Firmas

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La izquierda clásica centró sus esfuerzos en abordar las desigualdades económicas de la sociedad, nunca sin abandonar las causas sociales, pero con el foco puesto en las relaciones capital-trabajo. Mi generación es hija de un periodo de cierto confort social, el llamado estado del bienestar. Bajo el mandato social demócrata, el pueblo español transitó un periodo de estabilidad, provocando que la ciudadanía cayese en un letargo en el cual las cuestiones que abordó la antes citada izquierda clásica quedaran aparentemente obsoletas, incluso llegando a sonar reaccionarios sus conceptos. (Imagen: El País).

 


 

arimatea escultura

 

Pero de de aquellos barros estos lodos, tras la monstruosa crisis que nos azotó en 2008, se adoptaron una serie de medidas de corte neo-liberal que sumió a la clase obrera en un abismo en el cual hoy seguimos sumidos. Deleznables reformas laborales junto a una brutal inflación provocaron que aquel espejismo llamado clase media chocara con la cruda realidad.


Estos conceptos que poco antes parecían reaccionarios retornaron con total vigencia, pero la izquierda no los utilizó como frente de batalla, sino que aceptó una silente derrota frente al capital centrándose en causas sociales, todas ellas legítimas, priorizando dichas cuestiones para sus reivindicaciones.


Y he aquí el fenómeno que quiero analizar. Todas estas causas, totalmente compatibles con las reivindicaciones económicas, fueron absorbidas por el capital de manera sutil hasta convertirse en su tema preferido para sus campañas de marketing. En una sublime catarsis narrativa, los adeptos de estas causas se sienten victoriosos al verse reflejados en campañas publicitarias sobre el orgullo LGTBI de McDonald’s, Uber, Apple o al verse reflejados en infames programas de citas que atentan contra el intelecto humano.


El mercado ha sabido mimetizar todas estas reivindicaciones y convertirlas en productos, haciendo creer a la ciudadanía que una serie de Netflix donde aparecen dos transexuales es la muestra de una victoria en su lucha en pos del cambio social, cuando simplemente han convertido su reivindicación en una banal mercancía.


Para el culmen de esta distopia, tengo una fantasía perversa...y es vernos a todos haciendo cola en Cáritas para pedir alimentos, pero con filas divididas por identidad de género. En ese momento habremos conseguido la igualdad total, seremos todos iguales de pobres.

 

 

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