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et flamenco guadalquivir

 

EDUARDO TERNERO. LA VOZ FLAMENCA. Ya apuntamos que el flamenco fue tomando valor con el asentamiento gitano- andaluz en las distintas zonas de Andalucía. En las poblaciones de Jerez, Cádiz, Triana, Sevilla…, en ese triángulo que formaban con Lucena e incluso Ronda, muchas familias itinerantes se movían por los caminos hacia Lebrija, Utrera, Alcalá de Guadaira, y bajaban a la Campiña (Mairena, Carmona, Marchena, La Puebla de Cazalla, Morón…).

 


 

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Desde finales del XV, hasta mediados del XVI muchos gitanos, moriscos, negros y judíos, andaluces todos, campesinos pobres, marginados, perseguidos por los caminos se fueron asentando en suburbios, cuevas, chozos de los distintos lugares, aprovechando recolección de cosechas, buscando congéneres de su misma condición, alejándose de los poderes, acercándose a sus seres queridos que habían sido condenados a prisión, galeras, a trabajos forzados en astilleros, almadrabas… en un estado de miseria, esclavitud y perseguidos por la justicia. Así se instalaron en zonas de Cádiz, en los puertos (Sanlúcar, San Fernando, Puerto de Santa María…), otros grupos se ubicaron en las sierras de Morón y bajaron hasta Ronda y Málaga. Algunos se fueron hacia el Este: Estepa, Puente Genil, Cabra, Lucena… Todos llevaban en sus alforjas mucha hambre y mucho arte; una forma de expresar que les rebosaba, que iban derramando hasta que inundaron toda Andalucía, Murcia, Extremadura y más tarde el mundo entero.

 


Sería en ese marco de Cádiz-Jerez-Triana, donde sin duda prendió la mecha del flamenco. La Baja Andalucía, desde Córdoba hasta la desembocadura del Guadalquivir ha sido y es una de las zonas más aglutinadoras del Flamenco, sobre todo los pueblos por donde el nomadismo gitano-andaluz se movía en sus orígenes.


No cabe duda que estos pueblos (Lebrija, Utrera, Alcalá, Triana, Jerez…) mantienen muchas familias ancestrales gitanas emparentadas, entrelazadas, que han compartido los últimos dos o tres siglos. Tampoco hay que desdeñar que haya focos flamencos en esos tiempos en zonas de Málaga y Granada, pequeños corpúsculos en Huelva o Jaén, pero seguían, hablamos del XVIII, en un proceso de folclorismo regional, residual de etapas anteriores y de introducciones castellanas. Hay que entender que sería a finales del XVIII cuando tenemos referencias familiares, cuando hay indicios de la existencia de cantaores de forma significativa. Debemos empezar a llamarle flamenco desde ese periodo conocido por la historia de la que nos hablan Estébanez Calderón, Cadalso y tantos escritores foráneos ávidos del exotismo propagandístico de Andalucía como Borrow, Ford…, que pudieron escuchar y dar fe en sus escritos de aquella forma de expresar el flamenco. Todo lo anterior, la musicalidad atávica, el largo periodo de formación, esa nebulosa desconocida, no podemos considerarla como flamenco, pues no tenemos referencias fehacientes y concluyentes que lo demuestren, aunque un arte tan complejo no puede surgir en un periodo de unas decenas de años. Cualquier arte necesita, aparte de la masa madre, la consolidación de siglos.


Que fue de forma paulatina es demostrable por la aparición de intérpretes en unas zonas antes que en otras. También porque existen familias, sagas enteras, apellidos que desde hace cientos de años llevan los gitanos de esta zona: Valencia, Peña, Carrasco, Moreno, Fernández, Soto…, los de Triana: García, Vega, Flores, Reyes, Camacho, Filigrana, Torres y en menor medida Suárez, Cortés, Carmona, Jiménez..., muchos de ellos pertenecientes a aquellos a los que servían, que generalmente provenían del norte para repoblar las tierras de Andalucía que habían sido usurpadas a los moriscos, judíos etc. Eran cristianos viejos de procedencia Vasco-Navarra-Castellana y otras regiones del Norte que aportaron apellidos como los Vargas, los Montoyas, los Heredias… Después, paulatinamente y debido a la falta de medios para desplazarse, las dificultades de las comunicaciones… se fueron expandiendo por toda Andalucía, Extremadura, Murcia, Castilla la Mancha…


Bien es cierto que en otras zonas de Córdoba, Granada, Málaga, Jaén, en todas las provincias prácticamente, se fueron adaptando los folclores existentes, las músicas populares a la impronta del pueblo gitano-morisco que lo aflamencó todo. Después, quienes han sido capaces de guardarlo, de conservarlo y de expandirlo ha sido el pueblo gitano, como ha venido haciendo con sus costumbres, con su lengua, con su idiosincrasia…, a pesar de ser un pueblo ágrafo, pero con unos convencimientos de su cultura muy arraigados.


Hay que entender que, desde el XVI y hasta finales del XX, la provincia de Sevilla, sobre todo su Campiña compartida con Córdoba, parte de Cádiz a la vez que otras zonas del interior de Granada y Málaga fueron las más castigadas de Andalucía, por la hambruna desde el reparto de las tierras en grandes latifundios. El Guadalquivir sería el cauce para transportar vida, llevar y traer sones de Cádiz, Jerez y los Puertos; dejando su impronta en Lebrija, Utrera, Alcalá…, se templaron por las marismas, y se ralentizaron en los corrales de Triana, en las cuevas de Alcalá. Aquellos primigenios tangos se fueron pausando en tientos, la soleá pasó de ser un canté bailable rítmico a ser un cante para escuchar… y los corrales de Triana, lo tabancos de Jerez, las tabernas de Lebrija o Utrera, las cuevas de Alcalá… fueron escenarios vivos que durante las noches aglutinaban alrededor de las candelas, de la olla común, a muchos vecinos, gitanos y payos, a los pobres que trabajaban el barro o eran pescadores, herreros, cantaores, aficionados, desde los más viejos a los más pequeños.


Algunos trianeros como “el Planeta”, “El Fillo”, “El Nitri”, “Los Pelaos”, “Ollero”, “Frasco el Colorao”… pusieron las bases para un cante característicos como la Soleá de Triana. Hay que resaltar en Sevilla la figura de Silverio, su labor en pro de la dignificación del flamenco, sus cantes y su difusión a través de su empresa el Café-cantante. ¿Qué decir de Alcalá de Guadaira? Seguramente sea cuna de la soleá tal como la conocemos. Hay que reconocer en Joaquín el de la Paula, Juan Talega, Manolito María, Manuel Torre o Tomás Pavón sus aportaciones a la soleá y otros cantes. Utrera y Lebrija, hermanados en el camino con Cádiz y Jerez, “primos” por tantos lazos de sangre: La Serneta, Tío Juaniquí, Fernando “Pinini”, “los Perrate”, Curro Malena, Fernanda y Bernarda, El Funi, Concha Vargas, Pedro Bacán… y tantísimos artistas como han llenado páginas de gloria del flamenco de la Baja Andalucía.
La Campiña se cubrió de arte, Marchena con artistas como “La Gilica”, “El Cuacua”, “Los Melchores, Pepe Marchena; Mairena del Alcor, con los hermanos Curro, Manuel, y sobre todo Antonio Cruz (los Mairena), Calixto Sánchez, Castulo…; en Carmona: Parrondo, Paco Moya…; en Puebla de Cazalla: Meneses, Diego Clavel…, un largo etcétera. En la sierra con “Joselero” de Morón, los “Gastores”…

 

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