Firmas

EL TORTA

EDUARDO TERNERO. A Juan Moneo “El Torta”, le conocí en la “mili”. Fue un cantaor de raza, que igual era capaz de llenar un anfiteatro con diez mil personas apasionadas escuchando su arte que estar toda la noche cantando con unos cuantos amigos en una taberna de mala muerte con dos vasos de vino. Atrevido como para dar una conferencia sobre el flamenco en la más célebre universidad e introvertido hasta cerrarse en bandas y no hablar con la prensa por vergüenza.
Era un espécimen raro, tenía una personalidad inconmensurable, un enorme carisma en la miseria y un esperpento en la opulencia. Un gitano de Jerez, receloso, que llevaba inherente un ansia de libertad sin límites. (Fotografía: elmundo.es)



Como casi no sabía leer ni escribir, me tocó tratar de enseñarle. Entonces si no ibas a clase durante las tardes del anodino servicio militar, no te daban permisos de fin de semana. Él me decía: “Gachó, apunta que he ‘asistío’ a las clases, que tengo que ir para ver a mi jamba”. Le quise hacer ver lo importante de saber leer, tener cultura, pero, en aquellas fechas, despreciaba mis consejos y los de muchos.

Entonces no lo entendía, se creía dueño de su destino. Después, por lo que le he visto y lo que he oído, aprendió mucho en la vida, sufrió y se divirtió aunque se metiera en mundos difíciles como el alcohol y las drogas. Tuvo momentos muy lúcidos en los que pudo demostrar su talento, su arte y su compás en el mundo del cante, en el mundo del flamenco. Su personalidad, su poesía, sus dudas y sus penas se reflejan en sus letras, en su cante… eran puro dolor de vida y las retenía en su memoria como agua de pozo, dispuestas a salir, a manar en cualquier momento, frescas, que saciaban una sed de siglos.

Poseía una cultura atávica, guardada en el misterio del tiempo, heredada en los genes, consolidada por la experiencia vivida. Arrastraba en sus formas el sentir del pueblo gitano, era un nómada del XX, tenía el cielo por techo y el suelo para desplazarse, nunca para estancarse, afincarse, ni atarse a él.

Pero no llegó a ser lo que pudo ser, fue un genio difícil de barajar, un pensamiento libre y un hombre capaz de cantar la mejor seguiriya y a continuación dejarlo todo y emborracharse durante días con los amigos. De tirar los veinte mil euros que había ganado en Barcelona en dos actuaciones o el importe de toda una temporada por Japón en tres noches de juerga. El dinero no tuvo valor para él, lo tuvo esa filosofía de libertad/bohemia que arrastraba, podía más que su voluntad. Después volvía a casa con su “bata” o con su gorda a refugiarse en su mundo. Se acostumbraba de la misma forma a vivir en la abundancia que en la escasez, pero sobre todo habría que destacar su generosidad, su bondad y su lealtad hacia las personas que le transmitían confianza. Era capaz de darlo todo y quedarse sin nada.

Juan Moneo era la reencarnación de Manuel Torre y el mundo negro gitano. De un Torre, del que dicen, que era capaz de negarse a cantar una saeta, para deleitar al rey Alfonso XIII, a pesar de los veinte duros que le dieron (eso podían ser tres mil euros hoy) y esa misma noche maravillar y volver loco, hasta romperse la camisa, al personal en un tugurio o en un tabanco jerezano, rodeado de humildes desdentados, a cambio de una galga barcina.

Fue Moneo coetáneo de otra personalidad, de Farruco, otro nómada incapaz de estar encerrado entre cuatro paredes (vivía bajo el puente de Chapina). En una ocasión, un señorito de Sevilla, tuvo a bien regalarle un pisito porque entendía que un artista, del que quedaba todo el mundo ensimismado con su baile y su genialidad, no podía vivir a la intemperie. A Farruco le faltó tiempo para cambiar el piso por una motillo de segunda mano.

El Torta fue amigo incondicional del díscolo Manuel Agujetas, otro gitano altanero, rompedor, guardián de la sabia de generaciones en sus venas, que era capaz de hacer un pozo a mano (pico y pala) en su parcela de Jerez y al otro día intervenir en la película de Carlos Saura “Flamenco” o hacer giras por Nueva York o París. Agujetas fue un indómito en la manera de ser y en su cante, un ser extravagante al que hemos visto más de una vez enfrentarse enfadado con el público, y hasta con su guitarrista…, hasta tal punto de que alguno se levantase de la silla, enfundara la guitarra y lo dejara solo en el escenario.

Juan Moneo “El Torta” tuvo la desgracia de caer en el abismo de la droga, era consciente de ello y más de una vez le vimos llorar con arrepentimiento. El sabía lo que arrastraba, pero siempre fue un espíritu libre, con una filosofía ancestral que ha dejado su impronta y su recuerdo en muchos de los que le conocimos.

eduardo ternero ok

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