Firmas

et dios barro

 

Decían los ingenieros de los toldos, anclajes, armazones y mobiliario que el mecanismo más importante en la feria de Sevilla no era un sistema de robótica, ni es un mecanismo electrónico sofisticado para el montaje de casetas, amarres, instalaciones…, sino que, con un cacho de alambre y un hilillo de sisal se arreglaba todo. Hoy seguramente con un paquete de bridas de plástico se apaña un evento que mueve millones de euros y personas.

 


 

En el extranjero tienen de nosotros el concepto de que somos muy chapuceros, porque lo arreglamos todo con un ingenio superlativo. Es decir que Macgyver es un papanatas comparado con un andaluz; que somos capaces de sacarle punta y provecho a cualquier cosa. Claro, si los españoles y sobre todo los andaluces llevamos la mitad de nuestra historia remendando esta España que se rompe en trozos, si hemos tenido más guerras internas que hojas tiene el calendario, si nuestro país ha sido un gran hermano constante manipulado por los cuatro poderes. Y, sin lugar a dudas, no hay mayor ingenio y mayor sabiduría que aquella que obliga el hambre y la necesidad.


Puede ser cierto que los españoles seamos chapuceros, no en vano nos dimos cuenta que con un palo se arreglaban muchas cosas: Inventamos la fregona poniéndole a una aljofifa un palo, inventamos el chupa¬chup poniéndole un palito a un caramelo… El mismísimo Franco también se apuntó a ese “chapú” y todo lo arreglaba con el palo.


Hoy ya no vienen las cosas con palos en todos los sentidos, ahora el plástico ha sustituido a la madera. El plástico y los chinos llegaron a la vez. Dicen que los niños vienen con un pan debajo del brazo y los chinos llegaron a España con una carga de plásticos. Antes los búcaros, los cantaros, las ollas, tinajas, orzas…, casi todo era de barro. Era tal la cantidad de utensilios y vasijas de barro la que usábamos que incluso en Marchena había una calle dedicada a ese gremio, la de los Cantareros y en las afueras del pueblo existían varias zonas denominadas los barreros donde estos artesanos extraían el barro o la arcilla y, mediante arrías de burros, los acercaban al pueblo para confeccionar sus vasijas. Por entonces, en los corrales de esa zona existían hornos alfareros, tejares, que tenían ocupada a gran parte de la población. Hasta los años 70 no era extraño ver en cada casa varios búcaros o botijos, lebrillos, cazuelas, cuencos, cántaros…, a la par que se hacían ladrillos, tejas, tuberías…, el menaje y la construcción dependían en gran medida del barro.


Pero como tantas cosas se han ido perdiendo a lo largo del tiempo. Hoy disponemos de agua embotellada, frigorífico, un plástico para cada cosa, ollas a presión, robot de cocina..., incluso el gazpacho viene en botellas o en cajas herméticas. Los materiales de construcción provienen de grandes industrias…, todo ha cambiado y de aquel pasado de barro y cerámica, de artesanos y gremios, solo quedan objetos decorativos, el nombre de la calle y el recuerdo de quienes lo vivieron.


En eso hemos tenido que sucumbir, el plástico, el acero, el aluminio… son menos frágiles, menos pesados, más duraderos… y aunque sea menos natural, perjudique en demasía el medio ambiente y seguramente a nuestra salud, una vuelta atrás será difícil. Ahora, al cabo de los años, cuando ya la vida se ha acostumbrado a esos derroteros de utilizar cañitas, vasos, platos… infinidad de plástico para todo, cuando somos incapaces de dar un paso atrás, sin romper las cadenas industriales, vienen a decirnos que hay que eliminar el plástico: que una botella de plástico tarda 500 años en degradarse, que los animales sobre todo los marinos están saturados de sustancias plásticas, que hay una isla de plásticos, de dimensiones enorme en el Pacífico…que hay que cambiar. ¿Cambiar…, cambiar a qué? ¿Cómo se pueden dar pasos atrás sin haber afianzado el terreno? ¿Qué alternativa proponen? Pocas respuestas se oyen, a cada pregunta le sucede un lavado de manos. Ahí lo tenéis, dicen ¿ahora quienes pueden resolver el problema?


Y es que ese gesto de lavarse las manos debe ser un modelo sacado no ya de los alfareros que tras cada creación de una pieza deben lavarse las manos para eliminar el barro que se reseca; ni del gobernador de Galilea, Poncio Pilatos, que lo puso en práctica en el juicio ante Jesús de Nazaret y Barrabás. Yendo más allá creemos que eso de lavarse las manos debió partir de antaño, de mucho más antaño, ya nos lo dicen en el Antiguo Testamento, en un pasaje en el que se cita que, en el sexto día de la Creación, Dios creó a Adán de una pella de barro y con un soplo le dio vida. Suponemos que Dios, como buen alfarero, se lavaría las manos tras su realizar su “obra de arte”. Creemos que, por su omnipotencia, se habrá dado cuenta de su error y deberá estar continuamente con la palangana y la toalla porque no ha dado solución a algunos defectos de su creación como los hechos humanos (guerras, deterioro del medio y tantas otras cosas).

 

 

 

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