Rincon Literario

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EDUARDO TERNERO. Pericles, tal vez el mejor gobernante de Grecia, consiguió darle el mayor esplendor cultural y político al mundo heleno. Fue el precursor de la Acrópolis ateniense. Por entonces se estaba construyendo el Partenón y ordenó a Fidias, el gran escultor del mundo clásico, representar en dos grandes estatuas de mármol a los dioses Apolo y Atenea para ocupar el frontal principal.



En pocas semanas, el martillo y el cincel del artista, dejaron entrever la esbelta y hermosa figura de Apolo, que emergía de aquella enorme piedra blanca. En breve, sus manos, detallaron cada músculo del cuerpo y el rostro de aquel dios hercúleo y efebo a la vez.
Las visitas de la mujer de Pericles, Aspasia de Mileto, a las dependencias, donde trabajaba el maestro Fidias, eran tan continuas y dilatadas que los celos del gobernante griego se hicieron patentes.
Nada tendría que temer de la relación entre su esposa y el escultor. Sin embargo, los sacerdotes/vigilantes del templo, la sorprendieron en más de una ocasión entre los brazos de la figura marmórea y besando los fríos labios de la escultura apolínea. Estaba tan locamente enamorada, de aquella estatua de mármol, que pasaba horas y horas admirándola, tocándola.
Pericles, al oír aquella dislocada actuación de su esposa, ordenó destruir la figura de Apolo arrojándola por la ladera de la Acrópolis.
La desgracia se cebaría con él. Aspasia, al conocer la noticia, prendió fuego al Partenón y se suicidó despeñándose como había sucedido con su amor pétreo. Ardería prácticamente todo, solo se conserva la estatua de Atenea, la columnata dórica y parte del friso del templo.

eduardo ternero ok

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