Firmas

pescado caro

EDUARDO TERNERO. Claudicado el verano, inmersos en la vorágine laboral que conlleva el calendario, con los últimos estertores del veranillo de San Miguel o del del membrillo como le decimos aquí, ya no apetece mojarse en la playa. A inicios de octubre, las mañanas suelen ser brumosas y las tardes son de rebequita; la brisa marina levanta un frescor que incita a ir recogiéndose.

 


 

Sin embargo, a media mañana, pasear por la orilla, escuchando el arrullo de las olas es una delicia. Ese balanceo continuo, ver ondularse el mar desde sus entrañas y perecer en la arena, la espuma disiparse bajo las conchas marinas, mojarte los pies en compañía de los correlimos, no tiene precio.

A lo lejos, los pesqueros vuelven de faenar desde la madrugada, escoltados por un ejército de gaviotas que graznan solicitando su parte del botín. Al ruido de motores acompasados, enfilan el puerto enarbolando banderas deshilachadas, mientras los hombres, curtidos por arrugas marinas y bañados de sal, izan de sus despensas la carga con la esquilmada pesca de toda una noche en la oscuridad del mar. Rememoro, cada vez que les veo pasar en la lejanía, el cuadro de Sorolla “¡Aún dicen que el pescado es caro!”

iro al horizonte y no tengo más remedio que quitarme el sombrero al recordar el valor de aquellos hombres, aquellos conquistadores de los siglos XV y XVI, que se aventuraron, que fueron capaces de internarse en las oscuras aguas del océano, de arriesgar sus vidas ante la incertidumbre de lo desconocido, subidos en un cascarón de madera en los que hoy no seríamos capaces de subirnos ni en el canal de recreo de la Plaza de España de Sevilla.

Las olas marinas devuelven a la orilla residuos de naufragios, cuerpos abultados de africanos desesperados que se lanzan a las fauces de la mar en busca de una vida digna, esperanzados en conseguir la ansiada orilla del bienestar. Hombres y mujeres valientes que osan desafiar a las inmensidades de las aguas, que se juegan sus vidas en una ruleta movida por el viento y las olas.

Vivo o muerto, el mar devuelve, casi siempre, lo que se traga a su orilla. Pero, por desgracia, no todos tienen la suerte que, según la Biblia, tuvo Jonás que, cuando se dirigía a Tarsis (España), fue arrojado del barco y tragado por una ballena, la cual, tras tres días, lo vomitó en la orilla, aún vivo.
Miras hacia la lejanía, hacia la luminosidad de la bahía de Cádiz, repasas la orilla de Sanlúcar a Tarifa, de Rota a Barbate… cuando los Duques de Arcos y Medina Sidonia lidiaban por las almadrabas atuneras, por las salazones de voladores; litigaban por salinas y marismas, por la pesca de corrales y esteros… cuando ingente cantidad de familias de nuestro pueblo fueron a ocupar las costas del litoral gaditano para convertirse de agricultores en pescadores, de mayetes en mayetos, de la quemazón del sol a las quemaduras de la sal.

Echas la vista atrás y recuerdas la cantidad de pecios que deben estar enterrados después de quinientos años de acarrear tesoros desde las Américas, de soportar los avatares y las pillerías de los piratas extranjeros, de sufrir el envite de los temporales y las tempestades. Cuantos miles de andaluces han dejado sus vidas bajo las aguas, están enterrados bajo las cuadernas de los barcos, olvidados junto a arcas repletas de monedas de oro y plata… Rememoras, repasas la ingente cantidad de batallas, de altercados marinos que se han librado en sus aguas y la multitud de soldados, navegantes, marineros, pescadores… que han dejado sus vidas en las profundidades del piélago marino.

Me paro a contemplar la fina arena, la misma que pisaron fenicios, griegos o romanos, cartagineses o árabes venidos de otros confines, buscando las opulencias que ofrecía nuestra costa, nuestra tierra.

Los que somos de tierra adentro no llegamos a comprender ese amor/respeto/miedo que le profesan los marinos, los pescadores… la gente de la mar a su hábitat.

He caminado junto a algunos de ellos, de manos ásperas y curtida piel de sales y temporales. Están atados al Atlántico a lo largo del año, con calma o con galerna, con levante o con poniente, cada día suben a sus barcas, han de tocar la orilla, mojarse los pies en sus aguas… sentirse parte de esa mar tan suya, su vida.

eduardo ternero ok

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