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EDUARDO TERNERO. La obra de José María de Gironella “Los cipreses creen en Dios” nos introduce en los violentos acontecimientos que ocurrieron en España durante el periodo que abarca desde los inicios de la Segunda República hasta el estallido y desarrollo de la Guerra Civil. Gironella analiza la sociedad española a través de sus personajes, sobre todo el comportamiento de una familia, con sus allegados, sus amistades…, como eran las relaciones entre personas de ideologías diferentes y sobre todo como se fue transformando el país, como se fue dividiendo en dos bandos, como se fue convirtiendo la situación en un estado de locura colectiva. Gironella, desde su punto de vista, analiza el odio que en aquellos años se vivía en España, que perdió el rumbo de la moderación y donde la afrenta definitiva sería el levantamiento rebelde del ejército del Estado apoyado por las derechas y por la Iglesia.


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La novela se convertiría con el tiempo en una trilogía: la segunda, “Un millón de muertos”, cuenta el desarrollo de la contienda y la victoria del bando nacionalista y “Ha estallado la Paz”, que analiza la sociedad española entre los años 40 y los 60.


Dice un refrán: “Dos no discuten si uno no quiere”, pero creemos que es más sensato y acertado decir: “Dos riñen cuando uno se empeña”. Eso ha ocurrido en la mayoría de casos de la historia. Muchas son las provocaciones que hacen algunos, empeñados en que la convivencia y la concordia no funcionen. Como diría otro refrán: “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Eso es precisamente lo que interesa a algunos partidos políticos, que buscan la polémica, el insulto, la fricción, porque es la única forma de ganar adeptos, sobre todo de radicales.


No hace mucho se decía que una persona tenía carácter y carisma político cuando demostraba tener un talante conciliador, un ánimo estable, era coherente, educada…, entonces decíamos que era una persona políticamente correcta. Un político deber ser ante todo un líder, debe ser quien promueva confianza en la ciudadanía que le vota. En manos del político dejamos parte de nuestros destinos, para que valore que hacer con nuestros impuestos, nos represente ante los demás, gestione nuestros asuntos más universales…en definitiva, un político debe intentar resolver los problemas sociales, debe ser quien luche por nuestros intereses y ser capaz de promover cambios para vivir mejor en sociedad.


Pero visto lo visto en el transcurso de estos años, en nuestro país el mangoneo, la prevaricación, la corrupción, la falta de ética y la inmoralidad que nos están demostrando muchos de nuestros políticos a lo largo del periodo democrático se parece más a una de las frases lapidarias que decía el cómico Groucho Marx en una de sus películas: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”.

 

Además, en estos últimos tiempos, estamos viendo como la actitud de los políticos ha ido cambiando. Lo que menos les interesa, a muchos de ellos, es dar soluciones a los problemas que tiene la sociedad, aquella que los ha elegido para resolver las cuestiones que nos incumben a todos: léase sanidad, educación, justicia, orden social, etcétera, etcétera. En cambio, su lucha está centrada en denigrar y denostar a los políticos del bando contrario, difamar y blasfemar contra todo lo que no sea de su color político y buscar denodadamente el púlpito donde instalarse y asegurarse, durante el resto de sus vidas, un puesto en la política.

 

Hace casi tres siglos, hacia 1760, el escritor alemán Georg C. Lichtenberg, ya sentenciaba: “Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto. Eso es en gran parte lo que está ocurriendo hoy en la sociedad española, y digo española porque no conozco el resto de las sociedades fuera de nuestra frontera. Lo cierto es que la crispación y la falta de respeto, la calumnia y la mentira campan en los discursos de la mayoría de los políticos, ya sea en los medios públicos, en las redes sociales, en sus comparecencias…

 

Estamos asistiendo a una degradación política tal que la ciudadanía siente aversión a votar, se siente defraudada con el político al que votó. El ciudadano lleva años sintiendo que los estamentos políticos no se preocupan por resolver los problemas que atañen a la sociedad sino a sus propios intereses de partido y personales que les impulse a coger las riendas de gobierno para consolidarse en el cargo y vivir de él.

Milton Friedman, el premio Nobel de Economía de 1971, acertó a decir lo que todos pensamos: “Uno de los más grandes errores es juzgar a los políticos y sus programas por sus intenciones, en vez que por sus resultados”, porque estamos viendo que la política no está al servicio del pueblo sino que es el pueblo el que le sirve a la política y a los políticos para encaramarse, como una clase más por encima de la ciudadanía.

 

El camino al que nos está llevando todo esto es a la pérdida de la confianza de la ciudadanía y a no creer en la política ni en las promesas de los políticos.

 

De seguir así, ni los cipreses van a creen en Dios.

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