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et sevilla


EDUARDO TERNERO. Hace muchos años, conocí a Alonso en una precipitada foto de carné que tuve que hacerme para el libro de escolaridad. Alonso era un marchenero, gitano-fotógrafo o un fotógrafo-gitano, no sé qué anteponía antes. Sé que fue un defensor a ultranza de su estirpe, de su gente y un enamorado de la fotografía. Fue su “modus vivendi”, pero intuyó que, anclado en la plaza del Ayuntamiento de nuestro pueblo o en el paseo del Piojo, no iba a salir de la miseria, cogió los bártulos de retratar y se fue una mañana de mayo, con toda la familia, a la capital hispalense. Cogió el tren que llevaba a la antigua estación de Cádiz, donde hoy está el Mercado de la Carne en el barrio San Bernardo y se instaló allí, en Sevilla, para siempre.



Alonso arribó melancólico, se alejaba de su Marchena querida, pero tenía que alimentar a su prole y ganarse la vida con aquella cámara negra, aquel faldón de color beige y su trípode de madera y una profesión que quería con el alma. Después se llevaría años en el paseo de Catalina de Ribera, junto a los Jardines de Murillo, en los alrededores del Monumento a Colón y allí se unió, sin saberlo, a las esculturas que hizo en el 1921 otro artista de Marchena, Coullaut Varela, aquel ilustre que perpetuó el monumento y muchos otros.

Alonso, con su cámara, lo inmortalizaría también, durante muchos años, retratando a miles de rubios, guiris y no tan guiris, venidos de los distintos puntos del mundo. Muchos de ellos que aprovechan para probar las espinacas con garbanzos y los huevos a la flamenca en el Tres de Oro, el bar que se encuentra en la calle Santa María la Blanca, antes de darse un garbeo por el barrio de Santa Cruz y el patio Banderas.

Por cierto que el Tres de Oro era el bar que frecuentaban los marcheneros de los sesenta, era la parada obligatoria para desayunar cuando había que ir al médico (“por el dinero”) a Sevilla, al especialista. Era también el lugar donde parabas a tomarte un vino con un papelón de pescaíto frito, antes de coger el ferrobús de vuelta hacia Marchena. En la chaqueta el diagnóstico y la prescripción que te había dado Nicloux, el médico especialista que vivía por la calle Mateos Gago y que tendrías que darle a tu médico, a Don Manuel “Trechica”.

Entonces Sevilla “estaba más lejos”, los trenes eran lentos, había que bajar hacia la estación andando, cuando la Avenida era un descampado y aún se llamaba “el Arrecife” y dejábamos de lado “el baño de los caballos” porque, aunque había algún taxi, todo el mundo no podía permitirse esos lujos.

En la retina aún nos queda grabada aquella enorme estación sevillana de 1902, aquellas enormes humaredas que dejaban las máquinas antiguas de los trenes, el olor a café de la cantina, el trajín de soldados, una incipiente circulación, el pálpito y el bullicio de tanta gente… ruidos de la ciudad.

El pueblo, por el contrario, tenía una imagen más bucólica, menos ajetreada, el ritmo era más lento, más pausado. Ir a Sevilla para muchos era salir al mundo. Un servidor tuvo la “suerte” de ir a la capital de pequeño para repararse de un accidente en un brazo. Por desgracia la vida era así, solo comías jamón cuando tú estabas malo o cuando estaba malo el jamón.

Entonces, la instantánea junto a la Giralda, el retrato junto al Cid, era para guardar, para recordatorio de hijos y nietos. Era para ponerla encima de la cómoda. Servía para completar la foto de bodas, de la mili besando la bandera o de primera comunión que magistralmente hacían Ávalos, Miguel, Gómez o Calle y cuyos trabajos aún decoran las paredes de muchos de nuestros salones.

Pero hace mucho que se acabaron las fotos en blanco y negro de las vecinas con el delantal y moños de jazmines en el pelo, las dos niñas melladas, el niño pelado al cero… y como fondo la fuente de las Cadenas o el Arco de la Rosa. Se acabaron esas fotos de color sepia, esas fotos de los abuelos que había en casa, aquellas en la que intentábamos sacar parecidos a nuestro pelo y nuestros rasgos faciales. Se acabaron las fotos para la posteridad.

Hoy vives un presente inmediato, no hay que recordar nada. Hoy lo normal, hacer fotos, pasarla y borrarla, lo cotidiano es: “¡Jenny, he colgado las fotos del fin de semana!”. “Vane, ¿Tu chico se ha afeitado?” “¿Cuándo estuviste hace un mes en Italia, tenía barba no?” “¡Hija!, era otro, últimamente me duran poco”. Nada, igual que las fotos… días.

eduardo ternero ok

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