Firmas

 campo barbacoa

EDUARDO TERNERO. Lo que les cuento es ficción nada que ver con la realidad, ni se refiere a nadie en concreto, aunque la actitud de muchos personajes, lugares y momentos haya coincidido con algunas situaciones en las que se hayan visto muchos de ustedes y puedan verse reflejados. (Imagen: Diario Sur).

 


 

Estamos en un chalet al uso, rústico, piscina, barbacoa… un sábado cualquiera, celebración de una onomástica u otro evento habitual sugerente, recurrente para tomar unas copas, tirar de un arroz, una carne a la brasa, charlar, cambiar de aire…

Se reúne parte de la familia y algunos amigos. Cerca de mediodía empiezan a llegar los coches, con los niños, los balones de fútbol. Unos besos y abrazos preceptivos, “pon al frío este Rioja que me regalaron y no sé, a ver…”; “yo he traído este dulce, es una receta que me ha dado mi compañera en el trabajo, está muy bueno, se hace al microondas...”

El anfitrión saca unas cervezas, unos vasos de colores, se está enrojeciendo el carbón de la barbacoa, hay señoras que dan un repaso a las habitaciones con la dueña, los nuevos visillos, la chimenea que hemos modificado… ellos miran el mantenimiento de la piscina, observan los árboles, el césped, que han crecido desde la última vez que estuvieron. Los niños van cogiendo terreno, empiezan a visualizar el campo, a tomar medidas, les falta dar la alineación para empezar a dar patadas al balón.

Las mujeres a coro salen al porche, charlan en un rincón, sentadas, observando al personal, aconsejan a los niños que no corran tanto, les solicitan la ropa que les va sobrando… ellas mantienen las formas, las distancias, se reservan para cuando la charla y la tarde tomen más cuerpo. Ahora lo importante es ir rompiendo las barreras con nimiedades, anécdotas de la semana, comentarios, murmuraciones del pueblo, de la tele… Aún no hablamos de las cuestiones del trabajo, de las barrabasadas del marido, ni de los problemas que le dan sus hijos… al final serán los mejores, ejemplos de familias, no solo de aquel chalet sino de los tres mil que hay repartidos por las Arenas.

Los hombres siguen acumulando litronas como trofeos de caza, hablan del tiempo, del trabajo, del último fichaje de su equipo, del misil de Kim Jong-un, del tupé de Trump o de la hija de Putin…

Hay quien a las doce ya va dándole consistencia al líquido con unas aceitunitas, un tomatito… la barbacoa sigue haciendo ascuas, los vidrios/litronas se amontonan y los diálogos se van calentando. Los infantes siguen dando patadas al esférico, sudan como para exprimirlos cada cinco minutos. Las madres, entre pitillos y la ropa de los incansables balompédicos, asida entre los brazos, mantienen el tipo.

El anfitrión deja a un segundo mover las brasas y voltear la carne para que tome las riendas. Él va sacando el perol de 40 plazas, estreves, bombona… somos 23, pero echaremos como para unos 30; total, son dos puñados de arroz más… al fin y al cabo.

El primer plato de carne en filetes o chorizo al infierno que son flor de la barbacoa va para las señoras, que permanecen sentadas, alejadas del fuego, en lugar estratégico, donde pueden observar al personal mayor y a los peloteros. Llaman a los nenes y les van dando un montadito, y en medio meten una suave cuña, alejándose de lo hortera: ¡Descansa cómete esto tranquilo, bebe un poco de agua, mira como estás de sudor…!

El personal varonil busca batir records, acabar con las litronas… ora se combina con el rioja y el blanco; ora las chuletas, el sofrito, la carne, los mejillones, calamares… el arroz.

A las seis de la tarde han aflorado algunas discusiones sobre la política del pueblo, las siglas y afinidades, las aficiones futboleras van tomando valor, las opiniones, las disputas verbales sobre el catalanismo… La Cruzcampo y el Marqués de Cáceres ya han dejado de casar, ahora le vamos echando hielo a Johnnies , a Ballantines, Caciques o Legendarios…

Las damas se han sentado cerca de los varones para que estos no suban el tono, para enseñarles el reloj de vez en cuando… se deja entrever un bordeo subliminal, ya acuden en grito hacia su prole, ya han llevado al coche la ropa del niño, han recogido el balón y todo el neceser que traían de casa. Solo les falta sentenciar: ¡Cariño, cuando quieras!

A la vuelta, desde el minuto uno, los niños caen en el asiento trasero del coche como si se les hubiera inyectado epidural, anestesia total. Los veinte minutos siguientes, conduciendo por un camino, una carretera sin arcén…, mientras tratas que no se te cierren los ojos hasta llegar a casa, tu copilota, que parece haber tomado pentotal (el suero de la verdad), te hará una síntesis/crítica de la jornada como no la haría el mejor cronista.

eduardo ternero ok

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