Firmas

et calor 2

 

Doy la razón a los que dicen que llevamos un verano tremendo, desmesurado, que el calor es cada vez más agobiante… también pienso que, nosotros – los que hemos nacido por aquí, por esta Andalucía–, nos hemos vuelto más exigentes y delicados, es decir que nos estamos desacostumbrando a las calores que siempre hemos soportado. Pero, pones la tele, la radio o lees la prensa y durante todo el verano la gente no para de quejarse del calor, del calor que está haciendo. Digo la calor y el calor porque no son la misma cosa, aunque según la RAE, no se puede decir (la) calor, porque calor es un sustantivo masculino y por tanto debe llevar (el) delante. Pero, eso es lo que dice la RAE y otra cosa como lo hablamos los andaluces y en muchos lugares de Hispanoamérica. Esperemos que no vengan eruditos castellanos a decirnos que hablamos mal, porque entonces tendremos que recurrir a lo que dice Manu Sánchez: “Yo no hablo un mal castellano, yo lo que hablo es un perfecto andaluz.” Porque, para nosotros, el calor es lo cotidiano, lo que los andaluces estamos acostumbrados a tener por estos lares en estos periodos del año y que abarcaba desde San Isidro a San Miguel; o sea, desde mediados de mayo a finales de Septiembre. Mientras que la calor es cuando se disparan las temperaturas y que, los que estamos acostumbrados al calor, nos cuesta soportar y por eso solemos decir con asiduidad: “¡ea, ya está aquí la caló!”, “¡oju, la caló que hace!”

 


 

 

eduardo ternero ok

 

Y es cierto que hace calor, pero aquí, en la sartén de Andalucía, siempre ha hecho calor, un calor solanero, pegajoso, que no suele dar tregua…, pero además, si nos retrotraemos a tiempos pretéritos, los remedios que teníamos, distaban mucho de los que, gracias a la ciencia, tenemos ahora, léase frigorífico, aire acondicionado, piscina, vehículo refrigerado… ¿Quién de los que hoy nos quejamos (los que tenemos la vacuna tatuada en el brazo o la pierna) no ha ido a bañarse a mediodía a las albercas de las huertas, al río…, a mediodía, a temperaturas que derretían el asfalto y los sesos? ¿Quién hace cuarenta años disponía de aire acondicionado?, o ¿ya no recordamos cuando en los coches llevábamos las ventanillas abiertas para que entrara el viento?


Entiendo que es mucho más fácil acomodarse de lo malo a lo bueno que al revés, porque veníamos de no tener nada para aplacar el calor: de refrescar la sandía en el pozo, de comprar una barra de nieve para poder enfriar una bebida… veníamos de pasar calor, de sudar como pollos en los ‘soberaos’ (los sobrados castellanos) con pequeños ventanucos que daban sensación de horno, de estar hasta las tantas en las puertas de la calle hablando con los vecinos para aprovechar el frescor de la noche y de paso comernos unas pipas de melón secadas en la azotea y tostadas en un perol…


Quiénes de los que peinan canas no recuerdan las duchas improvisadas bajo una manguera o una fuente en las esquinas del pueblo. Hagamos memoria de aquellos veranos eternos, de ‘tintibaleros’ y polos de nieve, de niños semidesnudos tostados al sol, amparados en el único refugio de frescor de mediodía que era la solería de las iglesias. Y no hablamos de los trabajos infernales que se hacían a pleno sol, en los tajos de casi todos los oficios: agricultura, ganadería, herrería, albañilería...

 

et calor 3

 

Aún tenemos imágenes de aquellos sombrajos en extramuros, vigilantes de las eras y el sol plano de media tarde cayendo como lenguas de fuego sobre el terrizo y, tras venir de segar y barcinar, soportar la trilla y recoger la parva para aventar al atardecer y ensacar el grano. Un suplicio hasta el refrescar de la madrugada, donde se sopesaba con las charlas inter generacionales sobre lo que daba la vida.

 

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Lo que sí está ocurriendo es que el clima está cambiando, eso no lo puede negar nadie. Pero, tal como han ocurrido siempre, en la Tierra y en el Universo, para la memoria del hombre, incluso para la memoria de siglos, los cambios deberían ser imperceptibles. Un cambio en la temperatura de nuestro planeta, una glaciación, un cambio en las corrientes marinas o cambios bruscos de temperatura en grandes zonas de la Tierra se podrían percibir si viviésemos miles de años o hubiese anales milenarios que lo hubiesen anotado. Hoy lo sabemos por los restos que han dejado los cambios climáticos a lo largo de los distintos periodos.

 

Lo que está ocurriendo ahora es distinto, ha sido el hombre el que ha motivado esos cambios con su comportamiento, hemos emitido tal cantidad de gases nocivos (CO2) a la atmosfera que ha propiciado la rotura del equilibrio energético y provoca que la Tierra actúe como un microondas, no devolviendo al espacio la radiación infrarroja que debe desechar. Y eso tiene sus consecuencias: pues a corto plazo provoca que se recalienten, aún más, zonas que ya estaban en zonas templadas del planeta, que se calienten en exceso las aguas marinas, se evaporen en demasía y se produzcan tormentas con lluvias torrenciales; también que hiele en mayor medida, que cambien los vientos que siempre habían soplado en la misma dirección…y esto, que ya tiene poco remedio, irá a más, pues el avance tecnológico será difícil frenarlo, sobre todo si la población mundial sigue creciendo y, con todo el derecho, queriendo acceder a las comodidades que disfruta el primer mundo.


Así que, lo que queda es aguantar, queda resignarse e intentar ir poniendo remedios o parches al tipo de vida que hemos desarrollado desde la revolución industrial, es decir desde hace menos de tres siglos.

 

et calor

 

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