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EDUARDO TERNERO. Después de ver en nuestros medios, la Voz de Marchena y Tele Marchena, la gran labor que hace Manos Unidas, me paré un rato a ver el telediario de una cadena televisiva nacional y una de las noticias me sorprendió de mal grado: “…Muchos latinos y desempleados de Estados del Norte de USA decían haber perdido su empleo, que no recibían ninguna ayuda y que por tanto había votado a Trump, aplauden y apoyan su decisión de cerrar fronteras a los inmigrantes que deseen ir a EE UU, expulsar a los sin papeles e investigar los archivos para ver a quienes se les va acabando el visado para extraditarlos. Eso supone un total aproximadamente de 11’5 millones de personas, la mayoría se consideran ya ciudadanos estadounidenses.



Muchos de los norteamericanos estadounidenses entrevistados argumentan que votaron y apoyan a Trump para evitar acciones terroristas, aducen además otras razones, venían asistiendo a comedores sociales, que Donald les ha dado esperanzas, que los grandes ricos como él buscan el desarrollo comercial, instalan fábricas… insisten: Si para ellos se acabó el empleo, si para ellos el Estado no deriva ayudas para paliar sus deficiencias”, “¿Cómo van a venir más inmigrantes que puedan ocupar esos nichos que quedan vacíos, a compartir las pocas ayudas que reparta el Gobierno?”

Casi al unísono y acorde con la noticia, sucede una entrevista en directo a Jordi Évole (Salvados) que acudió a una manifestación, “Por la causa de los refugiados”, en Barcelona, a la que asistieron más de 150.000 personas, reivindicando que nuestro país debería acoger a muchas de estas familias, de estos niños, que lo están pasando tan mal por culpa de unos gobiernos que luchan entre sí, que sufren el éxodo de sus países por unos problemas internos, por la interferencia o intromisión de Rusia, EE.UU, la OTAN o vaya usted a saber quien moño lo hace o favorece que Oriente Medio, Centroáfrica y otros tantos países estén en conflicto desde hace tanto, que haya tantas muertes y tanta población en una diáspora que no les va a llevar a ninguna parte.

Bajo una lluvia de pancartas, de solidarios con los refugiados, a pie de la playa barcelonesa, se esgrimían algunas de las razones por las que los gobiernos de todo el mundo son reacios a recoger a refugiados: “La población suele castigar en las urnas a los políticos que llevan a cabo este tipo de acciones, puesto que llevan intrínseco el pensar que muchos de esos refugiados, a la corta tienen que recibir todas las ayudas necesarias para vivir (vivienda, comida, etc. etc.) y a la larga, si no se resuelven los conflictos de sus países, irán acomodándose, aclimatándose y ocupando puestos de trabajo que muchos usurparían a los nativos” (sic).

Está claro que en ambos casos lo que estamos hablando es pura y llanamente de xenofobia, rechazo directo a esas personas que necesitan ayuda, que están en una situación muy difícil, caótica y a la que no queremos socorrer por miedo a perder nuestro status, que ya está bastante deteriorado.

Sin embargo, Canadá está dando un ejemplo claro de solidaridad a todos los gobiernos de la UE desde hace años viene acogiendo y reasentando a miles de refugiados. Solo en los últimos cuatro meses ha recibido a más de 25.000 personas. Este año piensan acoger a otros 45.000 a los que ayudan y priorizan, a los que intentan acomodar y dar un puesto de trabajo. Los argumentos son la solidaridad con las personas que lo están pasando mal, entender que todos los canadienses han sido inmigrantes, ellos mismos son inmigrantes, salvo la parte india/indígena.

Canadá ha antepuesto el sentido humanitario al rechazo en las urnas de sus ciudadanos, ha antepuesto la ayuda a los necesitados del mundo al cinismo de muchos países que intentan convertir el planeta en un coto cerrado y exclusivo, cuando la globalización, ya sabemos todos, que será imposible pararla.

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