Firmas

et flamenco romance

 

No cabe duda que en España, al igual que en otros países europeos, el romancero tuvo mucho auge durante toda la Edad Media. Era el canto preferido por los entonces trovadores y cantores que viajaban de pueblo en pueblo para ilustrar los acontecimientos épicos, cortesanos, históricos... Eran unos versos combinados que se recitaban en las plazas de los pueblos: mitad cantados, mitad trovados; relatos sobre batallas, querellas, torneos, amores… Eran los animadores de la época, una forma para ponerle un poco de sabor y música a la gesta de muchos caballeros, contar leyendas, hitos de otros lugares. Imágenes: Juglar, El Lebrijano, El Purili.

 



Tal vez fuesen los monjes quienes lo iniciasen para cristianar, para contar pasajes bíblicos. Lo cierto es que el romance castellano se fue extendiendo por todos los territorios reconquistados a los musulmanes, a través de los juglares que, mediante poesías y canciones, llevaban por toda la geografía de la península lo acontecido.

 


El pueblo lo aprendía e igualmente lo recitaba de forma oral, pocas veces escrita (la mayoría del pueblo era analfabeta) y pasaba de generación en generación. La llegada de los gitanos a las gañanías de los cortijos, a las ventas, a los barrios más pobres, durante el XV, hizo que se juntasen con moriscos, cristianos, judíos… y los fueran ‘aflamencando’. A veces era el propio pueblo el que inventaba o relataba acontecimientos a través de unas letras acompasadas y con hilazón poética y se pasaba de unos a otros.


Pensamos que a Andalucía, con la reconquista cristiana, vinieron los romances y los primeros flamencos debieron ser buenos romancistas, todos apuntan a Cádiz como la más prolífica en adaptarlos. A estos romances aflamencados se les denominaba “corridos”, pues era una retahíla de letras de antiguos romances de gran extensión a los que se les iba poniendo música flamenca. Dicen los musicólogos que fueron dejando huellas significativas en otros cantes como las tonás, alboreás, polos, cañas, seguiriyas, soleares… desde el momento en que muchos hicieran estrofas sueltas, entonaran otros aires, estuviesen influidos por otras melodías (sefardíes, moriscas, árabes, indués… el caso es que pudo ser el principio del flamenco. Es decir, ese romancero, adaptado a la amalgama de musicalidades que acarreaban históricamente los distintos grupos de andaluces (judíos, moriscos, mozárabes, gitanos, la mayoría de los pobres y clases marginadas que pululaban por toda la región), irían conformando desde mediados del XVIII y la primera mitad del XIX lo que hoy conocemos como flamenco. Se puede pensar que los romances fueron compuestos por el romancero popular castellano y recogidos por los gitanos andaluces que los comenzaron a cantar y guardar desde el XVI y de manera más distendida con proclamación de la Pragmática de Carlos III (finales del XVIII), a partir de la cual se pudo airear sin temor a ser perseguidos para ser esclavizados, encarcelados o darles muerte, aunque se les conminase a perder su idiosincrasia.


No cabe duda, cuando hablamos del romancero, que estamos ante uno de los cantes más primitivos, que tuvieron mucha influencia en el nacimiento, en el desarrollo de los demás cantes. Estos romances, como antiguos corridos, se cantaban haciendo palmas, al compás seguramente de lo que conocemos hoy como alboreá, tal vez con ritmos de primigenias bulerías, soleares bailadas e incluso con sones de tango. Después se les fueron añadiendo otros ritmos, dependiendo de la zona, del folclor heredado, de la forma de expresión de los distintos interpretes...


Sería Antonio Mairena, allá por 1958, quien les acoplaría la guitarra y los grabaría, adaptándolos al compás de bulerías por soleá (al golpe). Hoy, el romance flamenco se hace más animado que las bulerías por soleá; ha cogido el ritmo de los jaleos extremeños y muchos cantaores lo llevan por ahí.


Como el antiguo romancero, las letras de los romances no son coplas sueltas sino que son una “corrida” o sucesión de coplas entrelazadas que nos llegan en versos octosílabos, con una rima asonante pero con mucho brío, mucha enjundia, y como hemos dicho con mucha carga histórica de suertes y leyendas de la etapa medieval. No cabe duda que la mayoría se han mantenido a lo largo de los siglos por vía oral, por los cánticos de antiguos moriscos y castellanos venidos a Andalucía.


Grandes cantaores han cantado romances; cabe resaltar la presentación que hicieron Juan Peña “Lebrijano” y su hermano, el guitarrista Pedro Peña, con su madre “La Perrata”, cuando se decidió por fin a cantar, después de la muerte de su marido Bernardo Peña. Lo hizo cantando el “Romance de Gerineldo”.


Muchos intérpretes, a lo largo de la historia han querido sacar del olvido, recuperar los antiguos romances que se cantaban en los patios y grabarlos para la posteridad. Ahí quedan romances como el de “Zaide” que grabaría el Chozas de Jerez hace un siglo, “Celinda”, el romance del “Conde Sol”, “Bernardo del Carpio”, “Los siete infantes de Lara”…, grabados por cantaores como El Cojo Pavón, Agujetas el Viejo. “El Romance de la Manja” (como una antigua petenera), que grabara el Negro del Puerto, “El Romance de Blancaflor” por Alonso el del Cepillo y otros muchos que se han podido conservar desde los siglos XIV y XV hasta hoy.


No cabe duda que el romance era un canto primitivo parecido al “rap” moderno, pero que el tiempo y el influjo gitano-andaluz se encargaron de ir poniéndole otro estilo y otro ritmo. Escucharlos nos retrotraen a la época dorada de los jaleos, a un tardío Medievo, antes de que naciese como tal el flamenco.

 

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