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Gicliola Cincuetti y Los Panchos cantaban en 1968:“Tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor, el que tenga esta tres cosas, que le dé gracias a Dios”. Hoy habría que decir que “Tres cosas hay que hacer hoy para evitar el COVID: Mascarilla, distancia y vacunación y el que siga estas tres normas puede que evite la infección”. 


eduardo ternero ok

 

Hace años, mucho antes de la llegada del maléfico COVID 19, muchos de nosotros éramos escépticos en el uso de la mascarilla. Éramos reacios a colocárnosla para muchas tareas peligrosas; había carpinteros, panaderos, herreros, pintores… que por falta de precaución, desconocimiento o por las molestia que puede causar a priori, no utilizaban mascarilla alguna, a sabiendas que eso, a la larga y debido al ligero material en suspensión de la madera, la harina, el polvo, los gases….podrían provocar afecciones a sus pulmones y a otros órganos como los ojos, oídos…

 

También nos extrañaba, en los tiempos de resfriados y gripes ver a los orientales usar mascarillas o ver a algunas personas alérgicas a los pólenes cubiertos con ellas intentando defenderse contra los motas de virus y polen suspendidas en el aire.


Pero ahora, con la llegada del COVID, hemos podido comprobar en nuestras propias carnes que no estaban tan equivocados ni era un capricho, que los que errábamos éramos nosotros. Muchos, que nos jactábamos de la exageración de aquellos que llevaban mascarillas, nos hemos auto convencidos de la eficacia de su uso. Hemos observado como durante el tiempo de la maldita pandemia, no nos hemos acatarrado, hemos tenido muchos menos síntomas de tos, dolores de cabeza…, molestias propias del invierno, los resfriados, constipados… Muchos, de los que padecen los efectos de la alergias al polen han visto una gran mejoría por el hecho de colocarse la dichosa y polémica mascarilla.


Pero, ¿sirven las mascarillas para evitar contagios? Según la mayoría de los que cuidan de nuestra salud, las revistas médicas y científicas, expertos en seguridad médica, su respuesta es SÍ. Ahora bien, dependerá del tipo de mascarilla que se use, del uso que se le dé, de la exposición a la que se someta cada persona, del riesgo que asuma…


Lo primero que debemos entender es que nuestra respiración es un acto de inspiración y expiración. Cuando inspiramos introducimos en nuestros pulmones aire y todo lo que acarrea ese aire: partículas de polvo, humo de tabaco de un fumador, gases de combustión…, además del aire exhalado por otras personas, que se mantiene en suspensión durante instantes, lo suficiente como para que, si su exhalación contiene virus pueda ser aspirado por los demás. La mascarilla el único fin que debe tener es filtrar, retener esos virus para que no penetren en nuestro aparato respiratorio. Para ello deben ser lo más eficaces posibles.


Aquí en España se empezaron a divulgar tipos de mascarillas.


La mascarilla higiénica, es la que ofrece menos protección, que es una barrera simple para parar el virus; las hay lavables y desechables. Es como llevar una tela adherida que cubre nariz y boca.


La mascarilla quirúrgica, como su nombre indica es la que solían usar los sanitarios al ser de mayor protección para los pacientes. Por tanto, no nos protege del todo a nosotros pero si a los demás de nuestras exhalaciones.


Pero, para mayor seguridad están las mascarillas auto filtrantes que son las que nos protegen a nosotros de los demás y con mayor eficacia. Dentro de este tipo están las FFP del inglés Filtering Face Piece, (pieza para cubrir cara), que podríamos haberlas llamado MPC (mascarilla para la cara), ¡siempre supeditados al inglés! Ahora bien, dentro de las FFP las hay desde las 1 a la 3, dependiendo de su eficacia para filtrar el aire, por supuesto que los precios irán subiendo como su número.


La OMS, al igual que todo el mundo, se vio desbordada por la irrupción del virus: “Nos habíamos creído dueños de la naturaleza y nos hemos dado cuenta de somos vulnerables, que cualquier infección viral puede causar daños letales”.


La obligatoriedad de la mascarilla además de la higiene, y sobre todo el confinamiento, se hicieron indispensables para poder parar la pandemia. Por fin llegaron las vacunas pero, como estamos viendo, no inmunizan aunque palien los efectos y no provoquen tantos ingresos en hospitales y por ende menos mortandad.


Ahora, según los informes emitidos por los sanitarios, hospitales, UCIs y, por desgracia, tanatorios, están mayoritariamente ocupados por negacionistas. Muchos de los vacunados, sobre todo los mayores, seguimos confiando en la mascarilla, procurando evitar aglomeraciones, teniendo recelo y sintiendo el virus detrás de la oreja. Los jóvenes y algunos no tan jóvenes, en su mayoría, sienten que tres años, y los que puedan venir de pandemia, es mucho tiempo de sus vidas sin salir, sin divertirse, sin relacionarse y, olvidando las recomendaciones, asisten a botellones, discotecas, conciertos… Es entendible hasta cierto punto, pero de esa forma será difícil acabar con este virus.


El Gobierno Central está nadando entre dos aguas: sigue recomendando la vacunación, las mascarillas, el distanciamiento, la higiene… pero los Gobiernos autonómicos siguen actuando como Reinos de Taifas, unos dando libertad, otros remendando y otros obligando o prohibiendo. Con el trasiego, el movimiento de la ciudadanía entre regiones, cada una con un criterio distinto, ¿quién puede poner puertas al campo?, ¿quién puede parar la fiesta de millones de jóvenes cuando hay comunidades alentando a salir y divertirse?, ¿quién puede obligar o controlar el uso mascarillas y el distanciamiento en lugares masificados?


De partida, el Gobierno debería sacar una Ley de Pandemia Estatal, elaborada por los técnicos, científicos y expertos en salud y consensuada y obligatoria para todas las Comunidades. Todo lo demás será parchear y conllevará al malestar del país y al desconcierto de la ciudadanía.

 

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