Firmas

et pirineos

 

Aquel evento nos llegó de sorpresa, ya no esperábamos que nuestra entrañable amiga francesa nos invitara a la boda de su hija. Cierto es que nos veíamos al menos una vez cada año, sobre todo en tiempos de Semana Santa. Conocíamos que la novia y su pareja tenían una hija pequeña por tanto, pensamos que ya no habría ceremonia ni celebración. Estábamos totalmente equivocados; la familia nos invitó a la boda de su hija mayor que se celebraría en el corazón del Pirineo francés. No teníamos ni idea de qué tipo de regalos suelen hacerse en las ceremonias matrimoniales los franceses, pensamos que sería igual que aquí, que un regalo monetario nunca le viene mal a nadie, pero además quisimos llevarles un buen jamón de la sierra de Huelva, pues nuestros amigos galos, al igual que la mayor parte del mundo, eran muy amantes del mejor miembro curado del cerdo alimentado de bellotas.

 


 

eduardo ternero ok

 

El día señalado nos pusimos en marcha, eran 1.300 kilómetros hasta llegar a nuestro destino y hubo que salir de madrugada para aprovechar los días y no podíamos perder mucho tiempo, más cuando tendríamos que hacerlo en coche.

 

Una vez cruzado el puerto fronterizo de la Junquera fueron varias horas por frondosos bosques por estrechas carreteras y carriles perdidos en los montes Pirineos. Hasta que por fin pudimos encontrar el lugar donde se celebraría el evento matrimonial: en la casa de la abuela materna de la novia.

 

Después de los saludos, abrazos, presentaciones…, por la alegría de volvernos a encontrar, nos enseñaron aquel lugar idílico, en medio de aquel paraíso. Era una pequeña aldea de montaña, en medio de un inmenso bosque, por la que transitaba un pequeño riachuelo de bajaba con abundante agua del deshielo, casas enormes, de madera; huertos familiares, animales para el sustento y todos los vecinos estaban invitados como si fuesen una gran familia. A nosotros nos alojaron en otra pequeña aldea, a unos 10 kilómetros, en la casa de un cura párroco, tío de la familia, que había fallecido hacía muchos años. La casa parecía abandonada hacia siglos. Al abrir la puerta, con su correspondiente chirrido, una bandada de murciélagos se abalanzó hacia nosotros buscando salir hacia el exterior. La casa estaba intacta, aún con el mobiliario, enseres y vestuario del religioso. Parecía que nos habíamos trasladado en un túnel del tiempo al XIX. El crujir del entarimado, aquellas sinuosas escaleras, las siniestras fotos, el olor…, todo indicaba que desde el óbito del sacerdote, nadie había entrado y nos pareció hospedarnos en una mansión de la vampírica Transilvania.

 

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Volvimos a la mañana siguiente al lugar donde se celebraría la boda. Se preveía que fuese casi una semana de festejos. La abuela, con casi 90 años, cultivaba el huerto, como era su costumbre. La juventud asistente, casi cuarenta, dormía en la parte alta de la casa, una especie de nave corrida con ingente cantidad de colchones, mientras los hombres mayores jugaban a la petanca y las mujeres charlaban y llevaban a cabo los preparativos de la ceremonia. Bajamos el jamón y el correspondiente cuchillo que traía de regalo y lo dejamos aparcado. Dimos una vuelta para conocer aquel lugar tan placentero, rodeado de abetos, pinos, pequeños arroyos… Un cielo limpio y un trinar de pájaros nos llevarían a una paz inmensa.

 

Para el almuerzo de aquel día, nos hicieron el compromiso de hacerles una gran paella para más de 100 personas que nos juntamos. A pesar de la falta de marisco, logramos hacer un arroz con carne de ternera y verduras que satisfizo al personal francés. La abuela trajo dos espuertas de patatas y un canasto de huevos de su cosecha y con ayuda francesa pudimos hacer tortilla española para todos.


Nuestra amiga y anfitriona tuvo a bien enseñarnos la hermosa casa que había construido su padre, ya fallecido, que había sido carpintero y se notaba. En cada rincón de la casa, escaleras, puertas, techos…, había un sello personal al ver aquellas maderas de los árboles pirenaicos, labradas, torneadas…, se notaba el trabajo realizado y el conocimiento de su antecesor. Mientras hacíamos la visita, en un momento de sagacidad, le echamos un ojo al jamón y allí, un grupo de jueces y abogados amigos de la familia, estaban a cuchilladas con él, como quien parte dulce de membrillo, sin haberle quitado corteza, tocino amarillo… ¡Dios! Aquello era una especie de violación jamonera y tuvimos que quitarles el cuchillo a aquellos gabachos y hacer lo que hay que hacer.


Durante la tardenoche, los neófitos del jamón, amantes del levantamiento de vidrio, la emprendieron con el fuego, haciendo una gran hoguera, enorme, como para asar un buey, y no iban mal encaminados; cuando quedaron las ascuas, trajeron medio becerro embutido entre dos enormes rejillas y durante horas estuvo chamuscándose la rojiza carne de bovino en aquella desproporcionada parrilla. La noche se alargó entre tintos franceses, una pantagruélica comida de carne vacuna y tablas de quesos pirenaicos deliciosos. La velada concluyo con abundante aguardiente Ricard Pastis, pastas de la abuela y canciones francesas que cantaron a coro los invitados.

 

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La mañana siguiente la dedicamos en subir a la montaña, para ver los neveros, unos caballos semisalvajes que moraban por los pequeños prados, entre bosques; a observar las cumbres aún nevadas, los picos pétreos que nos rodeaban… y sobre todo para quemar las calorías de la opulenta cena pasada y aliviarnos del anisete. Ese día se celebró la ceremonia y la verdad es que fue muy emotiva a la vez que sencilla. Tras degustar pato en salsa y “fua” volvimos a nuestra siniestra morada que, por cierto, lindaba con la iglesia y el cementerio para parecer aún más la vivienda del terror.


Tras cinco jornadas de convivir con nuestros amigos franceses, de disfrutar de la naturaleza en lo profundo del Pirineo Central francés, de conocer y hacer nuevos amigos y seguramente de haber puesto algunos kilos de más, emprendimos el regreso hacía Andalucía.

 

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