre de marfil, vaso espiritual…”, expresó muy desprendido también hacia las Lágrimas, porque “todas las lágrimas de Marchena van sollozando María Santísima, cuando ella, bajo palio, va pasando”, concluyó


El Santísimo Cristo de San Pedro, en palabras de Alfonso Rodríguez, es “austeridad a raudales, cirios que chorrean luces sacramentales, dosel de épocas ancestraes…, figura imponente y majestuosa y paso firme y sereno, entrega total hasta el último aliento, redención, ojos inertes, silencio y recogimiento, brazos extendidos como un vuelo, ojos que nos hablan de perdón sin fin y a invitar a olvidar nuestra amargura”.


“Hay un solo Dios; no es la droga, ni el juego, ni el ansia de poder, ni el dinero; Santísimo Cristo de San Pedro, tú, eres el Dios verdadero”, exclamó, reseñando el “manto de amor y sabiduría que lleva tras de sí, en referencia a la Virgen de las Angustias.

 

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Llegando al final de nuestra Semana Santa, el Pregón de Alfonso deparó una emocionantísima y profunda oda a las madres.


En señorial e inmenso barrio, fieles a la tradición, “suben en busca de la reina y madre de Marchena” a “las puertas de la gloria” del Palacio Ducal, los marcheneros, mostrando respeto cuando acompañan al Santo Entierro, estampa con “sabor a siglos de solemnidad y recogimiento”, en la que “el sol se desvanece entre adoquines” y “la luz mortecina da un aura de dolor y sufrimiento” a la escena en la que se impone “el rostro sereno, los ojos cerrados, las manos inertes…” del Santo Entierro, que “transmiten la paz que solo un sacrificio supremo puede otorgar” y camino a “toque seco de tambores”, describe el pregonero, convencido de que “la muerte no tiene la última palabra, la esperanza y la resurrección prevalecerán” en este “lienzo de tristeza y paz” en el que “la fe se renueva y las almas se elevan en oración”.


La Soledad, “Reina y Señora de Marchena” es del pregonero vecina de toda la vida, devoción primera de madre y abuela materna. Su barrio es San Juan y su casa, con su torre inigualable, destaca, Santa María.


Las manos (de la Soledad) “se entrelazan pidiendo por almas afligidas” y, en su “altar efímero de plata rodeada de flores” recibe “oraciones con fervor, que se elevan a su nombre”, pues “las calles, impacientes, quieren hasta olerte.”


“Marchena te venera, te aclama y te adora”, proclama Alfonso Rodríguez, que ve en la Soledad esas “madres que son poesía hecha carne, las que nos traen a este mundo, las que nos acunan en brazos y nos enseñan a caminar…”, las que ofrecen “refugio seguro, acarician tristezas, son versos que componen las melodías de nuestra existencia, las maestras, guías y confidentes más fieles que nutren las almas con amor y paciencia…”. En ellas, reluce, “el brillo de ternura como estrellas en el firmamento”, pues “ven más allá de nuestras imperfecciones y creen en nuestro potencial infinito”.


“Eres nuestra madre porque, como en las madres, perdura el amor como río eterno, pilar de sueños e hilo invisible que une generaciones”, expresaría hacia la cernicalera el pregonero, que no canta saeta, dijo, porque no sabe, pero “te rezo una salve y lo que tenga que rezar cuando pases por mi calle en la noche más íntima” y, apreciando su “gesto de orfandad”, relató como “toda la cristiandad le acompaña en el sentimiento”, y en ella, en la Soledad, “los pesares de la vida casi dejen de pesar; los sueños, dejan de contar; y las ilusiones perdidas recobran su identidad”.


“Danos tu bendición y ayúdanos a llegar a la vida siempre acorde con tu amor y bondad”, proclamaría el pregonero en su amor a la Señora y Madre de Marchena.

 

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“No hay salvación sin cruz ni cruz sin salvación”, dijo, dando paso a la chicotá final de su Pregón, el pregonero, Alfonso Rodríguez, para quien el Señor de la Vera Cruz es “Padre celestial, único Dios”, Rey dueño de su corazón y que gobierna su vida, el que “nunca falla”, el que le acogió entre sus brazos dándole su “faro de luz” en tiempos difíciles, su horizonte de fe, “la más absoluta verdad”, su fuente de inspiración, al que la aclama que quiere ser su costalero, acompañarlo en su silencio austero, al que observa con sus “manos benditas clavadas al madero” y con el que se funde en Jueves Santo entre las túnicas blancas y los antifaces verdes.


“Quiero sentir la madrugada atravesando tu cuerpo”, expresó en fusión plena con el Señor de la Vera Cruz, en cuyo rostro descompuesto quiso consumirse y así ver su “amor inmenso bajo la luna de mis sueños” y ser su cirineo y rezarle en San Juan y en el vía crucis letanías, porque “por eso moriría, por ir contigo el Jueves Santo, cruzar la puerta de tu gloria para verte morir crucificado…”.


El Señor de la Veracruz es al que comparte sus “desvelos e inquietudes” para que colme de salud a su familia, a sus amigos, y a los que no lo son: “ Sabes mejor que nadie de mis debilidades y eres mi fortaleza y puerto seguro al que arribar cuando la tempestad azota mi navegar”, concluyó.

 

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“Que te digo yo que no te haya dicho nadie”, le dijo el pregonero a la Esperanza, dando cuenta de cuánto le han expresado los más grandes poetas cantores.


“¡Cómo saco yo de mi pecho el verde de tu esperanza!”, expresaría en el summum de su Pregón, poniendo de relieve la reflexión de que “no hay necesidad de salir en cofradía ni de estar en hermandad” para expresar “amor incesante, sencillo…, yo a ti me arrodillo dulce madre sobrehumana”.


Al mirarla de cerca, describió, el pulso se le paró, y en la confección de este Pregón, su diálogo con la Virgen de la Esperanza, y la escucha de ella, le llevó a seguirla en el consejo de preguntarle a quién bien lo conoce: “Papá, háblame de la Esperanza en el cielo y mamá en la tierra, háblame de tu virgen por la que tanto trabajaste y me enseñaste a quererla, de la cara que cara que embelesa, barco de plata que navega…”


“Y así fue, lo sentí a mi lado, mi mano al escribir era él quien la dirigía”, señaló sobre su padre.


“Hoy puedo decir la esperanza es mi baluarte, la joya de mi joyero, la perla de las maravillas, del cielo el mejor lucero, amor de madre certero, sosiego de mis ansiedades, luminaria en mi sendero, seno divino del amor más verdadero, misericordia, fuente clara de concordia de los más altos veneros, calma y paz, rocío de la mañana que me cala hasta los huesos, la que parió a su hijo sin mancha, su cara me encandila, en su boca yo me pierdo, en sus pupilas el sentido pierdo”, proclamó entre otros vítores a la Virgen de la Esperanza y la reseña de que va al encuentro de su hijo muerto “en la verdadera cruz”.


“Mi amor es peregrino y espero verte en el cielo. En ti consiste mi espera. Todo empieza en ti, esperanza, jardín y verdad, puertas de Marchena, ancla segura, cielo y tierra, pan y espiga, mujer perfecta, madre de cielo eterno que ha bajado del cielo para quedarse en Marchena”, prosiguió el pregonero en esta ‘petalada’ en forma de palabras a su Virgen.


Preparada para cruz de guía, para semana más esperada, “contigo he ido soñando” dijo de nuevo agarrando a la Marchena que había tomado la mano al inicio del Pregón, y dándole mil gracias a su madre, Esperanza, por llevarle de la mano.


“A tus plantas enteras entrego mi corazón. Respiro esperanza, grande certeza, hijo tuyo yo me siento, me acurruco en tu pañuelo, por tu talle yo respiro…hoy en ti mi corazón, esperanza mía, mi inspiración y pensamiento, es todo tuyo”.


“Aspiro a verte en el cielo el día que me muera y decirte qué guapa eres, Esperanza”, proclamó, poniendo al público en pie y despidiéndose con el deseo para todos de que “Dios os bendiga”.

 

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