Firmas

et antifaz

EDUARDO TERNERO. El día de ayer, como buen cofrade, tuve una jornada plena de Jueves Santo. Primero en la capital hispalense; tras unos aperitivos en “Casa Ricardo”, me acerqué a la salida de “Montesión”, disfruté viendo “Las Cigarreras”, “Los Negritos”, “La Exaltación”. Vi salir “La Quinta Angustia” de su sede en Santa María Magdalena. De paso por Orfila a la “Hermandad del Valle” y a la carrera, “La Pasión” por Cuna. 


Vuelta de nuevo hacia Marchena, llegué a esa hora mágica de ver la Vera Cruz por el pasaje de San Juan, el silencio que se producía en aquellos momentos irradiaba misterio, sombras atávicas de cirios sobre los muros a los sones de la música y el tintineo de los varales…no tenemos nada que envidiar a Sevilla.
Después, como de costumbre, un paseo y charla por el Centro. Aún permanecía abierto Carrillo, la Peña Sevillista, el bar Santo Domingo. Con varios amigos, lo propio, comentarios sobre la puesta en escena de la cofradía, un poco de pedantería también propia de estar cansado de una jornada “semanasanterasevillana”, sendas copas entre el bullicio de gente que se acercaba para ver la entrada de sus Titulares en la capilla de la calle San Francisco. De vuelta, gente que arrastraba carritos de niños durmiendo, féminas de tacones extras con pinreles destrozados, personal que se recogía para ver salir Jesús a las seis de la mañana…

Escuchando el himno de España, a eso de las tres de la madrugada, me estaba metiendo en la cama. Tenía los pies doloridos, un cansancio enorme, un sueño, ni me di cuenta...

Hoy he acompañado a Lorenzo desde que empezó a irradiar por los vanos de nuestras torres. Acicalado, con la promesa de ir a ver el Mandato, como es mi costumbre, he tomado un buen desayuno en Cañete. Me gusta ver el desarrollo del Prendimiento, enredarme por calle Carreras y la incorporación de los armaos.

Acompaño a la Hermandad casi todo el recorrido por las Torres hasta los Cantillos. Y, aunque ahora han cambiado los horarios, yo continúo con mi rutina de todos los años. A eso de mediodía, me reparto entre la Paraita, el Casino, el Bar Manolo… me deslizo por los bares del Centro y con varias tapas concluyo… porque pronto debo estar preparándome, salgo en el Cristo San Pedro y mucho antes debemos estar dentro del templo.

Con parsimonia me voy colocando mi sayal de penitencia que está, de impoluto negro, sobre mi cama. Túnica, antifaz, cíngulo, guantes, escapulario…, este año voy descalzo. Un repaso a todo antes de salir.

Camino de la calle, en la penumbra, una última mirada en el espejo del pasillo. ¡Oh! Fue como una ventana abierta al mundo, fue una sensación extraña. Me vi reflejado, pero no portaba mi túnica, era un burka, o algo parecido a un burka, negro, igual que el que llevan, por desgracia, muchas mujeres en Oriente Medio.

Entre las rejillas del antifaz pude ver ciudades destruidas, humeantes, cuerpos destrozados entre los escombros, explosiones de bombas y metralla… la música maldita de la guerra. Varios niños asidos a sus madres lloraban sobre un muro mientras un arroyuelo de sangre corría por el suelo mezclándose con el gasoil del terrizo.

Gritos, el dolor de los heridos castigaba mis oídos, y en escenas superpuestas aparecieron soldados, con armamento sofisticado, mezclados con legionarios del imperio romano. Las concertinas se confundían con coronas de espinas, la sangre se fusionaba con el rojo de los cirios, restos de piel, cuerpos destrozados...
Las imágenes seguían entremezclándose; en una veía a los judíos injuriando, fustigando a Jesús, El Nazareno, escoltado por soldados, camino del Gólgota y en la otra, miles de refugiados sirios, afganos… huyendo de la guerra, hacinados tras las alambradas entre el frío, el hambre y el llanto de sus hijos.

Me quité el antifaz, apoyé mis manos sobre la pared, acerqué de nuevo mi rostro muy cerca del espejo y me miré a los ojos…

eduardo ternero ok

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