Hermandades

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Así lo declaró el pregonero de la Semana Santa 2017 de Marchena, José Antonio Martín Portillo, que incidió en pasajes bíblicos e historia del cristianismo, vinculándolos con la devoción a las advocaciones del Señor y María la Virgen en Marchena, viendo en estos aspectos lo que al cristianismo “distingue de todas las religiones y de todos los cultos anteriores y posteriores a la Cruz”. Durante el Pregón, el pregonero se recreó en la capacidad de magnetismo de las imágenes titulares de las hermandades y la fuerte impresión que el diálogo produce entre quienes le tienen fe, así como la belleza y profundidad de las sagradas esculturas, siendo especiales, aún más si cabe, las palabras de cariño y amor expresadas a María Santísima de la Piedad, por el estrecho vínculo que le ha unido.



“Primavera recién iniciada, ese olor a azahar que inunda nuestras calles, nos anuncia tu llegada…”, iniciaría José Antonio Martín López, mayor de cinco hijos, la presentación de su padre, del pregonero de la Semana Santa, que había recibido el apoyo y la bandeja conmemorativa del Pregón, por parte del Consejo de Hermandades desde la Misa de 12:00 horas en San Sebastián, a la que no quiso faltar en la radiante y soleada mañana marchenera, hasta llegar a la Iglesia Matriz de San Juan, donde el protocolo del Pregón comenzaría a las 13:00 horas, las palabras del pregonero a las 13:40 horas, y la conclusión del acto al completo pasadas las 15:30 horas (luego sus hijos le regalarían un atril).

La Iglesia de San Juan presentó un buen aspecto, aunque lejos de llenarse para tal significativa cita, lo que enciende el debate del horario del Pregón, antes de que la caída comience a ser mayor en un pueblo tan cofrade como Marchena. Asistió el director espiritual Antonio Ramírez Palacios, el presidente del Consejo de Hermandades de la Villa, José Antonio López Romero y hermanos mayores de las hermandades, religiosas de los sagrados corazones, la alcaldesa de Marchena, María del Mar Romero, así como otros cinco concejales del PSOE, tres del PP liderados por Esther Álvarez y dos del PA, con su número 1 a la cabeza, David Díaz, ausentándose por motivos ideológicos los representantes de Ganemos e Izquierda Unida.

 

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José Antonio Martín López, orgulloso de ser el presentador elegido entre los numerosos familiares y amigos a los que podía haber optado su padre, fue cruz de guía del sentir del pregonero, avanzando que nuestra Semana Santa de Marchena “nos debe hacer sentir la presencia de nuestro Señor en todas las actividades que realizamos día a día y reforzar la enseñanza de nuestros valores y fe en Cristo, fe que nos llena de energía y esperanza para afrontar nuestro porvenir, porque creer nos da la fuerza que necesitamos para vivir y renueva nuestro espíritu todos los días”.

No se olvidó de su madre, Antoñi, “pilar fundamental” de nuestra familia ni de los seis nietos que ya tiene su padre, tampoco de la compenetración especial con su hermano Manolo ni de los orígenes trabajadores alternando campo, taberna y ya con 22 años montar el negocio de moda en Madre de Dios, sin olvidar su religiosidad, pertenencia a la Adoración Nocturna, momentos entrañables como su nombramiento como Rey Gaspar, prolegómenos de Jueves Santo entre túnicas del Dulce Nombre en casa, el bullicio en torno a la calle del abuelo en Niño de Marchena apreciando de cerca las imágenes cofrades, o a nivel personal, cuando de la mano de su padre ayudaba a colocar claveles en los pasos del Niño y la Virgen de la Piedad.

Después de elogiar la labor de su padre como persona “trabajadora, honesta, sincera y con gran corazón” y comprender hoy día a su edad en mejor medida la labor “monumental y fascinante” de crear una familia, además tan numerosa como la suya, valoró su papel como Hermano Mayor, especialmente en la construcción de la Casa Hermandad o ampliación del panteón de la hermandad en el cementerio municipal, tras lo cual pidió a su niño chiquitín, al Dulce Nombre, que ayudar a su padre a entonar las palabras del pregón, al que preludió que acudía con enormes ganas de disfrutar, y así se lo notó desde el inicio, en el que tras el abrazo con el hijo y antes de que terminara la marcha de Amarguras fue abrazando a cada uno de los miembros de su familia. Antes se escuchó ‘Reina del Jueves Santo’, compuesta por José Miguel Troncoso.

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Y comenzó su Pregón tal como acta de cabildo, dando así homenaje a todas las personas que preparan la Semana Santa y sus detalles: mayordomos, montadores de pasos, secretarios, diputados de Gobiernos, vestidores, encajando un rico glosario de términos de enseres y pasos que en este caso daban el visto bueno de salida al propio Pregón, dedicado en sus primeras líneas a esa “Marchena cumplidora y seguidora de su historia” en cuanto a su implicación en el 400º Aniversario del Voto Concepcionista, “aquel con el que nuestros antepasados se comprometieron con el juramento para defender la Inmaculada Concepción de la Virgen María”, y destacando todos los actos de evangelización celebrados, así como la obra caritativa con Adismar.

Proclamando la riqueza de las distintas advocaciones que en Marchena tiene la Virgen María y la devoción “sin límites” a la Virgen en nuestro pueblo, la imploró a lo largo del Pregón, siempre desde el discurso de cristiandad enraizada, como Madre de Dios: “Si te falláramos algún día, perdónanos. Somos humanos y débiles, pero siempre habrá algunos que te amaremos más que a nada ni nadie en el mundo”.

Declarando la obligación del pregonero de “hacer una exaltación de la Semana Santa de su querido y amado pueblo”, José Antonio Martín Portillo guió su Pregón en el amor de Dios a los hombres a través de su hijo, asentando todo él a esta idea primigenia del cristianismo, siendo fiel hasta la última de sus líneas, y desde las primeras: “¿Cómo es posible que Dios quisiera tanto al mundo? Escogió la más hermosa de las madres y engendró a su Hijo por mediación del Espíritu Santo. Y después consintió entregarlo a sus enemigos para la salvación de todos nosotros. Además demostró que Dios no rehúye los sufrimientos, padecimientos, ni muerte dolorosa. Así se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz”. Uniendo este concepto con la tradición marchenera, quiso “dar gracias a nuestros antepasados por la herencia que nos han dejado en creencias, imágenes, respeto y tradiciones”, y reflejando que todas las advocaciones del Señor desde el Niño al Santo Entierro, “son camino al Dios Vivo” en Marchena.

Realizó un breve pero denso repaso de la Marchena donde pintores adecentan fachadas, de preparativos de planchar túnicas, de gastronomía de únicas empanadillas, bacalao, torrijas, espinacas, bizcochos, roscos…se retrotrajo a sus sensaciones cuando con su madre iba al horno de pequeño, halagó la torta de manteca, el aguardiente y encumbró el mollete marchenero con aceite y jamón, y entre tantas exquisiteces abrió la boca del Pregón con un “pueblo con solera, con costumbres añejas, con historia y tradiciones, y con unos habitantes que les reboza amor de sus corazones”.
Sin perder el hilo de su mariano inicio de Pregón, declaró que “El Rocío y su romería constituyen una de las más genuinas expresiones del auténtico espíritu andaluz”, y enclavada buena parte de la tradición rociera marchenera en su parroquia de San Sebastián, exclamó “¡Viva la blanca paloma, viva la reina de las marismas, viva el, pastorcito divino, viva la Virgen del Rocío, viva la Madre de Dios!”.

José Antonio Martín Portillo definió que “la Virgen y el Señor han llegado para quedarse” al barrio Madre de Dios, en referencia a Madre de Dios de la Merced y Nuestro Padre Jesús de la Salud, halagando a esta Virgen por ser “portadora de alegría, paz, santidad y gracia”, y esperando la pronta incorporación a la Semana Santa ya como hermandad de la aún asociación, añadiendo de la mano de la mañana siguiente del Domingo de Ramos, el “gran honor” que para Marchena es contar con la hermandad de la Caridad en su labor de consagrarse “al bien del prójimo”.

Las emociones no se hicieron esperar cuando saltó al Jueves Santo, como quien salta la verja de la ermita del Rocío, desbordado de pasión por su Piedad, María Santísima de la Piedad, a la que entregó en sus palabras todo lo que en sí lleva dentro de sí mismo, de su fe, y de ciertos aspectos de actualidad de la vida: emigración, violencia de género, aborto, conflictos bélicos, concepción del matrimonio…todo pasó por la Piedad.

“¡Piedad Madre! ¡Piedad! Piedad por los inmigrantes para que pronto solucionen su bienestar y puedan volver a su país de origen. Piedad por los huidos de las guerras, para que se haga la paz y puedan volver a sus hogares. Piedad para los más necesitados, para que encuentren solución a sus problemas. Piedad por los enfermos, para que recuperen su salud. Piedad por el desempleado, para que pronto encuentre trabajo. Piedad por nuestros hijos, que la Virgen los proteja y los conduzca por buenos caminos. Piedad por las madres, para que igual que la Virgen María, amen a sus hijos desde el momento que lo engendren y no opten por destruir sus vidas. ¡Piedad, madre! Por los matrimonios, para que cada día haya menos rupturas y piensen más en sus hijos, que sin culpa son los que padecen. ¡Piedad, Madre, Piedad!”, exclamaría.

“La Virgen María puede ser espejo claro en que ha de mirarse la mujer cristiana si quiere realizar su hermosa misión en la tierra. Ojalá que estas torpes palabras nos ayuden a terminar de una vez por todas con la violencia de género que acarrean las desavenencias matrimoniales”, afirmó: “Dos corazones llenos de fe, llenos de amor, unidos por el afecto purísimo mutuo y noble respeto, son ejemplos altísimos de lo que deben ser las relaciones conyugales”, expuso el pregonero: “Que en todos los hogares de Marchena, España y el mundo impere el santo amor a Dios, la virtud en toda su grandeza, el afecto conyugal más puro, la humildad y modestia más delicada, y la dignificación más elevadísima del trabajo”.

“¡Por todo ello, ¡Piedad Madre!¡Piedad! Tú no eres la fuerza del poder, tú no eres la fuerza de la riqueza, Tú no eres la fuerza del talento, Tú no eres la fuerza de la salud, Tú no eres la fuerza de la opinión, Tú no eres la fuerza del aplauso. Eres el abrazo que abraza a los desfallecidos, las manos que estrechan las nuestras con efusión, las lágrimas que confunden con las nuestras, los suspiros que responden a los nuestros, la ternura que atenúa nuestras penas, el bálsamo que consuela nuestro espíritu, el medicamento curativo sobre las llagas abiertas de nuestro cuerpo. Y en la dulce resignación te digo, tengo una sombra, tengo una Madre llena de felicidad. No estoy solo en el mundo, tengo a mi Virgen de la Piedad”, exclamó enérgica y emotivamente en este momento del Pregón, entregado a su más alta devoción, de la que ha sido vestidor muchos años guardando instantes de diálogo con Ella en la intimidad de esos momentos: “¡ Que no la roce un alfiler! Por cada alfiler una plegaria; y por cada alfiler, una oración. Y constantemente hablando con ella…”, diría, no sin expresar su orgullo porque le transmitan que su hijo Isaac le supera aún en esta faceta o por otras cuestiones relativas a la Virgen como el 35º Aniversario del Coro de la Piedad.

Rosas, pétalos y perfectas revirás, hijos y nietos en procesión con la Piedad completaron el traje que le hizo en el Pregón José Antonio Martín Portillo a su Virgen, siguiendo a detalle su recorrido y preguntándose “¿tanto me merezco? He sido muchos años tu vestidor, ocho años tu Hermano Mayor, y este año, el pregón de la Semana Santa, te lo estoy dedicando yo”.

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La Virgen es el símbolo de la flor, hermosura virginal de la naturaleza: “Por eso, nuestro Señor Jesucristo es llamado por Isaías, flor de la vara de San José; flor del campo y lirio de los valles”, avanzó el pregonero hablando ya de María Santísima de la Palma, que “se merece ser la emperatriz del mundo, la Reina triunfante de los cielos” en ese “maravilloso día que suele ser grandioso, esplendoroso…el pueblo engalana ventanas y balcones con palmas y ramas de olivo bendecidas en las Eucaristías de la mañana”, ya que el Señor demostró montado en la borriquita más humilde en su entrada en Jerusalén, “que Dios no tiene nada que demostrar”. Aludiendo al traje de hebrea de la Virgen, cantándole por inflamar su amor el corazón de Marchena entera cerró sus alabanzas así: “Una palma rizada llevas en tu mano, acompañando a tu Hijo, en la entrada triunfal en Jerusalén, el aclamado Domingo de Ramos”.

Amor también por Nuestra Señora de los Dolores, la “novicia más bonita” para a la cual piropear citó a San Ambrosio: “Ni los profetas, ni los patriarcas, ni los apóstoles, ni los mártires, ni los confesores, ni los ángeles de la gloria en sus diversas jerarquías pueden compararse a ti…ruega por nosotros al Señor de la Humildad que con paciencia te escucha y sentado en una piedra está, Virgen Dulcísima, Madre querida del alma, honrada por toda la cristiandad”, expresó, recreando los resplandores del patio de Santa Clara y el amor de los costaleros a sus imágenes, para a través de esa mirada fija al cielo tan característica de la Virgen de Miércoles Santo, desplegar su Pregón resaltando nuevamente el sacrificio de Jesús, hilo conductor de su intervención: “Los azotes, los magullamientos, la corona de espina, la cruz a cuestas, las caídas, las ignominias, los clavos y la cruxifición en lo alto del Gólgota fuesen otros tantos tormentos sentidos por ti. Amantísima elevada a la condición de Madre del dolor por designio inescrutable de Dios omnipotente”.

“En las alturas vive la más Santa de las Madres, la dulce Virgen María Santísima de las Lágrimas”, señaló comenzando su alocución sobre la Virgen de la parroquia de San Miguel, sobre la “excelsa emperatriz…en cuya alma no se halló sino la pureza, el esplendor y la santidad…María Santísima de las Lágrimas, Madre del Verbo encarnado, llevas en las mejillas lágrimas, al ver el sufrimiento de tu Hijo, que con la cruz va cargando”, le recitó el pregonero acordándose de las madres marcheneras que lleva al lado, “que siempre te acompañan y no se separan de tu lado. También corren lágrimas por sus mejillas, también tienen hijos con cruces cargados. Recurren a ti. Te imploran a ti. Te piden a ti, Madre, y esperan de tu misericordia para que cuando vuelvan a casa, el peso sea más soportado…¡cuántas cruces! ¡cuántas pasiones!¡cuántas veces los hombres como tu Hijo Jesús nos enfrentamos a situaciones trágicas de la vida, la enfermedad, la desesperación, la muerte!...en problemas laborales, depresivos, familiares, o en la sala de espera de un hospital, cuando la desesperanza invade”, reflexionó, antes de continuar con su recorrido, apuntando la grandeza de este día en el calendario marchenero y la cantidad de alabanzas que recibe la Virgen de Las Lágrimas.

José Antonio Martín Portillo continuaría recalcando varios mensajes de enraizada cristiandad, interpretados al son de las advocaciones marcheneras. “Ella no venía a compartir laureles, sino esperanza”, expondría: “Dicen que la Virgen no presenció la entrada de Jesús en Jerusalén desde cerca. Lo seguía a distancia porque su presencia en el triunfo no concordaba con su humildad”, explicaría antes, para llegar a la conclusión de que ahí estuvo María cuando llegó “el momento de la ignominia”, sin protagonismos “hasta que las carnes desgarradas de su Hijo, el Señor de la Vera-Cruz, no mancharan con su sangre las piedras de la calle Amargura”.

En definitiva, “Andalucía es la tierra que profesa la devoción más general y más entusiasta de la Madre del Salvador”, y por eso ensalzó la labor de los jóvenes y de la gente que exorna sus calles para el paso de la Virgen del Rosario, nuestra Patrona, “el atractivo más irresistible para todos los cristianos. Es portadora de inmensos amores divinos, la que nos mira con lágrimas de ternura y con el corazón derretido, lleno de fuego, con hambre de lo infinito. María del Rosario, la que tiene el corazón dilatado y perfumado con la sonrisa y el cariño que derrama sobre todos los marcheneros”.

Comparte templo con ella María Santísima de las Angustias: “¿Qué madre no suplicaría para que los golpes a su Hijo, el Santísimo Cristo de San Pedro, los recibiera ella? ¡Oh Madre mía, cuánta pena! ¡Cuánta desolación! Cada vez que unos padres pierden a un hijo me sale la misma expresión: ¡Señor, perdóname!, pero ningunos padres merecen la experiencia de vivir la pérdida de un hijo. Solo les queda el consuelo de la oración, gracias a nuestra fe y amor a Dios”, exclamó, antes de incidir el pregonero en esa “expresión de angustia tan honda y verdadera que conmueve las fibras más profundas del corazón”.

Fueron muy evocadoras las palabras que en el Pregón dedicó José Antonio Martín Portillo a la Virgen de la Soledad, pues toda esta fase del discurso la guió en el impactante momento en el que le entregan el cuerpo de Jesús a María y que desde hace unos años es tradición repescada con el Pregón del Descendimiento en Marchena: “ Llegó José de Arimatea a pedirle a Pilatos el cuerpo del Señor para entregárselo a su Madre, bendita en su Soledad, para darle sepultura.

Bajaron al Señor de la cruz, y en brazos de su madre y de los que le rodeaban, lo llevaron al sepulcro. Allí se encontraba el sol de la justicia, eclipsado en brazos de su Madre Amantísima. Allí estaba el Hijo de Dios y de la Virgen, por quien el mundo había sido hecho”, afirmó el pregonero, que ilustró el poder de la fe antecediendo a este pasaje bíblico: “Mucho se puede discutir: se puede ser muy filósofo cuando hay completa salud, la fortuna sonríe y halagan los placeres. Pero cuando las enfermedades afligen, los infortunios azotan y la copa del placer se convierte en cáliz de amargura, entonces, lo mismo la ciencia, el valor y el creyente desesperado de hallar en la tierra consuelo para las miserias o el mundo no lo pueden remediar. Elevan su fatigado corazón al cielo, a la luz de las creencias, buscando en las celestes alturas el único bálsamo con el que se cicatrizan las heridas del alma”, expresó, preguntándose, “¿Hay cosa más dulce que alabar uno a su madre? ¿Hay cosa más triste que dejar de alabarla?” y recordando esa imagen de la Virgen de la Soledad propia de estar por casa de las familias marcheneras en décadas pasadas como ejemplo de la devoción que se le tiene en Marchena: “¡Con cuánta fe se derraman las plegarias y se multiplican las súplicas! La confianza más viva penetra en el espíritu, la calma más dulce dilata el pecho…es que la devoción marchenera a Nuestra Señora de la Soledad no tiene límites…paseará por las calles de Marchena con manos entrelazadas, las lágrimas humedeciendo su cara, consumida por su pena y por su Hijo que va delante de ella. Todo el pueblo se encuentra ensimismado mirándola con la boca entreabierta”.

Entre palio y misterio, una pausa hizo el pregonero aprovechando para nombrar a colectivos no poco importantes en nuestra Semana Santa. A los jóvenes les invitó a tener “conciencia clara” de lo que es la tradición “para saber construir la progresiva y nunca suficiente perfección de las hermandades. El respeto a las tradiciones de nuestras hermandades es primordial, y con esto no digo que se guarden costumbres sin validez. Al decir tradición, no digo miedo a la evolución y cambios que realmente sean necesarios”, les manifestó, recordándoles que en la vida “es importante portarse bien y ser buenos a los ojos de Dios”, mientras que puso en valor el sentimiento de gozo al oído de una banda de música, siendo este aliciente para salir a las calles a ver las cofradías, tras lo que expresó su orgullo de cada una de las bandas de Marchena, como igualmente hizo con los costaleros, que suelen tener “un corazón tan grande en el pecho y tan lleno de amor que lo tienen que derramar entre chicotá y chicotá, subiendo a la Virgen y al Señor al cielo en todas las levantás”, sin olvidar cómo desde los respiraderos pueden ver las expresiones de emoción de los marcheneros al mirar las imágenes.

Cristiano, buen hombre y humilde fueron calificativos para San Isidro: “Nuestro pueblo lo acogió y los labradores lo eligieron como patrón…San Isidro fue hombre escogido para dar testimonio de Dios. Repartió fe, amor y compasión. Fue fiel cumplidor con lo que el Señor le encomendó”, expresó el pregonero, antes de recordar al Santo Mártir que “perdió su vida defendiendo al cristianismo por declararse cristiano”, San Sebastián, hoy Patrón de Marchena, así como el día de Via Crucis del Cristo de los Peligros, Martes Santo por la noche: “Al rezarlo, recordamos con amor y agradecimiento lo mucho que Jesús sufrió por salvarnos del pecado durante su pasión y muerte”.

Dicho esto, José Antonio Martín Portillo, apasionado por la Piedad, se entregó al Dulce Nombre de Jesús, definiendo en él la esencia del mensaje del Pregón: “El Señor Nuestro Dios había de ser una persona como los demás, había de ser niño y hombre. Nacer de Madre Virgen, padecer y morir por el género humano con el dolor y la mortificación; éste es el perfume del cristianismo. Esto es lo que le distingue de todas las religiones y de todos los cultos anteriores y posteriores a la cruz”, señaló antes de poner como ejemplo la Eucaristía cuando el Señor “nos dejó su cuerpo y su sangre”.

De ahí en adelante se sucedieron amplias loas al Dulce Niño, recreando numerosos pasajes de su recorrido: “Siete y media de la tarde, se abren las puertas del templo. La cruz de guía sale a la plazuela. Allí no se cabe, pero el pueblo es sabio y no necesita que le empuje nadie; se van rehaciendo para que los nazarenos pasen. Van saliendo las insignias y también libros de reglas y estandartes. Los niños y paveros ya salen. Sale el Dulce Nombre subido a esa piña acompañado de ángeles, querubines y serafines con los que está deseando salir a la calle y ver a los niños de su edad, que lo miran extrañados al verle con cruz cargado..aparece frente a su pueblo vestido de túnica de cola bordada, con sus largos y rizados cabellos partidos en su frente morena cayendo con gracia sobre sus hombros y corona de espinas, recibiendo los sones de su agrupación musical con el himno nacional. En la Plazuela que lleva su nombre llueven las cuartas, los aplausos y las miradas sonrientes…” y en calle Harina “la guardia romana le está esperando, ataviada con todas sus galas…¿habéis visto a la guardia romana saliendo de Harina a Orgaz? ¡Es una marchenerada! Algo igual no existe en el mundo. ¿Prender a un niño?”, se preguntó sonriente, para seguir exclamándole amor: “A ti niño primoroso, a ti luz de los pueblos, a ti niño marchenero. A ti que eres bondad por esencia, a ti que eres la sabiduría misma, a ti que reúne todas las perfecciones, a ti que eres el más dulce, el más paciente, el más caritativo…tú eres niño, nuestra esperanza, nuestro consuelo, nuestro auxilio y nuestra vida. Nuestra Madre de la Piedad, el consuelo, la esperanza, el auxilio y la vida de los cristianos”.

No desistió el pregonero del carácter divino del hombre representante de Dios en la Tierra, y lo encajó en la llegada a Jerusalén, representada en Marchena por Nuestro Padre Jesús de la Paz, de manera que recordó los milagros de que curaba enfermos, recuperaba a ciegos, hacía andar a paralíticos, hacía recobrar palabras a los mudos, multiplicaba panes y peces y ya por entonces en ese momento de su vida, según las escrituras, se conocían sus milagros. Ése es el Señor que sale el Domingo de Ramos en Marchena tras el esfuerzo inmenso de sus costaleros en el cancel de San Agustín: “Ya está en el pasaje Sergio Rodríguez, músico suyo desde hace unos años desde el balcón de San Agustín, seguro que lo está viendo. Por calle Sevilla va acompañado de las niñas de su pueblo, vestidas de hebrea con palmas en las manos, también sus nazarenos. Ya llega a la plazuela de San Miguel…” y así hasta la plaza del Pololo: “Aunque solo quede una palmera, eso es lo de menos, ¡qué recibimiento! Esa entrada verdaderamente triunfal que tuvo el Rey de los Cielos en Jerusalén es como si todo el pueblo la estuviéramos viendo. ¡Qué plaza de Alvarado! Esta Marchena milenaria y amurallada cuenta con estos monumentos y podrá dar fe de que los marcheneros aclaman con vítores al Señor de la Paz, disfrutando de lo que están viendo. Todos ellos engalanados con los mejores atuendos. Aquí en Marchena, y sobre todo en Semana Santa, para ir a ver al Señor, hay que ir con el traje puesto”.

“El Señor de la Humildad es un Padre amoroso que cuida de todos nosotros con especial solicitud…modelo de cariñosa mansedumbre y humildad…empezó su vida pública solo, pobre, salido del pueblo de Nazaret y sin otros recursos que su valor, su humildad y su paciencia, aunque con el don de los milagros que nunca empleó para su uso personal. Iba a demoler un orden de cosas que no eran bastante fuertes para resistirle, pero sí lo suficiente para hacerle morir…sentado en la piedra está/con humildad y paciencia/esperando que se cumpla/ lo que Pilato sentencia”, reseñó finalizando con esta cuarta del Señor de la Humildad y poniendo en valor tradiciones como el Pregón del Ángel y colectivos como la escuela de saetas y la Centuria romana.

El Viernes Santo retrotrajo al pregonero a momentos de su niñez cuando sus padres los traían del campo al Mandato para ver Jesús, siendo éste “el único día del año que mi padre no trabajaba en el campo”, y que era un devenir de lavarse con agua templada en la caldera preparada por su madre, arreglarse y estrenar ropa y zapatos y escuchar entre el silencio los tambores que de San Miguel al Mandato se dirigían: “¡Cuántos recuerdos! ¿quién no se acuerda en estos días de los seres que ya no están y hemos querido tanto?”, se preguntó, antes de ceñir con precisión su Pregón a ese gran momento señero de nuestra Semana Santa: “Ya han llegado María Santísima de las Lágrimas y el Discípulo Amado. Todo está preparado. Empieza el ángel que el sermón de la pasión está recitando. La Verónica sube a limpiar el rostro del Señor que tiene ensangrentado de tantos castigos que le están propiciando. La Virgen se acerca al Señor, pero éste le da de lado, no quiere que su Madre sufra al, verle el rostro demacrado. Ya mueve el Señor la mano, ¡la está levantando! Va a bendecir a su pueblo y perdonar a los que le están maltratando…la centuria romana de Nuestro Padre Jesús va desfilando…¡Oh señor de Marchena! No dejes nuestra tierra, quédate con el que reza, con el que te mira de frente y con los que te traen velas. Con los que vienen de fuera, con los que cumplen promesas. Quédate con los enfermos, con los agobiados y con los que tienen tristeza. Consuélanos, Padre mío, que te necesitamos en esta tiera”, exclamó.

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Comenzó previamente su disertación sobre el Señor de Marchena tirando de la Historia y de su propia expresión: “Es Viernes Santo y este día en Marchena recordaremos la pasión de Nuestro Señor, la prisión, los interrogatorios de Herodes y Pilatos, la flagelación, la coronación de espina y la crucifixión. Nuestro Padre Jesús, eres el Señor de nuestro pueblo. La capilla que te cobija es el muro de las lamentaciones donde todos los marcheneros te llevan sus lamentos. Van a pedirte consuelo que tú solo puedes redimir. No hay marchenero emigrante que no venga a verte, incluyendo también a todo el pueblo; porque con tan solo la cara mirarte, el milagro se da por hecho. Con la mirada y tu cara tan bien conseguida, el escultor que te hizo estaría bendecido desde que cogió el madero”.
Continúo Martín Portillo avanzando al mediodía de Viernes Santo con ese devaneo de túnicas evocadoras de la misma Roma, unas a caballo, otras en el toque musical y otras andando, y al fondo de todas ellas, “la morada sin bordados, ¡oh que maravilla! Parece que va andando”, dijo, dibujando así la escena del cortejo procesional de Jesús y su preferencia (la del pueblo en general se podría decir) para que salga siempre con esta túnica: “Detrás van tantas mujeres y todas le van rezando. Van de promesas: unas le van pidiendo por sus seres queridos; y otras, dándole gracias por el milagro recibido”.

“La esperanza para el cristiano no es un simple deseo, sino una persona, Cristo. El Ser más superior que pisó la tierra”, afirmó el pregonero en sus trazos de la palabra de Dios a la Semana Santa de Marchena, que no se desunieron de la mano el uno del otro en todo el Pregón, articulado de esta forma en plena simbiosis del mensaje de Jesús y su representación en Marchena: “Hermanos, aquí yace en la cruz el Santísimo Cristo de la Vera Cruz. El que antes de despedía de su Madre en estas palabras: Madre Mía, llegada es la hora en que me entregue a mis enemigos para cumplir con la obediencia de mi Eterno padre. Dadme licencia para ir a padecer y morir por los hombres. Y al Padre, Eterno Padre y Dios Mío: Voy a padecer por vuestra voluntad y amor, y morir por la libertad de los hombres, mis hermanos. Voy a entregarme para su salvación”, prosiguiendo que “el que a base de martillazos fue clavado en el madero de la cruz, llegando a sufrir el desgarramiento de las manos y los pies. El que sólo abrió los labios para decirle al Padre eterno (Lc 23:34) ‘Padre, perdónalos que no saben lo que hacen’, es el que se refleja en la Vera-Cruz: “Estaba el Señor estirado en ella con terrible agonía con entornados, hundidos y casi muertos ojos, consumidos los carrillos, pegada la piel a los dientes, caídos los labios, abierta la boca, afilada la nariz, tristísimo todo el semblante. Inclinada la cabeza, sumido el vientre, empapados los cabellos de sangre, rígidos y helados los brazos y piernas, y cubiertos de sangres y llagas todo el cuerpo. ¡Cómo no perder la esperanza aun sabiendo que iba a resucitar!

Recordó las Siete Palabras que pronunció el Señor en la Cruz según nuestros evangelios: “No pudo llegar a mayor extremo el amor de Dios hacia los hombres. Ahora moría en paz, se le ponía descompuesta la cara al Cristo muerto”, declaró para adentrarnos en la imagen del Santísimo Cristo de San Pedro y halagando a su escultor, rememorando el sol cayendo a la hora de su salida a las calles de Marchena, expuestas en diálogo del propio Cristo con el pueblo a lo largo de su recorrido: ”…vamos por San Francisco; me gusta esta calle por su recogimiento, ¿y mis hermanos cristeros? ¡Cuánto amor me tienen!¡Cuánto respeto!¡Qué comportamiento tan esmerado!¡Qué cantidad de nazarenos!¡Qué buen orden llevamos!...¡cuántas quintas y sextas por un lado y por el otro!...”amaos los unos a los otros como yo os he amado!”, dijo, en comunión del mensaje bíblico y las hipotéticas palabras del Cristo de San Pedro a Marchena: “Ya estamos en Orgaz y ahora aquí estoy muerto, clavado en esta cruz y mis hermanos vestidos de negro…disfrutemos de esta calle que da gusto pasar, ¡qué silencio tan sepulcral, qué bien se escucha la capilla que viene tocando detrás!¡Cuántas quintas y sextas no paran de cantar! Los cristeros de túnica no dejan de rezar…en sus miradas noto el amor que me tienen y la pena que sienten al verme en esta cruz de sufrimientos. ¡Qué me gusta este día, qué bien lo escogí! No hay nada como salir en Marchena el Viernes Santo”, reseñó el pregonero, ante de una amplia loa al honor de ver al Cristo de San Pedro, de contemplar ese misterio, de hablar con Él y de contarlo como pregonero.

Concluyendo su Pregón, señaló el pregonero que “el Hijo de Dios se hizo hombre. Como Hijo de Dios consagró y divinizó no solamente la humanidad que tomó, sino la oscuridad, el trabajo, la pobreza y la obediencia de la humilde condición en que vivió. En esa humanidad no solo es el hombre Dios, sino el artesano Dios en la tierra, como el artífice Dios en el cielo”, introduciendo así el Sábado Santo, pleno de tradiciones en la hermandad de la Soledad y figuras bíblicas representadas tales como las Tres Marías, la Fe o la Verónica, amén de la fiel Guardia Romana del Santo Entierro de Cristo: “Todo se ha cumplido, ya ha vencido a la muerte aquel portador de todas las virtudes: el más dulce, el más paciente, el más caritativo, el más santo de los hombres; el que es infinitamente bueno y misericordioso”.

Por todo ello, señaló en su disposición final el pregonero que Jesucristo nos preparó en su Evangelio “un admirable conjunto de pruebas”, y por ello expresó el júbilo de Domingo de Resurrección en el calendario de Semana Santa: “Ya no hay penas, todo es alegría. El Señor está vivo, entre nosotros seguimos protegidos”.

A modo de despedida refirió sus conversaciones con Jesús Sacramentado, y agradeció al Señor que le haya dado lo más grande, una buenísima familia desde sus antepasados a sus hijos y nietos, pasando por su esposa: “Dime si no es para estar siempre contigo, sufriendo la incomprensión de que los que te seguimos a veces no somos comprendidos”, señaló José Antonio Martín Portillo, que desde el corazón a su Niño (Dulce Nombre de Jesús), al Señor Dios hecho hombre y a su Madre María, dedicó el pregón “desde el corazón” y terminándolo tal como lo empezó, concluyendo el acta de pregonero, tras lo cual se interpretarían los himnos de Andalucía y España: “No habiendo más asuntos que tratar respecto al Orden del Día propuesto, nuestro pregonero da por concluido este cabildo extraordinario. A fecha descrita en su inicio, en Marchena, a 2 de abril de 2017. Muchas gracias”, finalizó.

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