Cultura

Lilith, Adán y Eva, Rebelión en el Edén, resultó ser un absoluto alegato a la valía, capacidad de decisión, libertad y diversidad de posibilidades para el ser humano, frente al Dios imponente del Paraíso que obliga a los protagonistas a obedecerlos en el Edén. Con una gran actuación de los tres actores protagonistas, esta obra dio un vuelco a todos los registros, incidiendo en la injusticia que supone para Eva, Adán y el ser humano, en consecuencia, cargar con las culpas “del pecado”  original.



Con unos diálogos impecables por la claridad de ideas, y el ímpetu de los protagonistas, se dio un desarrollo de la escena apasionante, vibrante, cada vez a más hasta llegar realmente a emocionar al público por las conclusiones tan enriquecedoras que  se pueden sacar de una obra de teatro como ésta. En ningún momento se burló la obra de los creyentes, sólo fue una crítica a cara descubierta y sin nada que esconder, a las pautas de la Biblia, al camino guiado, a la culpa absurda por detalles insignificantes, a las exigencias de idolatría.

Mostró a Dios tal y como se percibe en los textos, y a lo largo de los siglos como nos lo han trasladado, una autoridad a la que obedecer capaz de destruirnos si no lo hacemos, como el Principio y el Fin omnipotente y omnipresente, como alguien o algo a lo que se teme. Ese Dios, voz en off realmente lograda, cualquiera que sea su religión, es profundamente vengativo en aras de las promesas del Paraíso, que en la obra acaba siendo un lugar repetitivo donde los protagonistas comen, duermen, vuelven a  comer y a dormir. En cambio, propone un mundo fruto de la acción humana.


Es relevante el papel de la serpiente, no como encarnación del Mal tal y como la tenemos entendida, sino con rostro humano y como un repertorio de conocimiento que Adán y Eva desconocen, como alguien que transmite el crecimiento a raíz del error, el choque de sentimientos que se da en la vida y que paralalemente se produce en la obra, la multiplicidad de posibilidades que ofrece el mundo que Adán y Eva desconocen y que afrontan entre la ilusión, que finalmente se acaba imponiendo, al miedo a Dios, no sin apuros, ni contradicciones en la mente de los protagonistas, que acabarán por deshacerse del sentimiento tan profundo de culpa, quizá el más atacado sin ningún tipo de complejos en la obra, lo que la hace fuerte, por ser clara y directa sin perder la trama ningún tipo de intriga, todo lo contrario.


Se dan, en definitiva, una serie de imágenes, pasajes, que, aunque basados en la historia de Adán y Eva, la transforman desde la iniciativa propia del director de la obra, Javier Osorio, y con contenidos originales que no tienen la necesidad de herir de forma burda ni de caer en la humillación del creyente; es más, es una obra abierta incluso a los creyentes, porque retrata un mundo que no idolatra al hombre, sino que lo expone como un ser con todos sus defectos en un mundo con las realidades más crueles que habrán de convivir con la ilusión y las ganas de vivir, precisamente lo que propone el autor como motor del mundo frente al miedo a Dios y que se va trasluciendo en la mirada de los protagonistas, que acaban por gozar de gran energía y vitalidad, aunque no por ello se cae en el triunfalismo de haber vencido a Dios.


 

Además de todo esto, por la calidad de la interpretación, la gestualidad tan bien trabajada y tan poco forzada, el diálogo extraordinario y la escenografía cuidada, merece la pena acudir al teatro, son obras que de vez en cuando nadie se debería perder. Enhorabuena a Asunción Sanz, Íñigo Nuñez y Cynthia Martín, intérpretes de Rebelión en el Edén, al autor de la criatura, Hernández Centeno, y al director teatral Javier Osorio. ¡Vaya pedazo de obra!