Editorial

El tenista y joven deportista español Rafael Nadal (25 años recién cumplidos) ha conquistado su 6º Roland Garros en una apoteósica final en la que ha dado un soberano repaso psicológico para los anales de la historia a un afamado público francés burgués que ha pasado de la hostilidad hacia el español a la inutilidad más cateta que se puede aguantar. A base de raquetazos y de superar momentos dificilísimos de partido, Nadal les ha hecho a todos su particular corte de mangas, superando todo tipo de desprecios recibido en la tarde parisina. (Fotografía: Nadal se emociona tras el último punto que le ha dado la victoria en Roland Garros).


Disculpen que en un periódico de ámbito local hablemos de un evento 'no marchenero'. Pero suponiendo que muchos marcheneros amantes del deporte han pasado una nueva tarde de junio pegados como chinchetas al sofá sacrificando merecidamente la siesta para ver a nuestro gran campeón, me apetece sobremanera hablar de Rafael Nadal. Un deportista humilde, currante, sencillo, con educación, grandísimo tenista, respetuoso y caballero del deporte, que está marcando unos hitos históricos en el mundo de la raqueta de los que pienso que no somos conscientes hoy en día.

¡Cómo ha rugido ese público francés espoleando a Federer, cómo ha vibrado, cómo ha saltado, qué asquerosa rabia que viene de no se sabe dónde han soltado cada vez que había posibilidad de que hubiera partido....y cómo se han jodido hasta el infinito cuando el español ha sacado los dos cojones tan grandes que tiene en lo alto para remontar el vuelo como hace absolutamente siempre!

Castigado, despreciado, pitado, odiado con ese silencio patético del público cada vez que iba por delante en el marcador, abucheado hasta por señalar una bola que salió dos metros fuera como comprobó el árbitro.

Hoy Nadal no ha ganado un partido, ha ganado una guerra en la que todos rugían buscando que se desangrara y que fuera ajusticiado por el ángel suizo, que nada tiene que ver en el asunto. Y el desarrollo de este encuentro ha hecho aún más ridículo y esperpéntico el espectáculo de un público francés que se va a tener que ir con su exquisitez a otro lado, porque señores y señoras, no hay derecho a lo que ha sufrido el Gran Campeón de la tierra batida y un deportista único en la historia del tenis y del deporte en general.

25 años, 6 Roland Garros de 7 jugados. Ha aguantado desde octavos con Sorderling, no siendo el sueco precisamente tan caballero como el suizo, ha aguantado en todos los encuentros jugados, ha sido abucheado hasta en años anteriores saliendo lesionado de un encuentro, y hoy lo han visto muerto y hasta el más optimista de sus seguidores, como puedo ser yo, ha visto el partido peligrar.

Pero sabíamos de Rafael Nadal que se mueve con una agilidad sensacional en el mundo de la pista, que saca golpes buscando espacios donde no los hay (eso es también exquisitez señores del tenis, no sólo las dejadas), que cuando tiene una diana enfrente encuentra ángulos imposibles, que nunca se da por perdido, como tampoco da por ganado nada cuando lo tiene de cara, y también, que el increíble rugir jamás escuchado en el mundo del tenis salvo cuando el gran Rafa es el enemigo público número 1 a linchar, es polvo y en polvo se convertirá.

Y ahí ha surgido Rafa para salvar un 5-2 con Federer inconmensurable y colocarle un 7-5 que lo ha dejado grogui, para con el 4-4 en el segundo set y servicio en contra romperle al sueco el saque en el siguiente e importantísimo juego y acabar el segundo ganando 7-6, y sobre todo, para cuando perdió el tercero y con el público francés levantado en armas, llegar al cuarto y protagonizar una proeza que quedará para la historia.

Al mejor Federer, apoyado por el público más incomprensible que jamás haya asistido a una final de un campeonato de estas dimensiones, le ha levantado un 40-0 que pintaba que el cuarto iba a ser paseo francosuizo y el quinto el remate del linchamiento, para dejarlo tocado y entonces demostrar que él ha nacido para jugar al tenis y no cansarse de hacerlo, para demostrar una constancia infinita y unos recursos tenísticos completísimos a  nivel técnico, táctico, psicológico y con la enorme calidad que también atesora por muchos que algunos se afanen en que en cuatro dejadas y dos revés cortados a media pista se acaben los decálogos del tenis.

Ese tenis que hoy lo han puesto dos fenómenos del deporte, y en el que ha ganado el que mejor ha sabido manejar los momentos y luchar contra la adversidad, contra una de las más grandes injusticias históricas que se han vivido en el deporte.

Dan ganas de llorar cuando en medio de esa exhibición y de ese resurgir, las fieras francesas lejos de aplacarse, han escupido al tenis con su patético silencio ante grandísimos puntos del español cuando a poco que el suizo asomaba la oreja para acercarse en el marcador, aquello parecía la grada de la Bombonera.

Así ha seguido siendo hasta en el glorioso momento de la victoria. Todos los campeones del tenis han sido respetados y adorados en sus feudos. Sampras, Navratilova en Londres, Federer por donde va...permítanme emular a Mourinho por una vez sin que sirva de precedente y preguntarme "¿por qué?". Ovacionar debería ser lo normal y el aplauso cerrado lo mínimo, pero ha habido cuatro palmas contadas en medio de miles de personas y un indigno silencio de desprecio que Don Rafael Nadal, el deportista más importante de España de todos los tiempos y Rey de Roland Garros, no se merece, porque me emociona, porque nos emociona.

Él ha dado gracias a la vida y ha calificado al torneo como el mejor del mundo. Ni un segundo de protagonismo en su discurso para el ridículo y cateto comportamiento antiespañol y antideportivo del público que lo mínimo que se merecería era que el entrenador de Rafa hubiera sido Diego Armando Maradona y le dijera lo que todos los españoles y amantes del tenis a buen seguro que han pensado justo cuando terminó la hazaña y logró su sexto título:

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Víctor M. Martín Luque