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et navidad calor

 

EDUARDO TERNERO. Estas fechas me traen recuerdos de inviernos permanentes de temporal. Entonces no se llamaban danas, ni borrascas, ni precipitaciones…, ni sabíamos lo que eran los anticiclones. Entonces se decía ¡Qué viene un temporal! Y cuando te enterabas que llovía en Canarias, sabías que en dos-tres días lo haría en Marchena, dependiendo del viento. Recordarán los de mi generación que, a partir de noviembre, nos visitaba un intenso frío, hacía un viento helado, seco; apenas podías salir a las calles porque muchas estaban embarradas, los tejados llenos de verdina goteaban y aquella débil pero continua lluvia perduraba día tras día.

 


 

eduardo ternero ok

Pero también eran días de regocijo para los más jóvenes. Llegaban las vacaciones, soltabas los libros y dejabas de pensar en el colegio hasta bien entrado enero. Entonces pasabas por las calles oliendo a puchero, a empanadillas de anís, a pestiños, a calabaza dulce... En las radios del vecindario se oían villancicos, voces de copleras que se apuntaban al carro navideño y el recién estrenado Ayuntamiento había colocado una estrella en la balconada para anunciar que era tiempo de felicidad por el nacimiento del niño de Dios, ese mismo niño de Dios que, en una cuna de mimbre o vareta, era preceptivo en cada casa y se colocaba durante el resto del año a los pies de la cama.


La Navidad, como tantas otras cosas, ha cambiado totalmente. Hoy se vive una Navidad hacia fuera y, sin entrar en eufemismos, digamos que es una exaltación de nuestro divertimento.


Sin embargo ayer…, cuando digo ayer ya hace más de medio siglo, se vivía más hacia dentro. Antes era mucho más recogida, más familiar; con lo poco que había, al calor de un brasero de cisco picón y con cenas más o menos apuradas, dependiendo de las posibilidades. Las calles, casi en penumbras, eran propiedad de muchos niños que nos juntábamos y visitábamos a los parientes. Éramos una especie de pseudo coro de campanilleros que, con una pandereta y varios campanillos, andábamos de casa en casa entonando archiconocidos villancicos, siempre endulzados por chatos de anís y arenosos polvorones que nos compensaban. En la mayoría de las casas, la fiesta de Nochebuena y Nochevieja se limitaba a la botella de anís, al extra de un pollo campero en salsa con papas panaderas, un par de empanadillas de cidra (hoy cabello de ángel) y poco más, antes de irse al catre.


Hoy exteriorizamos más todos nuestros actos, las diversiones son más multitudinarias, la gente sale a la calle a celebrar acontecimientos, salvo estos dos últimos años que parece que el Covid ha vuelto a hacer un retroceso en nuestras vidas. Hoy, durante las navidades, en cualquier bar o restaurante hay reservas todos los días. Ahora, durante todo el mes de diciembre hay ágapes de empresas, comidas de viejos amigos, saraos de estudiantes del curso tal de bachillerato o compañeros de fin de carrera, del equipo de fútbol sala, de las amigas de pilates… Cuando vienes a ver has tenido veinte eventos/comilonas en un mes. Cuando llegan Nochebuena y Nochevieja estamos tan hastiados de langostinos y salsas, de cocteles y canapés, de anchoas del Cantábrico y de cremas catalanas… Así, que para Año Nuevo lo que deseas es un caldo del puchero y dormir tranquilamente sin escuchar ningún villancico más.


Ahora, en los tiempos que corren, desde mediados de noviembre hay ciudades que empiezan a poner el alumbrado. Estamos casi finalizando diciembre y aún podemos ir en camisa o con una rebequita. Llevamos más de un mes y estamos saturados de villancicos, de anuncios de mantecados, de colonias y juguetes. Faltaba un mes para que llegase Nochebuena y ya teníamos el frigorífico lleno de mariscos, carnes…, la despensa repleta de botellas de licores, bombones y dulces navideños.


La Navidad no se hace esperar, se nos adelanta a nuestros tiempos, las cadenas de supermercados, los ayuntamientos nos manipulan la temporalidad. Cada cual va a ver quién es el primero en encender las cuatrocientas millones de luces “led” que cada año decoran las plazas, las calles, los jardines de toda la geografía, desde el pueblo más pequeño a las grandes ciudades… Tanto que la empresa Ximénez Iluminación de Puente Genil se ha convertido en pocas décadas en una de las más grandes de nuestra Andalucía, alumbrando ciudades como Nueva York, Dubai, Londres, Berlín… medio mundo tiene luces decorativas de esta empresa. ¡Enhorabuena! Pero esto es una carrera sin sentido, es un consumismo en el que todos entramos al trapo.


Es cierto que hay un enorme encarecimiento de todos los productos que consumimos, pero la ciudadanía piensa en presente y mientras puede no se priva de casi nada. Ya llevan más de un mes los supermercados llenos de clientes llenando congeladores, preparando las fiestas navideñas; porque hoy cualquier día puede ser celebrado como noche buena o como noche vieja.


Si esto sigue como va, entre el cambio climático, que nos ha hecho tirar la ropa de entretiempo, y la prisa que meten todos para que se adelante el consumo, dentro de nada habremos cambiado aquel calor espiritual, aquel calor de la Navidad de antaño, aquel calor familiar, de recogimiento, de paz… por el calor literalmente hablando. Como sigamos adelantando las fechas nos vamos a comer los polvorones, a cantar villancicos y a iluminar las calles en bañador y el gorro de papa Noel, en pleno agosto.

 

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