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EDUARDO TERNERO. LA VOZ FLAMENCA. El mundo del flamenco empezará a tomar conciencia de que ha nacido un arte que gusta. Un arte que recorre los cielos andaluces, una forma de expresarse que tiene cada vez más adeptos. La magia se ha hecho: de un grito de dolor, de un estremecimiento que se escapa tras la reja de una cárcel, de un “quejío” que vuela por encima de las olas, que se forja en la oscuridad de las galeras o en la alegría de fiestas y saraos emergería el flamenco. Imagen: Monumento a Colón(Huelva), Sacromonte(Granada), Cabo de Gata (Almería).


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¿Cuánto hace que nació esta forma de expresión, esa manera de ser, de ver la vida? ¿Desde cuándo podemos decir que aquellas voces, aquellos bailes, aquellas músicas, dejaron de ser folclore, rasgos de un determinado pueblo, idiosincrasia étnica, para convertirse en lo que llamamos flamenco? ¿Quién puede estar tan iluminado que asevere que esta forma de expresión musical surgió a finales del XVIII? ¿Acaso no pudo estar oculto, temeroso, como los rezos en la sinagoga, como la lengua romaní o las abluciones musulmanas para rezar a Alá? Andalucía, su clima, su orografía, su gente, ha propiciado, ¡como quiera que haya sido!, una forma de expresarnos distinta a otras del mundo.


Desde las antiguas danzarinas gaditanas, los cantos judíos, bizantinos, gregorianos…desde folclores ancestrales de los diferentes pueblos que se fueron asentando en nuestra tierra; la musicalidad y melismas árabes, los cantos de los negros africanos, la influencia de la España cristiana tras la Reconquista, los aires americanos que vinieron de vuelta y la enorme aportación del pueblo gitano, han ido conformando un tipo de música, (baile, cante… e incluso en la variedad de instrumentos). Todo ello ha consolidado lo que llamamos flamenco.


Entendemos que casi todo está condicionado por el clima, la orografía, la historia…; para un naranjo es difícil vivir en Finlandia, al igual que las montañas o el mar han impedido a pueblos poder estar en contacto más directo… Andalucía, por su ubicación y riqueza natural, ha sido un lugar propicio para arribadas de otros pueblos. Por la impronta de sus habitantes siempre ha sido un pueblo acogedor, no conquistable, sino que asumía parte de la cultura de sus visitantes y a la vez los impregnaba con su personalidad y naturaleza. Por ello creemos, que el flamenco ha sido un proceso indefinido, amalgamado durante siglos, que se exteriorizó y floreció posiblemente entre el XVIII y el XIX, pero sus raíces están clavadas en la tierra y se pierden en el tiempo.


A finales del XVIII el flamenco ya no se oculta, quiere salir a los pueblos, a los campos, quiere llegar a todos los rincones de su patria andaluza y les acompaña en la cabeza, en el corazón y en la garganta de sus intérpretes; sobre todo en el ánimo de muchos poetas cantaores, voces privilegiadas, conocedores de sus letras y sus sones. Son libros abiertos, gramolas andantes, que van ampliando el círculo. Ya Triana se queda chica y cruzan por el Aljarafe las soleares de los gitanos de la Cava, la de los barreros del Zurraque... Por el Guadalquivir suben desde Sanlúcar los aires marineros, los compases de los Puertos, las primigenias alegrías gaditanas…, que van regando las orillas de Coria, Puebla…, al compas de la corriente del padre río.


Se asolanan por la Campiña los cantes que bajan de los Alcores. Desde Alcalá o Mairena fluyen cantaores en las familias de los “Gordos” los “Paulas” o los “Talegas”; que pasan arrullando por trigales y viñas, por extensos olivares, para recalar en Lucena, Puente Genil… Yemas nuevas florecen en el árbol del cante, por la llanura que los acoge. Córdoba los amansa y prosigue hacia el este como una oleada que va iluminándose a su paso lentamente, al soplo del aire, como quema de rastrojos. Por el sur, el flamenco, baja las laderas de Morón hacia la Sierra Sur, recala en Ronda y hace un carril por la costa malagueña, un sendero de ilusiones que bebe los vientos de la serranía, del sentir de bandoleros… Ahora, los cantes se subliman de la Caleta al Palo y el fandango se vuelve marinero, se aclimata con los aires y la sal del Mediterráneo.


Los cantes se tiran al camino, hay que visitar a la familia, hablar con los primos que habitan las cuevas del Sacromonte y la colina del Albaicín que se asoman al Darro. Hay que llevarle al tío de Guadix unos caldos de Jerez, aceitunitas prietas de la Campiña, unas albardas repletas de cantes, de versos, de aires nuevos. Las noches de zambras se mezclan con seguiriyas, con bailes por soleares, versos que cuentan las cosas de Cádiz, historias del barrio de Triana, la mundología de los gitanos del camino, que guardan en su memoria estrofas de misterio, vivencias del pasado. Las cuevas de Granada abren sus cortinas al viento que les llega, lo abrazan y lo mecen, lo suben por los cerros jiennenses y lo bajan por los neveros hacia los campos almerienses…, luego se unen en la costa con los ritmos que trae la marea.


Ni qué decir tiene que todos estos movimientos, todos estos cambios de ritmos, van acompasando y diferenciando los palos del flamenco, en su devenir por toda la geografía andaluza, va dejando un poso, va acomodándose al terreno, al talante de su gente, a su pesares, a sus oficios, a sus herencias musicales…, ahora surgen cantes de la sierra, “abandolaos”, cantes de trilla, cantes mineros, cantes de levante…, y el árbol sigue abriendo sus ramas, se hace cada vez mayor. Aquella semilla que se gestó en los senderos del tiempo, que se regó con lágrimas del Guadalquivir, que afianzó sus raíces en las entrañas de Jerez-Triana ha germinado. Su copa seguirá creciendo, dando sombra y no parará hasta fundirse con las olas del levante cartagenero.

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