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juan breva

 

“De los montes de Vélez traigo mis dulces brevas…”, solía cantar Juan, el abuelo de Antonio Ortega Escalona; por eso le pusieron al nieto, de nombre artístico, “Juan Breva”. Nació en Vélez Málaga en 1843 o 1844, y desde muy pequeño, fue vendiendo junto con la familia, frutas y verduras, pregonando, con un arte sin igual, por las calles de Málaga. Se aficionó al cante por un vecino llamado Palma que vivía en un campo contiguo a la huerta familiar y que le enseñó a cantar por fandangos, malagueñas y verdiales; a la par que un amigo de su padre le fue iniciando en el sentir de la guitarra. Se libraría del servicio militar, lo que se llamaba entonces “por sorteo”, ahorrándose tener que ir a la Guerra de Marruecos donde morirían tantos soldados españoles.

 



La primera vez que cantó en público fue en una tabernita que había en la calle Alarcón Lujan de Málaga, donde solía parar a vender la fruta fresca de la Axarquía. Allí los que le escuchaban pregonar le hicieron el compromiso de que cantara y dejó boquiabiertos a todos los asistentes, pues su voz y su estilo de cante era algo tan prodigioso que nadie había escuchado. Desde aquel día, Antoñito Ortega, el frutero, paso a ser el gran artista Juan Breva”, conocido en todo el mundo del flamenco.

 


Antonio había ido incorporando aires populares, arrancado de los verdiales de Vélez que escuchaba de su madre que cantaba muy bien, aunque no fuese profesional. Él le añadiría ese toque romántico y pausado, creando la bandolá de Vélez, que en conjunto fueron llamados los cantes de “Juan Breva”, ya que fue, en estos cantes, un verdadero creador y maestro, aunque también grabara, ya a principios del XX, cantes por soleá, guajiras, peteneras… lo que gustaba en aquellos tiempos.

Desde muy joven y gracias a un oficial del ejército que lo recomendó, actuó en el Café del Sevillano, en la calle Siete Revueltas de Málaga, cerca de la que más tarde será la calle “Larios”, la más famosa de Málaga. Por entonces se solía acompañar él mismo de la sonanta, llegando a tener un gran éxito y ampliando su repertorio por otros cafés de Málaga como “El España”, “Chinitas”…, siendo llamado a cantar en otras provincias andaluzas, extremeñas y gran parte del Levante español.


En su pueblo, Vélez, conocería y se casaría con Antonia Gálvez, con quien tendría dos hijos. En 1881 sabemos que estaba en Sevilla, que encabezaba carteles de artistas y formó parte de varias “compañías”, que tanto se prodigaron desde finales del XIX y la primera mitad XX. Aunque se dio a conocer tardíamente, muy pronto sería aclamado en toda España.


En 1884, Juan Breva se desplazó a Madrid y permaneció allí un año actuando en el café “La Bolsa”. Más tarde en tres espectáculos distintos a la vez: en dos cafés (“Imperial” y “Barquillo”) y en el teatro “Príncipe Alfonso”. Dicen sus biógrafos que en sus contratos añadía que había que pagarle en oro. A tanto llegó su fama que fue llamado por los reyes Alfonso XII y María Cristina para cantar en el Palacio Real de Madrid y tanto gustaría a los monarcas que accedieron a su petición de liberar a un amigo que estaba condenado a prisión.


Continuaría sus giras por toda España, conocería a Rubén Darío y, tras años de éxito, volvería a su Málaga donde se asienta definitivamente, acudiendo frecuentemente a Vélez para visitar a su hermana que regentaba un bar y donde solía cantar en reuniones íntimas. Dicen que, en una visita que hizo Alfonso XIII a Málaga, Juan cantaría en su presencia y le pidió al rey que se le reconociera la pensión vitalicia que le había concedido su padre Alfonso XII, aceptándolo el joven rey. Entre 1886 y 1903 estuvo en todos los escenarios de España acompañado, en ocasiones, por Ramón Montoya, con quien entablaría una gran amistad; e incluso es posible que actuara, según apuntan biógrafos suyos, en la capital parisina.


Para que veamos lo poco que se pagaba en el flamenco entonces, que Juan Breva, un excelente cantaor, tuvo que irse a vivir una temporada a Almería, donde puso una freiduría durante algún tiempo. Es cierto que tuvo muchos gastos debido a una larga y costosa enfermedad de uno de sus hijos que le hizo quedarse en la miseria. Tras la muerte de ese hijo (1906) cayó en una depresión y quiso olvidarse de actuaciones pero no tuvo más remedio que seguir durante otros tres años trabajando por tablaos de Barcelona. Volvió de nuevo a Málaga en el 1909, pero ya acudía a pocos contratos. Un día yendo en mula, para actuar en Cártama, se caería del animal y se dio un golpe en la cabeza, lo que aceleró la ceguera que venía padeciendo.


Juan Breva, dicen, conmovía a Silverio cuando cantaba por seguiriyas durante el tiempo que lo contrataba en su café de Sevilla y donde siempre ocuparía un lugar de privilegio entre los artistas que frecuentaban el local. Juan Breva, además de creador de tres estilos de Malagueñas y Verdiales de su tierra, era compositor de sus propias letras e innovador de varios estilos que después copiarían o servirían para apoyarse otros como Chacón, “El Canario”, “El Mellizo”, “La Trini” o “El Perote” entre muchos.


“Juan Breva” fue quizás el artista flamenco que más en boga estuvo en la prensa de su época, sobre todo en los periódicos madrileños donde era asiduo ver reseñas de sus actuaciones. Todo ello demuestra que fue una de las figuras más importantes del flamenco de finales del XIX y comienzos del XX. Llegó a dominar todos los palos, muchos los dejaría grabados en discos de pizarra acompañado por Fernando “El Herrero”. Dicen que, cuando Chacón hizo grande el cante, cuando dignificó el caché de los artistas y subió a escenarios de los teatros, ya Juan “Breva” había abierto camino, había llevado el flamenco a cotas altas por toda España, con su voz de ruiseñor y la magistral forma de interpretar los cantes.


A la muerte de su esposa se refugió en su casa malagueña y, partir de entonces, a aquel enorme cantaor se le veía deambular por los barrios de la capital, con las ilusiones rotas, de vestimenta humilde y en estado ausente.


Estudiando la prensa de comienzos del XX al cantaor le dieron por muerto a causa de una epidemia que hubo en Málaga. En otra ocasión, en la prensa madrileña también se vuelve a citar su defunción e incluso durante una gira que hizo por Cádiz lo dieron por fallecido. Ninguna de estas tres muertes fueron certeras pues le llegaría en su casa de Málaga, en junio de 1918; era tan paupérrima su situación, era tal su miseria, que su otro hijo tuvo que vender un alfiler de oro, que le había regalado el rey Alfonso XII, para poder enterrarle.

 

 

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