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Cartas de lectores

Juan Antonio Campos Espina, lector de La Voz de Marchena, nos envía una fotografía a juego entre la lógica y la imaginación, canto a una reconstrucción del Puente de Mamedra, donde impere el cuidado por el medio ambiente y no una deshumanizada construcción de hormigón. A juego con el paisaje del Corbones, Campos Espina nos ofrece un idílico paisaje a la par que recuerda su infancia, y la de muchos marcheneros, de trompo, piola, cachimbas de caña, canicas de barro y gaseosas de bola en los alrededores del puente, demolido el 29 de diciembre de 2009 tras el desprendimiento a la vía de parte del mismo. Reproducimos la carta que nos envía:


 HOMENAJE A UN VIEJO PUENTE DESAPARECIDO POR EL PROGRESO
 
El Puente de Mamedra lo jizo un francé
por arriba pasa to er que quiere,
y por abajo el tren.
El tren de las tré.
 
El otro día leí una esperanzadora noticia, dónde se informaba de la posible reconstrucción del Puente de Mamedra. Esos titulares me llenaron de gozo y a la vez de nostalgia, una nostalgia infantil y adolescentica que que al igual que a mí pudo llenar el corazón y destapar el baúl de los recuerdos de muchos marcheneros, sobre todos de los carrozas como yo.
 
Bajo su único ojo y encaramados a unas cornisas cuya finalidad aún no comprendo, al igual que la procedencia de su nombre, furtivamente fumamos los primeros pitillos sin miedo a que nos descubrieran, esperando que pasara ese tren de las tres o la “cochinita” (aclaro este término para los más jóvenes) la cochinita era una especie de autobús ferroviario de un solo cuerpo, propulsado por Gas-oil algo más rápida que los trenes de entonces, aún de vapor.
 
Mientras pasaba uno u otro, fumábamos la pipa de la paz en una especie se cachimbas que nosotros mismos fabricábamos con cañas que nacían en los alrededores del camino de hierro, mientras contábamos chistes verdes y alguna que otra mentirijilla sobre falsas experiencias sexuales que dejaban a los más pequeños con ojos de plato.
 
Así pasábamos las horas muertas de los días sin colegio y vacaciones, sin PlayStation ni ordenadores ni games sin emepetrés y otros juguetes impensables en  aquella bendita época, dónde se jugaba a piola, al trompo y a las bolas e improvisábamos un campo de futbol en cualquier calle con dos piedras por portería.
 
Algunos jóvenes de hoy pueden pensar cómo pudimos sobrevivir sin estos adelantos antisociales infantilmente hablando y no saben lo felices que éramos sin la electrónica, con nuestras canicas de barro cocido, ni siquiera de cristal de bellos colores como las de ahora. Si acaso las que servían de tapón a aquellas riquísimas gaseosas de bola, uno de los pocos refrescos que algunos tenían la suerte de beber de vez en cuando enfriados en las bien llamadas neveras de nuestra infancia.
 
Pues eso, que como las cosas de palacio van despacio, me permito reconstruirlo yo,  aunque solo sea oníricamente ayudado por mi cámara fotográfica y mis sentimientos.
 
Eso sí, creo que ese puente se merece algo mejor que una vía férrea llena de prisa deshumanizada y con un gigante de hormigón que lo empequeñece y apabulla a sus espaldas. Por eso lo traslado a otro lugar, mas estético y no por eso menos marchenero, nuestro río Corbones quien lo alberga con todo cariño tal y como podéis ver en este mi pequeño homenaje, integrándolo con cierta lógica e imaginación en un nuevo paraje.


Espero que alguien de mi edad lea estas líneas llenas de melancolía y recuerdos.

 

Juan A. Campos Espina.
 
 

 

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