Firmas

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Aquella semana de primavera tocaba poner rumbo a la isla italiana de Sicilia. Nuestra amiga y compañera palermitana, Ángela, nos esperaría en el aeropuerto de Palermo, la capital de esa región autónoma que conforma la isla siciliana. El Proyecto, que habíamos confeccionado los españoles y unificado con Italia y Francia, decidió poner la sede, para aquel trimestre, en la isla donde rugía el Etna, uno de los volcanes más activos del mundo. Al salir del aeropuerto Falcone-Borsellino (así se llama el aeropuerto de Palermo en honor a los dos jueces asesinados por la mafia), Ángela nos dio la bienvenida; le acompañaban Francesca y Paolo, otros dos profesores componentes del Grupo de Trabajo y que compartían el Proyecto Europeo con nosotros. Palermo es una gran ciudad, en la que confluyen diversas culturas desde la bizantina, la normanda, la árabe y por supuesto la romana y la española, no en vano los españoles fuimos dueños de Sicilia desde 1516 hasta 1714.

 


 

El Patrimonio monumental del barrio español es impresionante, pero la dejadez de iglesias, palacios, edificios barrocos…, nos pareció a la vez fascinante y lamentable. Su estado de ruinoso, la superpoblación de emigrantes, la ocupación de balcones con colchones, trastos viejos, enseres desechados, calles inundadas de basura y porquería, fachadas derruidas, puertas desvencijadas…, ofrecían un aspecto desolador. ¡Lástima que aquel esplendor del Palermo español, que aquel glorioso pasado, estuviese tan deteriorado!

 

Nuestro calendario de trabajo, durante las mañanas, no nos impidió ocupar las horas vespertinas para conocer la ciudad. Además nuestros anfitriones, sobre todo Paolo había hecho un itinerario para que conociéramos lo mejor de su tierra; así en cuatro cinco tardes pudimos visitar gran parte de los monumentos, que son muchos, que identifican la ciudad de Palermo: el Palacio de los Normandos, el Teatro Massimo, la Catedral, y una gran cantidad de monumentos, estatuas e iglesias que la etapa española había diseminado por todos los rincones. Lo que no pudo evitar es que viésemos las debilidades de los sicilianos: el caos de la conducción, la suciedad de las calles, la poca preocupación de mantener la grandiosidad de su Patrimonio. Otra cosa que nos llamaría mucho la atención era la poca higiene y la ausencia de limpieza en cuestiones culinarias; había puestos callejeros – como un mercadillo –, con trozos de lengua de ternera cocida, pescado seco, fruta… al sol, sin envolver, que la gente comía sin conocer su procedencia ni trazabilidad alguna y sin haber pasado cribas de sanidad. No nos extrañó que la mayor parte de nuestra estancia sufriéramos una gastroenteritis puntual la mayoría de los foráneos.

 

Otra de las tardes, decidimos ir a visitar la ciudad de Cefalú que está a una hora en bus desde Palermo; por cierto que el estado de los autobuses tenían un aspecto cutre y una suciedad imposible de describir, con tapicería rota, pintadas, basura en los pasillos… Cefalú recuerda su pasado como colonia griega, romana, cartaginesa y española, una bonita localidad marinera con monumentos referentes de cada época pasada como la catedral de origen normando-románico. De allí nos dirigimos a Taormina, un pueblo en la provincia de Mesina. En este municipio aprovechamos para ver los enormes acantilados, el Teatro grecorromano y sobre todo la calidez de sus habitantes, que nos encantó. Luego continuamos hasta Randazzo, uno de los pueblos más cercanos al Etna, el enorme volcán siciliano, donde pudimos ver de cerca la impresionante columna de lava y humos que emite, un volcán que sigue activo después de muchos miles de años.

 

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Al día siguiente, tras la reunión de la mañana, Paolo nos acompañaría al sur de la isla siciliana, a la ciudad de Agrigento, enclavada en una hermosa región del mismo nombre, que conserva muchos recuerdos de su antiguo esplendor griego, donde poder admirar monumentos tan bellos como el templo dórico de la Concordia sin tener que pisar la nación helénica.

 

La última tarde decidimos no salir de Palermo, nos reuniríamos con Francesca para hacer una especie de puesta en común y de paso, a petición de su padre, nos invitó a cenar. Una enorme puerta automática nos daba entrada a una enorme mansión con cuidados jardines, rodeada por un elevado muro. Dentro nos esperaba el padre de Francesca, un hombre de unos setenta años, un auténtico capo siciliano. El salón y todas las dependencias de la casa ocultaban una enorme cantidad de objetos de valor incalculable. La sobremesa, de una exquisitez abrumadora, culminaría con unas copas de un suave lambrusco muy dulce. Estábamos sorprendidos y extrañados por el lujo de todo lo que nos rodeaba; pero, lo que colmó nuestras sospechas fue una simulada y sinuosa escalera de piedra que partía desde un sótano hasta un embarcadero camuflado entre las rocas nos llevaba directamente al mar donde había fondeado un yate. La cena fue muy agradable, pero estuvimos toda la noche con la mosca tras la oreja, hacía poco tiempo que la mafia siciliana había asesinado a un profesor universitario.


Al día siguiente, nos despedimos de nuestros amigos y compañeros sicilianos y nos acercó al aeropuerto Paolo. Durante el camino, comentando la velada anterior, Paolo referiría que la enorme mansión de la “familia” de Francesca estaba situada en lo que los palermianos llamaban la Colina de la Mafia. Nuestras sospechas tomaron sentido; pero aquello de la “cosa nostra siciliana” no oscureció para nada la acogida y la amabilidad de la familia de nuestra compañera Francesca, ni la excelente velada que pasamos. Aún hoy, cada vez que hacemos pasta, se me vienen a la memoria aquellos tortellinis al horno con salsa pomodoro (tomate) y mozzarella (leche de búfala) que cenamos en casa de Francesca.

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