Firmas

et alegrias

 

No se puede hablar de flamenco sin nombrar a Cádiz. Desde la antigüedad, las “cánticas gaditaes” (folklor de Gades), marcaron su historia musical. Esta musicalidad, convertida más tarde en hispano-árabe (al-andalus), se extendió durante toda la Edad Media y, con la llegada de los gitanos (XV/XVI), ese folklor de la Baja Andalucía (Cádiz, Sevilla…) se fue fusionando con sonidos de procedencia hindú para formar aquel primitivo flamenco. También la afluencia de sones traídos de otras regiones, compañeros de riquezas traídas de América, asentados en Cádiz y sus Puertos; el regreso de los navíos que traían ritmos afroamericanos, conformarían las raíces de aquel frondoso árbol llamado flamenco.

 

 


 


La tacita de Plata, Jerez, los Puertos (Chiclana, Puerto Real, San Fernando, Sanlúcar de Barrameda, El Puerto de Santa María…), Paterna de la Rivera y un largo etcétera, todos rincones gaditanos, han sido origen y desarrollo de muchos de los cantes y palos que determinan el flamenco: cantiñas (alegrías, mirabrás, romeras, rosas, caracoles), tientos/tangos, tanguillos, bulerías, chuflas… además de diferenciados estilos de soleares y seguiriyas, cañas y polos, tonás y martinetes...


Fueron muchos los cantes que nacieron al amparo de las olas y se fueron adentrando por los pagos de Lebrija, Jerez y Utrera…, o a contracorriente, como esturiones del Guadalquivir, besando las orillas de Triana, Sevilla, Córdoba…o para subir como salmones a desovar su arte en las serranas Granada, Jaén y la oriental Almería. Dicen, que el ritmo y las letras de las alegrías tal vez sea una adaptación de la jota maña, al estilo del sur, creado en plena guerra con el francés, cuando los gabachos intentaban por todos los medios hacerse con la costa gaditana, la Isla de León… ¿Quién no ha oído y cantado más de una vez aquellos tanguillos de chufla “…con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones”.

 

Nosotros queremos creer que las alegrías son un cante festero propio del aire, del genio y del espíritu jovial y desenfadado que históricamente ha marcado el temperamento gaditano. Al igual que otros cantes como los juguetillos, jaleillos, tanguillos… y sobre todo las primeras cantiñas que surgieron para dar al cante un sentimiento más alegre que no fuese el fúnebre o funesto de los cantes como las seguiriyas o las tonás; de tristeza y desamparo como el martinete o la carcelera o incomprensión y desamor como la soleá. Este tipo de cante, más bullicioso, más vivaracho, se fue adaptando para acompañar al baile, para que no todo fuesen penurias, hambre, miseria…

 

et alegrias 2

 

No cabe duda que el cante por Alegrías es el más conocido y más rico en matices de todos los cantes gaditanos; aunque todos entendemos que es la más típica cantiña de Cádiz capital. Son coplas romanceadas al compás de la soleá de un ritmo muy alegre y vivo, eminentemente bailable y festivo, sin seguir los estímulos de la cadencia andaluza. Con el tiempo, muchos de estos cantes, se fueron distinguiendo, separando, adaptándose a determinadas zonas o intérpretes; se fueron pausando y adquirieron la calidad de cantes para escuchar, sin olvidar la característica primordial de los cantes gaditanos: el compás, algo con lo que han jugado los gaditanos y que hasta hoy hacen a libre albedrío o juegan con ello cantaores y cantaoras. Contaba a menudo, Chano Lobato, en tono jocoso, que aquello del “tiriti tran, tran tran…” fue una salida airosa del cantaor Ignacio Espeleta, el cual, estando en el escenario, algo perjudicado por los efluvios de la ‘juerga’, olvidó la letra y para que continuara el baile recurrió a ese estribillo que; con el tiempo, aquello, se fue haciendo santo y seña del inicio de los cantes por alegrías.


Ni que decir tiene que, con el discurrir del tiempo, estos cantes, de Cádiz, se fueron difundiendo por toda la geografía andaluza y fuera de nuestras fronteras, acodándose a zonas como Sevilla, Córdoba, Málaga…y fueron sus grandes cantaores de finales del XVIII como El Planeta, Juanelo, Tío Rivas, El Muerto y más tarde Tío José (el Granaíno), Macaca, Paco (el Gandul), Romero (el Tito), Fosforito (el Viejo), La Mejorana, El Mellizo, Manuel (Torre), Chacón…, fueron sus principales divulgadores durante el XIX. Otros muchos del XX: Pericón, Manolo Vargas, La Perla, El Beni, Sernita de Jerez, Juanito Villar, La Paquera, Chano Lobato, Camarón, El Torta, Terremoto…, además de los contemporáneos que llevan a gala el cante propio de su tierra: Rancapinos, Pansequito, Mercé, Sordera, el Capullo, Aurora Vargas…

 

Aunque deberíamos decir que durante el XIX y principios del XX estos palos eran menospreciados por los “puretas”, donde imperaban los cantes “grandes”, los cantes serios como la seguiriya, tonás, soleares y una extensa lista que conocemos. Sin embargo, los cantes de Cádiz, han sabido encontrar su sitio, se han aliado muchas de las veces con cantes de ida y vuelta y han dado al flamenco otro aire más festero y más dinámico sin alejarse de lo “puro y lo clásico”.


En capítulos anteriores hemos hablado de algunos cantes que han compartido muchas provincias andaluzas, otros como son las cantiñas, alegrías, bulerías, caracoles, chuflas, mirabrás, rosas, romeras, tangos, tanguillos, zapateados… son prácticamente nacidos al amparo de la costa gaditana. Otros como arrieras, nanas, carceleras o los cantes de trilla, surgieron en las campiñas andaluzas (Jerez, Córdoba y Sevilla), aunque, como ya dijimos, también Jaén aporta este tipo de cantes. La petenera nacida, presuntamente, en Paterna de la Rivera, aunque ahí siguen Paterna del Río (Almería), o Méjico, queriendo compartir la gloria de su paternidad. Otros cantes como Guajiras, milongas, rumbas, vidalitas…, llegaron a Cádiz y los Puertos en naves de retorno, con aires de ida y vuelta, con ritmos sudamericanos en sus velas y se asentaron en la Caleta, en Bajo de Guía, el los tabancos de Jerez…; de allí marcharon hacia Triana y se difundieron por todos los rincones, dando al flamenco un carácter aún más universal. Fue paralelo a aquel gazpacho que dejaron romanos y árabes con el aceite de Jaén, el vinagre del Condado, la sal gaditana, el ajo cordobés, el pan de Alcalá, pepino de Granada…, todo regado con las aguas del Guadalquivir, que se completaría con el tomate y con el pimiento que nos vino de América dándole colorido y alegría.

 

Al flamenco le ocurrió igual, le hacían falta esos ingredientes alegres, festeros; sonidos a los que Cádiz aportó viveza y ritmo, como últimamente lo ha hecho la caja o cajón peruano que incorporó Paco de Lucía. El mismo que, con otro genio, Camarón, crearía la Canastera, un cante bailable con estructura de fandango. Queda decir que para escuchar buen cante hoy, como dice la canción hay que venir al sur, a ese sur andaluz (Jerez, Sanlúcar y los Puertos, Lebrija, Utrera…) donde persiste un vivero de musicalidad y de jóvenes intérpretes que siguen dando continuidad a este mundo del flamenco. Jóvenes ya muy reconocidos como Rancapino Chico, Manuel Agujetas “hijo”, David Palomar, Antonio Reyes, Laura Vital, María Mezcle…, un larguísimo etcétera de artistas y futuras promesas que hacen que la provincia de Cádiz, sobre todo Jerez de la Frontera, sea el germen y el lugar donde mayor número de intérpretes han salido a la luz para dar musicalidad y sentido a nuestro arte.

 

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