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EDUARDO TERNERO. Este idioma nuestro, nuestra lengua, le debió pasar que, cuando “el derrumbe de la torre de Babel” y la disparidad de hablas surgieron, tomó la categoría de excelsa. Dicen los que estudian español que nuestra lengua abarca tantos conceptos, es tan rica… pero lo que se les hace difícil, a pesar de dominar gran parte de nuestra habla, es interpretar los tonos que utilizamos en la charla, puesto que cambia todo su significado.



Cualquier término que investiguemos, cualquier vocablo, aunque sea poco dado a usarse con regularidad y lo busquemos en el diccionario, tiene una cantidad de acepciones, sinónimos, antónimos, derivados, raíces… es tan rico nuestro lenguaje que a la par que se estudia se enaltece y empequeñece a otras lenguas que tantas veces ponemos como paradigmas.

Me enzarzo con la palabra cariño, ese apelativo afectuoso que solemos usar para entregarnos a alguien o algo. Esa expresión de nuestra alma, ese sentimiento que denota afecto hacia algo querido. Algo casi tangible, porque a la par que exhalamos esa aureola de amor, se avecinan, afloran efluvios sensoriales, acercamiento corporal, roces de piel… se intuye en la mirada, en el corazón de nuestros labios, en el tacto de nuestros dedos.

Recurro a otra palabra, devoción, que ocupa un plano distinto, aunque confundible, pero cae más en la sublimación que el cariño, hay más distancia, se extasía pero no se aborda sensorialmente, se venera profundamente, se admira con dignidad y respeto pero solo se entrega nuestro pensamiento, se pone menos alma, menos corazón.

De vueltas por Triana, porque, como muchísima gente, soy un enamorado de ese entrañable barrio, le tengo cariño y devoción a ese rincón del arte que tiene Sevilla en su regazo, en la otra orilla del Betis. Un lugar donde no paras de sorprenderte, donde surge la llama en cualquier esquina, donde el simple hecho de merodear, de sentarte a observar o al andar por sus calles… es proporcionarle pábulo a nuestros sentidos.

Esta vez recaigo en la Basílica del Cristo de la Expiración. Recorro el monumento y, viendo el rostro del titular, recuerdo su leyenda. Rememoro los avatares que sufrió en su época el escultor Ruiz Gijón, el cual, tras cientos de bocetos, una noche de “mal fario”, consigue plasmar en papel y a carboncillo, el rostro, la agonía de un gitano trianero, apodado el Cachorro que moría asesinado a daga en la Cava de lo Calés, por un sicario, un familiar o un novio despechado.

Imagino el cariño derrochado por la amante que en la otra orilla del río, la del Arenal, en casa señorial, desplegaba sus brazos y sorbía los labios con sus besos de aquel gitano/cabal que cada noche cruzaba desde Triana a Sevilla. Cariño el que surgía de aquellas finas manos de enamorada para atusar incansablemente las sortijas de su negro pelo, para recorrer sutilmente la tez morena de su espalda…

Imagino aquella angelical niña de blanca piel, acurrucada bajo el regazo de unos brazos castigados por el sol, fustigados por los vientos, marcados por las miserias, sintiéndose amada por un príncipe de estirpe.

Cariño el desplegado por las gitanas y gitanos, aquel clan que añoraba la partida cada madrugada de su mejor junco, que cruzaba el Puente de la Barcas cada noche en pos del amor que le esperaba tras celosías de ilustres balconadas.

Pero una noche, bajo la luz de la luna, una mano traicionera le rompió el corazón al “Cachorro” en la puerta de su choza. Al grito unísono de la Cava acudió el escultor, sorprendido en sus sueños por un pálpito. Allí se encontró, entre manos ensangrentadas de zíngaras/trianeras, el cuerpo de un gitano que expiraba en su última agonía. Allí estaba la imagen que buscó durante años, el estertor de aquel juncal que despertara amores por Triana y el Arenal.

Y Ruiz Gijón convirtió ese cariño en devoción, los llantos gitanos, el dolor de la Cava, la agónica muerte del Cachorro se convirtieron, por milagro de la escultura, en la imagen del Cristo de la Expiración. El mismo cabello ensortijado, los mismos labios que besaron con vehemencia, la misma figura gallarda, su tez morena, lo plasmó en un rictus perpetuo, celestial.

Y “El Cachorro”, convertido en un Cristo que expira, continúa saliendo, una vez más a la calle a buscar a sus amantes. Cada madrugada de Viernes Santo se acicala para cruzar el hoy llamado Puente de Isabel II. Cada año, El Cristo de la Expiración dicen que suspira amor. Que, cada primavera, lleva su cariño y fomenta su devoción por el barrio de Triana y Sevilla entera.

eduardo ternero ok

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