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JUAN MANUEL REYES CAMPOS. Es históricamente cierto que después de cientos y cientos de guerras en la vieja Europa, construida de muchísimos tratados de falsa paz y de superlativa hipocresía, demasiadas veces basadas en matrimonios de conveniencia para mantener la hegemonía del poder, bien por parte de los ingleses, de los franceses, de los rusos o los germánicos, de los españoles, del culto, diplomático, glorioso y señorial imperio austrohúngaro y de todos aquellos, que bajo el imperio de cualquier pacto oscuro, intentó salvaguardar el equilibrio tan solo reservado a Dios, poniendo por excusa siempre el bien de la humanidad y por contrapartida el beneficio propio...(en la imagen, J.Reyes con camisa de cuadros).

 



Después de los acuerdos de Yalta y de Potsdam, es decir, después de que se acodara el fin de la segunda gran guerra, en la que se crea el antagonismo entre socialismo y capitalismo, y a pesar de ese gran complejo escollo histórico, con encontradísimas posturas de pensamiento entre los líderes de uno y otro bando y con distinto ritmo de desarrollo económico, político y social, creo que a pesar de esa disyuntiva y complicada época de la histórica, con sus más y sus menos, hubo un cierto entendimiento.

 

Sobre todo en la parte occidental de Europa que a través del “Plan Marshall” y la creación de un mercado común, se plantea decididamente en su imaginario ideal, la eliminación de las fronteras. El Gran “Jacques Delors”, para mí uno de los personajes más importantes de la época contemporánea, padre de la Unión Europea, conjuntamente con otros coetáneos, apoyados entones por una gran América, aspiraban a crear una conciencia en Europa que pudiera evitar el enfrentamiento entre los pueblos.

Nosotros, es decir, España, casi totalmente ajenos de lo que se cocía en Europa, estuvimos fuera de ese proceso y no entramos en esa conciencia de unión de fronteras, con plenas garantías, hasta el año 1986, aunque si bien es cierto, que el plan de estabilización de 1959 apuesta claramente por estar presente en Europa sin mucho éxito. Porque desde un régimen dictatorial y nada democrático, no se permitía la entrada en esa renovada Europa. No es hasta el citado año y por la labor de un gobierno democrático liderado por Felipe González, después de una transición convulsa y no exenta de polémica, muy bien ordenada y dirigida por D. Adolfo Suarez, cuando España apuesta por estar presente en Europa y es a partir de esa fecha cuando se abre un camino de desarrollo sin precedentes en nuestro país. El acceso a los fondos estructurales, la consolidación del estado de derecho y de las autonomías ofrece una oportunidad de desarrollo para nuestro país, que hasta hoy en día, aún con sus grandes dificultades, sigue presente.

Si por aquel entonces, desde los tratados de Paris de 1951 y de Roma en 1957, que fueron los pilares de la presente Europa, donde se apuesta por abrir fronteras para crear un espacio común que beneficiara a todos, hasta llegar a la actualidad, a una Unión Europea con una moneda única, con un Banco Central Europeo, con un Parlamento y Gobierno que representan a 27 países, hoy parece incomprensible que en una era de globalización se quiera volver hacia atrás exacerbando los nacionalismos. Desde luego estar en esta tesis es nadar contra corriente y solo pensar que nuestro estado de las autonomías pueda desembocar en la desintegración de un país me parece un contrasentido que me cuesta imaginar.

Ahora bien, lo que nunca se puede coartar, ni limitar en un estado compuesto por autonomías, es del derecho a que una región de España pueda cuestionar el modelo presente para buscar uno mejor. Nuestra Constitución no se interpreta con criterios de equidad y justa causa de manera universal, sino que también se bambolea por cuestiones coyunturales, lógico… hay que tener en cuenta cómo nace, después de 40 años de dictadura había que contentar a todos.

Las constituciones también pueden cambiar, sobre todo la que nace para cambiar una situación y ésta se supera con creces. A nuestra carta magna de 1978 ya le hace falta un arreglito, y no un parcheo según conveniencia. Cuando hizo falta cambiarla para establecer el equilibrio presupuestario se cambió en una noche.
El título II de la Corona es manifiestamente anacrónico, tenemos Princesa de Asturias, es ilegal, la Constitución no prevé que la corona se deposite en el género femenino. Nuestro actual Rey se pasó por el forro sus obligaciones como Monarca por amor, es decir, hizo caso omiso a los compromisos de Estado que por su estatus le corresponde cumplir y las Cortes generales pudiendo vetar tal compromiso, pero pasaron de largo y no se manifestaron. Para mí, si te educas con unos privilegios para cumplir con una determinada función y no la cumples se debe renunciar a los privilegios, es decir nuestro querido Rey Felipe, debió renunciar a la Corona por amor.

Y qué decir de la separación de poderes… En nuestro país hay un revoltijo entre el Ejecutivo, el Parlamento y el Poder Judicial que desde hace ya años no hace un favor a la ciudadanía, el valor de la justicia no es claramente para todos, y así podríamos seguir nombrando mil ejemplos de ciudadanos que están por encima del imperio de la ley, que por su condición de privilegio gozan de los beneficios de épocas pasadas que da miedo nombrar.

Eso sí, si un gobierno quiere respaldarse en ella para dar lecciones de poder, la Constitución es su salvaguarda, creo sinceramente que lo de Cataluña es inaceptable en un estado de derecho. Esta situación jamás debió llegar al punto en el que está. La inactividad de este Gobierno ha vuelto a revivir en nuestro país episodios trágicos de nuestra historia.

En mi opinión no costaba nada, hace cuatro años, establecer una negociación de todas las comunidades autónomas para pactar un nuevo marco de relaciones entre el Estado y sus Comunidades Autónomas que actualizara nuestro ya caduco Titulo VIII, denominado la organización territorial del estado, al que toca darle una gran vuelta.

Desde luego estos acontecimientos que estamos viviendo de réplicas entre españoles con banderas de uno y otro lado, de fuerzas de seguridad, de represión, de resistencias y de violencia, no ayuda a que en breve podamos gozar de una buena convivencia entre españoles. Una pena que nuestros representantes políticos no hayan estado a la altura para evitar este inútil enfrentamiento.

 

Juan Manuel Reyes Campos es el Director de la Fundación Secretariado Gitano de Andalucía

 

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