Firmas

chorrojumo ok

 

Muchos piensan que Granada es solo sinónimo de la “mala follá”, de cervezas acompañadas de grandes pinchos, estudiantes al por mayor, la Alhambra y poco más. Sin embargo, descubrir la ciudad, su encanto, pasear por la ribera del Darro, el Paseo de los Tristes, visitar sus pueblos de la Alpujarra, acercarse al Generalife, divisar las cumbres nevadas de su sierra, perderse por los rincones del Albaicín…, es rememorar su esplendor nazarí, entender el llanto de los moriscos y sefardíes que tuvieron que abandonar sus casas… En definitiva, visitar Granada, es una gozada.

 


 

eduardo ternero ok

 

Pero debo reconocer que ha cambiado bastante. Hacía tiempo que no visitaba el Sacromonte, un barrio que está presidido por la estatua de Mariano Fernández Santiago, conocido por Chorrojumo, por el color tan moreno de su piel y la tizne del carbón de la fragua.

 

Chorrojumo, nacido en Granada en 1824, fue un gitano granadino que retratara su tocayo y gran pintor Mariano Fortuny con sus enormes patillas, polainas, camisa de chorreras y sombrero de catite...

 

Ahí nació el mito de Chorrojumo, uno de los personajes más pintorescos de cuantos han nacido en la ciudad de la Alhambra. Fue patriarca en su Granada del XIX y se autodenominó “Rey de los gitanos”. A raíz de aquel retrato, cambió el calor del carbón y el hierro de la fragua para vivir del turismo; de los visitantes románticos (los guiris del XIX) que pagaban por hacerse fotos con él a la par que les contaba, a su manera, las historias que escribiera Washington Irving.

 

Hace muchos años, cuando aun éramos unos imberbes a los que nos empezaba a ilusionar el flamenco, tuvimos a bien varios amigos desplazarnos a Granada para conocer como se vivía nuestro arte en las cuevas del Sacromonte. Entonces, hablar con aquellos gitanos del oriente andaluz, era meterse en su piel, sentir lo que sentían, oír de sus bocas los sufrimientos pasados, la ubicación de sus casas-cuevas, las candelas nocturnas, aquel derroche de energía en los cantes por zambras, las bulerías o los restos de cantes atávicos: cachuchas, moscas y zorongos que desplegaron aquellas gitanas ávidas de unas monedas para poner el puchero al otro día nos sobresaltaron.


Aquellas noches de embrujo granadino, nos transportó al siglo anterior, nos metimos en la piel de los Gerald Brenan, Théophile Gautier, Charles Davillier…, aventureros foráneos que pusieron negro sobre blanco aquel exotismo que aún persistía en la Granada del XIX. Recorrimos por carreteras angostas sus perlas blancas que cuelgan sobre las laderas de la sierra, esos pueblos dibujados de cal que iluminan la Alpujarra. Nos enamoraron aquellos neveros que bajan de Sierra Nevada entonando una risa juvenil, irrigando con sus acequias las huertas hasta llegar al llano, sus aires moriscos que entonan pasados gloriosos y penas de ausencia; admiramos su taracea, sus baños árabes…

 

Todo aquello nos trasladó a la Damasco imperial, al mundo de “Las mil y una noches” sin salir de nuestra tierra. Aquella “aventura” nos hizo sentirnos poetas por momentos, meternos en la piel de los perseguidos, de los que no poseen más que su voz y sus recuerdos.


En aquellas cuevas del Sacromonte, excavadas en la loma que se desploma hacia el Darro, el tintineo de los candiles se reflejaba sobre las vasijas de cobre que adornaban sus paredes y las primeras guitarras enfilaron un acorde por granaínas. La oscuridad y los efluvios de los néctares hacían efecto en nuestro cuerpo, cuando la Luna – faro y guía –, se posó sobre la rojiza Alhambra y nos condujo a la etapa andalusí. Como una visión fantasmagórica se nos apareció la figura de Boabdil abrazado a Lorca por el Paseo de los Tristes.


Nos despertaron las campanas de la Catedral cuando aun soñábamos con oír los cantos matutinos del almuecín incitando a los fieles a la oración, mientras las mujeres escondían su recato tras las celosías del Albaicín. Bajamos a la realidad por estrechas callejuelas que nos llevaron a la ribera del Genil y el ruido del tráfico nos devolvía al siglo XX.


Hoy, el Sacromonte, es una parte turística más de esa Granada de bullicio, de estudiantes que comparten pizzas y móviles mientras deambulan por las calles en monopatines cargados de mochilas.

 

Ya no ríen las cristalinas aguas de las acequias que bajan hacia el Darro. La estatua de Chorrojumo es una alegoría al pasado manchada por grafitis y excrementos de palomas, que pasa desapercibida a los ‘guiris’ que desayunan junto a su peana.

 

Las cuevas han dejado de ser lo que eran. Hoy son espectáculos para turistas ávidos de querer encontrar aún el exotismo y la filigrana de una Andalucía que creen hundida en el pasado.

 

Ahora, flamencas de medio pelo, conducen sus “scooter” por las callejuelas y, por momentos, cambian sus vaqueros por trajes faralaes.

 

Todo es superficial, preparado para que los foráneos pasen la “mastercard” al compás de unas bulerías desganadas, derramado todo con unos güisquis y donde los que amamos el flamenco estamos de más.


Ahora, Chorrojumo no es un icono atávico, es más bien una cortina de humo para parecer que el Sacromonte sigue siendo lo que era.

 

No reivindicamos la pobreza sino la pureza…

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