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Rincon Literario

El poeta Jesús Solano nos versa la adopción de una perra y su proceso de adaptación después de recogerla de la calle hasta llegar a sentir la confianza y el júbilo de salir a pasear y disfrutar de la naturaleza y de la propia relación de amistad que se establece entre animales domésticos y seres humanos.



CAN, AMIGA MÍA

Tumbada en el descanso de la escalera
y con los ojos medio abiertos,
pasa las horas de siesta,
mi perra, con su pelo ensortijado
y su hocico a lo bodeguera.

 Un día llegó a mi portal, dolida,
 con hambre, sed, y alguna que otra herida
de haber pasado… qué sé yo cuantos días
sin saber de su  rumbo de puerta en puerta.

Con su mirada nos dijo: que ella no era fiera,
que su raza de madre le enseñó:
querer a quien ella la quisiera.

Le dimos de comer, la bañamos con mimo,
le curamos las heridas de su cuerpo
como si fuera parte de nuestra vida,
y al momento retozó el animal
saliendo de aquella enorme enredadera. 

Tiritones y sacudidas inquietas
hacían del pequeño animal,
el centro de toda atención
como si fuera la única estrella.

 Al verla  tan limpia de cara,
 con su pelo brillante, la mirada agradecida,
 y un  antojo pequeño en el lomo,
 le pusimos de nombre, Blanca,
 como la cal se riza en  primavera.


También la llevamos al veterinario,
para hacerle un reconocimiento
de todas sus dolencias,
y de algún que otro padecimiento
que le encontramos en su lindo cuerpo.


-Ya teníamos otra perra que se estaba haciendo vieja,
por lo que fue más fácil el asunto de la  convivencia-.

En los primeros días, no quería salir a la calle,
tenía miedo por dentro, le temblaban las orejas,
tiraba del arnés con todas sus fuerzas
como el condenado va a las galeras.

Qué te pasa, Blanca…
por qué te comportas de esta manera.

Con su rabo empinado a modo de revolera
nos contó los pasajes de su vida,
de los niños crueles, de los tiros de piedra,
de su último dueño, insensato, inhumano,
el  que la abandonó sin saber por qué,
en el  infierno alquitrán de aquella carretera.

Así pudimos entender, que no quisiera pasear
en las tardes soleadas de Marchena
por los barrios más cercanos,
ni visitar las plazuelas 
donde los hombres de pelo cano,
por razón de soledad, acarician a las perras.


Tardó un tiempo, el justo para darse cuenta,
que se encontraba acogida en el seno de una familia
donde todos los componentes aman  la naturaleza.

En este binomio de amor está creciendo mi perra,
atendiendo los mandatos, vigilando la puerta
y haciendo de cada rincón,  una estampa en la espera.

Mi perra…

Hoy ya tiene la confianza para salir de paseo,
estar conmigo en la puerta, recibir a mis amigos,
y saltar de júbilo, cuando llegamos de la calle,
después de haber sentido nuestra ausencia. 

Hoy estamos contentos y orgullosos
de haber podido adoptar a mi perra,
de haber tenido las ganas de amar
a los que tanto hacen el milagro
de encontrar entre los escombros,
los heridos en las faenas.

Perros de San Bernardo, perros policías,
pastores con perros entre manadas de ovejas,
lazarillos de los ciegos,
tiradores de trineos y asuntos de otras guerras.

Mi perra… mi perra se llama, Blanca,
me lame y me hace compañía
cuando me siento al fresco en mi puerta.