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LA VOZ FLAMENCA. Eduardo Ternero, tras ofrecer los pertinentes saludos flamencos la pasada semana, nos deleita hoy, Día Internacional del Flamenco, con una magistral disertación que nos dejará 'Sin aliento', acerca del origen del cante como expresión de las emociones humanas entre el pueblo llano, jornaleros y razas históricamente perseguidas, como la gitana. No hay mejor forma de celebrar esta efeméride que ahondando una vez más en las raíces de nuestra manifestación artística más universal. (En la imagen de portada, El destino y Manuel Agujetas).

 

 


 

EDUARDO TERNERO. Bajo la niebla aparece el verdor de las campiñas andaluzas, grandes latifundios, lugares donde se asientan judíos, gitanos, moriscos, negros…los más pobres campesinos, andaluces todos. A lo lejos se divisan los puertos de Cádiz, la costa del penar, donde eran enviados los cautivos con destino a las galeras. En los cortijos hay pesares en las gañanías, huele a dolor de cárceles, gente itinerante que abre caminos (aguadores, herradores, canasteros, tratantes, latoneros, esquiladores…),en la sierra hombres furtivos, bandoleros, maquis que se esconden, que se han rebelado contra las injusticias, proscritos. Todos perseguidos, denostados, humillados, hambrientos…sin más armas que la voz, sin otros argumentos que la falta de libertad, el hambre y la miseria en una tierra que lo tiene todo, la gente levanta la tapa del cofre que contenía los misterios del cante y los lanza al aire un grito de dolor y desesperación que, entre nube y nube, escala a la cima.


Desde Cádiz y los Puertos hasta Triana y Sevilla; de Lebrija a Lucena pasando por Jerez; de Morón a Utrera, Alcalá de Guadaira, Marchena…, ese triángulo entre Córdoba, Ronda y Sanlúcar… se disipa la niebla y emerge el Valle del Guadalquivir que conforma la Baja Andalucía. Aquí estaba la cuna que tendría la dicha de ver nacer, desde sus raíces, el árbol del flamenco.


Estamos a finales del XVIII, ese siglo de la Ilustración llamado “de las Luces”, unas luces para algunos y una oscuridad para muchos cientos de miles de andaluces que solo tenían luz en su topónimo. El pueblo formado por los últimos moriscos, negros, campesinos y gitanos, zarrapastrosos todos, pululan por los campos, por los pueblos buscando algo que llevarse a la boca. Ya hace que los gerifaltes españoles, la Inquisición, con el visto bueno de la Corte expulsaron a gran parte de judíos y moriscos, en una especie de holocausto generalizada de renovación de sangre. Cientos de miles de españoles, con raíces ancestrales en nuestra tierra, tantas como el propio Cid Campeador, tuvieron que dejar sus tierras, sus casas, sus hogares… por el hecho de tener otro color de piel, profesar otra religión, vestir diferente, o mantener otras costumbres.


Con la llegada al trono de Carlos III y su Pragmática, la represión al pueblo gitano, tras casi cuatro siglos de persecuciones y tropelías pareciera que se hubiese mitigado. Se pensaba que ya no serían acosados, esclavizados, muertos como alimañas. Se suponía que ya no serían separados por sexos y enviados a distintos puntos de España: Cádiz, Barcelona, Cartagena, El Ferrol…, con la idea de evitar la procreación y acabar con aquella “ralea”. O ¿tal vez se pensaba en suplir los costos de aquellos astilleros donde se enviaban? Mientras las mujeres y los niños fueron enviados a Málaga. Para aquellos que no cumplieran la orden les esperaban castigos, serían marcados con hierro candente y, los reincidentes, serían ejecutados. Ahora no, ahora, con la Pragmática, con aquella nueva ley se les negaba usar su lengua, su ropa, sus ritos, sus costumbres…, se les obligaba a integrarse en una sociedad que les rechazaba y les tenía inquina. Se les abocaba a perder su identidad, su idiosincrasia como pueblo; además de la marginación se intentaba su anulación como persona.


El último tercio del XVIII estaría marcado por las Guerras con Francia e Inglaterra, el sostenimiento de Sicilia y Países Bajos, El motín de Esquilache, la Revolución francesa y el afrancesamiento de la corte; por la expulsión de los jesuitas... A todo ello se unieron las perdidas coloniales de ultramar (La Florida, Santo Domingo…), cosa que a muchos alegraba, pues eran más los gastos que los ingresos de dichas colonias. Cedimos Gibraltar a Inglaterra mientras Napoleón se preparaba para crear su imperio. Después vendrían las guerras civiles, repúblicas, dictaduras, hambrunas, muertes, pobreza, hundimiento de la economía y un largo etcétera que no pararía a lo largo del XIX y casi todo el siglo XX. Todo esto marcaría el fracaso de la política española que no daba soluciones a los problemas de España, que eran muchos.

 

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Andalucía a finales del XVIII aún goza de prestigio como región rica, heredera de la entonces floreciente potencia naval y la entrada de lo expoliado en América, aunque paga más impuestos que ninguna región. La nobleza y el clero siguen ejerciendo el máximo poder pero la mayoría del pueblo llano vive en la más paupérrima miseria. Pablo de Olavide escribiría: “…el campesino andaluz es de los hombres los más infelices que yo conozco. Trabajan por temporadas en cortijos y olivares. Van casi desnudos y durmiendo siempre en el suelo, viven con el pan y el gazpacho que les dan: pero en llegando el tiempo muerto, aquél en que por la intemperie no se puede trabajar... se ven obligados a mendigar...”

 

Todo aquello quedaría reflejado en la memoria, en aquellas expresiones artísticas, en aquel arte incipiente cuya mezcolanza produjo el primigenio cante ‘jondo’. Esa amalgama de seguidillas castellanas, romances, jotas…, los cantes que aportaban las distintas regiones de España, más los cantos sefarditas, los melismas árabes… no eran suficientes. Hubo que aportar más, para que definieran el sentimiento que salía de las entrañas, de la pobreza y el sufrimiento andaluz. No se correspondía su expresión con el padecimiento gitano, con sus vivencias de persecución y malvivir. En los tajos, en las celdas de las cárceles, atados como galeotes, en los rincones de una cueva o una choza, a la luz de un candil, la garganta rota y el deseo de expresar el dolor y la pena, les hizo explotar. Fue en la tragedia que da la soledad, la impronta de un grito de libertad, un gesto de rebeldía, una mano hacia el cielo y tres o cuatro versos los que se fundieron en “soníos” negros.


Una ‘toná’ no es más que un pensamiento expresado desde el interior, sacar del alma el ahogo, el dolor; es una forma de llorar, de expresar al mundo la injusticia, de subir al viento un caballo negro que se lleva lo que te han quitado: no poder ver más a tus hijos, la falta de libertad, el hambre o la muerte de un ser querido. Quizás fuese la toná el origen, la expresión más ingenua y simple, pero de más profundidad y sentimiento que se expresaría con el cante.


La toná sería compartida por compañeros de celda, remeros, sobre una tumba familiar, por los caminos del tiempo… y se fundirían en fraguas para iluminar el martinete, en carceleras para expiar penas, en saetas para rogar a Dios… y culminarían en deblas para dar más énfasis a los versos, añadiendo melismas a la desolación.


A partir de esos cantos primigenios, los gitanos itinerantes, los temporeros, las influencias de otras músicas fueron creando, adaptando e innovando el cante y el baile. Se aflamencaron los cantes del folckore, del mundo rural (temporeras, trillas, arrieras, cantes de siega, tonás del bueyero…). También de la tragedia, del dolor, surgirá la seguiriya (la liviana, la serrana, cabales…) y de ella diversificarán otros cantes en el andar de los tiempos.

 

Pero el pueblo, el pueblo gitano, el campesino, también tiene momentos de distensión, algún momento de gozo en sus bodas, bautizos… se aprovecha cualquier resquicio (un buen trato, una ‘pedía’, la llegada de unos primos… para alegrar el alma). Se tocan las palmas, se hacen cantos antiguos, con las primeras alborás o alboreás, cantes de fiesta, boleros con acento gitano (fandango), zorongos, juguetillos de alegrías… el flamenco se va abriendo paso, empieza a echar sus primeros pasos, sus primeros balbuceos grupales, tango, bulerías...

 

Continuará...

 

eduardo ternero ok