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portada paco morillo

CRÓNICA DE JUAN M. REYES. La objetividad como máxima en la vida, -me atrevo a decir-, que existe sólo en el ideario particular y/o colectivo de los seres humanos. La idea de cómo vivir en un mundo perfecto sin fisuras y buscar la perfección en todo aquello que acontece es su permanente misión. Los axiomas como cuestión dada e inalterable y fuente de muchas reglas de la humanidad, también es un ideal que obligatoriamente se tiene que cumplir. Siempre se ha dicho “las cosas son así porque así tienen que ser”.



Para mí no vale ni una cosa ni otra…. ¿Por qué? ... porque los ideales se sueñan en el horizonte de la objetividad a través de la subjetividad que es la palanca que mueve el mundo, y los axiomas o creencias inalterables, siempre hay algún atrevido que las rompe y además de manera objetiva y posiblemente crean otro axioma que rompe con el anterior y que muy probablemente será también roto por otro que se imponga por la ley de la costumbre y el mero paso del tiempo.

Algo parecido a este proceso de vida, le está ocurriendo a la Peña de Marchena que estrena directiva nueva, con un ideario que pretende que el Ave Fénix pase por ella y la revitalice y la convierta en una institución que promulgue como medio de vida la armonía y la felicidad de las personas a través del flamenco.

Hemos vivido dos grandiosos días, el día 27 y 28 de Julio, con la Casa Fábrica a reventar, donde se ha podido disfrutar del flamenco de tablao, de la tertulia y de la posterior fiesta flamenca entre el grandísimo número de aficionados que se dieron cita en estos dos días enfrente de los porches de San Juan.

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En el día de ayer, a las 22:15 horas de la noche, un servidor presentó a dos grandes artistas que dieron un recital que se hizo muy corto para el público asistente a pesar de durar el tiempo reglamentario.

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Abrió el acto el genial guitarrista Manolo Franco, que quiso homenajear a Melchor de Marchena dedicándole un solo de guitarra. Hizo unas granaínas nacida de los acordes clásicos sin trastocar afinación, como mandan los cánones. Le sonó a gloria su toque personal, donde se vislumbra de vez en cuando la fuente inagotable de Enrique de Melchor.

Estuvo en todo lo que hizo mucho más que brillante, dándole el sitio, como hacen los grandes al cantaor en todo momento y llevando en volandas por todos los palos que interpretó el cantaor de la noche. Hay muy pocos guitarristas hoy, que con la estructura de toque moderna, toquen tan flamenco como Manolo Franco, que por cierto, su apellido no tiene nada que ver con aquel preconstitucional, sino que es franco de verdad, una maravillosa persona y para mí el mejor guitarrista para acompañar sin quitarle mérito alguno a su faceta de solista, que lo es y de mucha envergadura.

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Una vez terminada la dedicatoria a Melchor de Marchena subió Paco Morillo, un cantaor que se encuentra muy a gusto, -en los cante básicos-, por soleá, seguiriya, tonás y tientos-tangos, aunque al cante por malagueñas le tiene una especial atención.

En definitiva estamos ante un hombre que hoy por hoy es un flamenco con proyección, un magnifico cantaor, un joven con una voz maravillosa y unos registros propios de los cantes de nuestra tierra. Estuvo muy simpático toda la noche y empezó dirigiéndose al público con una anécdota que le ocurrió:

“Estoy encantado de venir a Marchena porque la primera que vez que canté en púbico lo hice en Marchena”. Pero en unas condiciones que no se las deseó a nadie. No llegaba a la mayoría de edad y lo trajo su abuelo en coche habiéndose dejado los papeles del mismo en Mairena, pueblo natal de Paco, y de donde partía la expedición. Como no podía ser de otra manera, lo paró la guardia civil y los retuvieron hasta hacer las averiguaciones pertinentes. Después de un largo rato y de pasar numerosas fatigas, pudieron llegar a Marchena, con la mala suerte que le tocó el número uno para salir a cantar y apenas había llegado a aterrizar en el lugar de la actuación. El pobre cantó como pudo y como el mismo me transmitió, le salió como para que le echaran los perros….

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Tengo que decir que ya era hora de encontrar a un cantaor que no es jartible, que sabe lo que tiene en las manos y lo ejecuta como hay que hacerlo. Hoy a muchísimos cantaores que les ha dado por alargar tantos los cantes que lo hacen infumables para el público. Es muy habitual ver los ya clásicos 20 minutos por soleá, tres malagueñas con sus dos o tres abandolaos, bulerías con los Pavones, Mairenas y Camarón juntos, y si es posible pasando por la Paquera de Jerez y todos los Sotos juntos… Así se podría describir un larguísimo etc….etc...etc.

Eso es una locura que aburría al mismísimo Santo Job. Un cantaor no tiene por qué demostrar todo lo que sabe cada vez que se sube a un escenario. Lo que debería hacer, en mi opinión, es mostrar una gran variedad de cantes en su justa medida y eso fue lo que hizo ayer Paco Morillo.

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Comenzó su actuación por malagueñas del Mellizo y rematada por una jabera. Cantes bien ejecutados en su conjunto y en su justa medida. Dijo después “voy a cantar por tientos” e hizo tientos, tres o cuatro tercios y su remate sin tangos. Prosiguió por seguiriyas con un primer tercio de Nitri y otro y remate con un claro trasfondo mairenista. Seguidamente le tocó el turno a unos tangos flamencos muy parados, donde mezclo distintos estilos. Empezó simulando una entrada a lo Canastera de Camarón y siguió por Triana y otras variaciones rematando el cante con unos estribillos extremeños que le sonaron bien. Terminó con una ronda de fandangos naturales y por Huelva dejando un buen sabor de boca en todo el público asistente.

En fin, una noche en la que se disfrutó de un resurgir de una institución, con casi años de historia que resiste a morir. Hacía muchísimos años que la Casa Fábrica no albergaba un público tan numeroso y tan intergeneracional.

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