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Cuando escuchamos un cante por cantiñas o por alegrías, nos acordamos de las jotas, y otros cantes que componen el compás del jaleo (soleá) que se fueron ‘aflamencando’. Ahora, estamos descubriendo que, tal vez, en los tiempos del francés (finales del XVIII principios del XIX), quizás fueran antes los cantes por cantiñas que las propias jotas. Ya se usaba y se sigue usando el término cantiñear para expresar que alguien, mientras faena o se embelesa, improvisa o está cantando en voz baja, para sus adentros. Para otros muchos, la palabra “cantiñear” en Andalucía también se ha utilizado para lanzar al aire cuatro versos acompasados, como un juego; que, lo mismo rompen en soleares o en las propias cantiñas pues, aunque sean hermanas, tienen distinta modalidad, aire distinto, diferente sentimiento a la hora de expresarlo. Entenderemos que la cantiña es un cante más desenfadado, y la soleá más jondo e intimista.

 


 

 

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Su origen lo tenemos en los Puertos: En Cádiz, Puerto de Santa María, Puerto Real, Rota, San Fernando y sobre todo en Sanlúcar de Barrameda; también, como no, por las tierras de Jerez, Lebrija… hasta Triana, aunque, no olvidemos que Córdoba es igualmente cuna de Cantiñas, o al menos, tuvieron que ser itinerantes gitanos-gaditanos quienes llevaran los aires festeros-alegres a la ciudad de la Mezquita y algunos intérpretes fueron capaces de imponerle esa idiosincrasia que las distingue.


Las Cantiñas han dado la denominación como nombre genérico a muchos cantes de la Bahía, a palos como las alegrías, las romeras, los caracoles, el mirabrás o las rosas estos últimos atribuibles a la impronta sanluqueña. Otras reciben el nombre de su creador como las del “Pinini”, las “Mirris”, el “Viejo de la Isla”, María “Borrico”, Romero el “Tito”…, incluso pueden ser denominadas por la referencia de sus letras (la de Torrijos, la del Contrabandista…) o por el lugar de origen como pueda ser cantiñas de Utrera, Lebrija...


Muchos autores han denominado a todos estos cantes como cantes de Cádiz, cantes festeros, cantes alegres para animar la fiesta. Sin embargo otros como Molina y Mairena, se empecinan en dividir las cantiñas en dos grupos; uno sería el cante que tendría sus raíces en el folclore, de donde habrían surgido las alegrías (tanto de Cádiz como de Córdoba), las romeras, el mirabrás, los caracoles… y otro esas cantiñas flamencas, con más pureza, más gitanas que ellos creen se entrelazan más con la bulería y la soleá.

 

Es muy común confundir las alegrías con las cantiñas; incluso a mediados del XIX muchos autores y cantaores las llamaban “cantes alegres”, por lo general como cantes de atrás, para bailar, en los que incluían combinadas las cantiñas y las alegrías. Sin embargo, se han comentado siempre que, las alegrías y su baile, empezaron a expandirse cuando Silverio vuelve de América (1864), durante toda la etapa de los Cafés-cantantes, cuando este cante empieza a ser un repertorio obligado para los artistas. Pero, no sería hasta finales del XIX (1880) cuando aparece por primera vez el término “Alegrías” para denominar un cante. Lo cierto es que nacieron en los Puertos y sería sobre todo Sanlúcar de Barrameda, por ser la que se unía vertebralmente a Sevilla por el Guadalquivir, la que fue exportando los cantes a Triana y a las zonas cantaoras de Andalucía.

 

En cuanto a musicalidad, las cantiñas, provienen de jácaras, zarabandas, jaleos…, que la guitarra distanció del folclore e hizo suya la tonalidad flamenca, ideal para la expresión cantaora del pueblo gitano que, por entonces (XVII), “visitaba” penales, galeras, la prisión de la Carraca…, inundando de música mestiza desde los Puertos hasta Jerez y Sevilla.


Las cantiñas, como ocurre con otros estilos festivos, como los tangos y las bulerías, admiten un buen número de formas estróficas; el predominio, en las cantiñas, es la cuarteta octosílaba, también llamada copla o tirana. Aunque hay momentos en los que pueden aparecer todo tipo de estructuras de versos y sílabas. Incluso, muchas veces, dependiendo del intérprete.


Aunque sean cantes oriundos de los Puertos, sería la sevillana Pastora Pavón, “La niña de los Peines” quien propagara muchos de los cantes gaditanos, así como el jerezano. D. Antonio Chacón, sería el que determinaría y configuraría la forma definitiva que aún conservan algunas cantiñas como los caracoles y el mirabrás.

 

Ya hemos dicho que muchas cantiñas se distinguen por la personalidad y la impronta de sus intérpretes; un ejemplo es la conocida Cantiña de “Las Mirris”, que magistralmente hacía María “La Mica”, una cantaora sanluqueña, que la reprodujo para que bailasen sus primas a las que llamaban las hermanas Mirris y que seguramente tiene su origen en las propias Mirris, ya que una de ellas, que tenía su marido preso en el Puerto de Santa María – cuando construían una carretera entre Sanlúcar y el Puerto –, al que llevaba todos los días la comida junto a su hermana e iban y venían cantando este tipo de cantiñas. Chano Lobato le infundió una tonalidad distinta, muy festera, que las han hecho ser muy conocidas por el público.

 

 

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Tal vez las cantiñas más famosas sean las del “Pinini”, un cantaor seguramente sanluqueño que le imprimiría un sello más cercano a la bulería y a la soleá; motivado por irse a vivir y beberse el ritmo de Utrera, donde se asentaría su familia y donde recreó una cantiña que, muchos de los cantaores posteriores a él, han gustado de llevar en su repertorio. Fernanda y Bernarda, las dos grandes cantaoras de Utrera, nietas del “Pinini”, supieron interpretar con mucho acierto la cantiña del abuelo. Antonio el “Chaqueta”, con su excepcional timbre de voz, con sus cantes añejos y su saber estar, las interpretó con mucho éxito, pero imprimiéndole una variante melódica que le hicieron llevarla con éxito por todos los escenarios.

 

Han sido muchos los cantaores y cantaoras que nos han dejado un estilo propio de cantiñas; hablamos de Rosario “La del Colorao”, “Carapiera”, Manuel “Agujetas”, la “Juanaca”, incluso el “Mellizo”, Paco el Gandul o “Macaca”. También, en su etapa de máximo esplendor, las cantiñas fueron los cantes que aportaron mayor lucimiento a muchas de las grandes bailaoras de la Edad de Oro del Flamenco como la Macarrona o la Mejorana.


Finalicemos diciendo que, a veces, llamamos alegrías de Córdoba, a lo que en realidad son las cantiñas que creara el “Onofre”, un gran cantaor cordobés, porque no se corresponden con los esquemas de la jota y por tanto no se les puede llamar alegrías. Se apunta la posibilidad de que tal vez nacieran al amparo de las letras y los ritmos que cantaban las panaderas de Córdoba, un tipo de seguidillas que se cultivaban en la ciudad califal ¿quién sabe?

 

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