Firmas

et sal

 

En el Génesis del Antiguo testamento se nombra a las ciudades de Sodoma y Gomorra como dos antros multitudinarios, en los que las ganancias estaban por encima de la solidaridad y la compasión; sus moradores eran pecadores, depravados y donde las perversiones, las diversiones eróticas y sobre todo la homosexualidad indujeron a Dios a castigarles con una lluvia de fuego que destruiría ambos núcleos de población, donde perecerían todos sus corruptos y viciosos habitantes. Solo Lot, sobrino de Abraham y su familia pudieron salvarse. Alude el libro divino: “…por su recato y por ser los únicos justos y no pecadores que habitaban el lugar”. La Biblia también dice que cuando unos ángeles, enviados por Dios, fueron a comunicarles que tenían que abandonar la ciudad, los sodomitas le exigieron a Lot que les entregase a aquellos “angélicos” visitantes para someterlos sexualmente; a lo que Lot se negó y les conminó a que se llevasen mejor a sus hijas, que eran vírgenes… En fin, el relato tiene poco desperdicio.

 



Entendemos que la Biblia, igual que tantos otros libros, muchas de las veces, utiliza parábolas, fábulas y metáforas para dar pie a alguna sentencia o ejemplaridad. En este caso, se apoya en que, las ciudades de Sodoma y Gomorra, serían comparables a lo que hoy pudiera ser el desmadre que se produce cada año en Megaluf, la ludopatía generalizada de las Vegas o la reivindicación de la cabalgata del Orgullo en Chueca; todas ellas agrupadas en un hervidero de corrupción ante los ojos de Dios. Suponemos que, por ambas ciudades bíblicas, correría el alcohol como la cerveza la Oktoberfest, “Fiesta de la Cerveza” de Munich, o la sensualidad del Carnaval de Rio de Janeiro y que sus perversiones sexuales y orgías estarían a la altura de las películas de Pajares y Esteso. Sin embargo Lot, que defendería a sus “ángeles” contra la aberrante homosexualidad de sus vecinos, no tendría reparo alguno en ofrecer a cambio sus hijas vírgenes para que fuesen pasto del ansioso deseo carnal de aquellas poblaciones, ávidas de sexo y diversión.

 


Al final, como Lot y su familia eran los únicos “sensatos, pulcros, recatados”…, Dios les perdonó y les dejó salir antes de destruir ambas ciudades con una lluvia de azufre y un violento fuego que las arrasó. También nos dice el Antiguo Testamento que una vez que se iniciase la destrucción de las ciudades, su familia no debería volver el rostro para admirar el castigo divino; ¡caprichos de Dios!, algo que no cumpliría la mujer de Lot (Edith o Ado, según la transcripción judía) que, curiosa ella (como cualquiera), miraría de soslayo, convirtiéndose en estatua de sal. En definitiva, Dios no tuvo consuelo para niños, ancianos, enfermos… que pagaron también el desenfreno de la población. Pues los primeros, creemos, aún no habrían despertado a la sexualidad y menos al erotismo desenfrenado que practicaban los adultos y los muy ancianos y enfermos, nos figuramos, no estarían para correrse muchas juergas, ni para juegos inmorales y perversos.


Todo esto, fuera de contexto, como relato de ficción para dar algún tipo de explicación sobre los efectos producidos por la naturaleza como terremotos, volcanes, la caída de un meteorito…, es perfectamente comprensible a los ojos de los científicos y cualquier persona que intente, medianamente, comprender que los pasajes de la Biblia, el Corán o cualquier otro libro sagrado, conforman una especie vademécum para luchar contra la corrupción, el bandidaje, los excesos, los vicios, caminar contraria a la ley. No tanto así para aquellos que se afanan en dar una explicación religiosa, selectiva, coercitiva, pues caerían en el penoso pecado de la injusticia, de la muerte de inocentes, de la exención del perdón… y sobre todo de la implacabilidad y perversidad de Dios, sobre todo contra la homosexualidad, que como algún partido político y la propia iglesia condena y califica una depravación, una enfermedad o un mal humano.

 

et ucrania

 

En fin, todo esto es para inducirles a pensar que hoy, sin hacer excesos, sin que exista ese tipo de corruptelas, sin que sus habitantes sean perversos ni cometan delito alguno, se están arrasando, como Sodomas y Gomorras, ciudades de Ucrania como Mariúpol, Járkov, Kiev, Irpín, Chernígov y muchísimas más. La nación ucraniana están siendo bombardeada y arrasada por los misiles y las tropas del ejército ruso; todo por el capricho y el ansia de poder de un loco que se cree un nuevo Dios, un tal Putin. Hoy se cumplen 150 infinitos días para quien lo sufre, de la invasión rusa a Ucrania, una conmemoración fuera de lugar, ante una humanidad pasiva. Hoy toda la población Ucraniana, incluidos niños, ancianos, enfermos… siguen sufriendo la atrocidades de la guerra, el bombardeo, la destrucción de sus hogares, el destierro y refugio obligatorio en países alejados de sus casas y la continua escasez de techo, comida y agua.


Hoy, como la mujer de Lot, muchos volvemos la vista, miramos a través de las pantallas, de los periódicos. La destrucción que se está ejecutando en Ucrania y no, nos vamos en convertir en estatuas de sal, pero si nos estamos acomodando a esa normalidad bélica, a esa matanza de inocentes y, como indiferentes y parsimoniosos. Asistimos a un sacrificio de gente honrada sin que los demás movamos un dedo por ellos.

 

No sé si nos trocaremos en estatuas de sal como la mujer de Lot, pero si es cierto que con el paso de los días, ya ni hablamos de ello, ni nos preocupamos; nos estamos convirtiendo en observadores pasivos, indiferentes.

 

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