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EDUARDO TERNERO. Desde que nacemos hasta que nos hacemos adultos, nuestro mundo se encuentra inmerso en una multitud de sensaciones, de cambios. La sangre fluye con tal fuerza en la juventud, que los cambios hormonales hacen que nuestra adrenalina recorra nuestro cuerpo en segundos. La savia roja recorre los órganos dando energías al aparato locomotor, a todo nuestro sistema, incluso en lo relativo al sexo.



La humanidad ha venido observando esto desde el principio de los tiempos, desde que en Atapuerca (Paleolítico Inferior) no se podía dormir una siesta con tranquilidad por el ruido que hacían los jóvenes musterienses en sus peleas, gritos, carreras y disputas por el sexo, la caza, o un cacho de palo.

Como la juventud continuaba en sus trece, hubo que inventar el deporte. Ya, para la Grecia antigua, fue un conjunto de preocupaciones higiénicas y medicinales, éticas y estéticas. Llegó un momento en que la ociosidad de los guerreros en los tiempos de paz era tal, que había que dar salida al estrés producido por la inoperancia. Decía George Orwell: “El deporte es como la guerra pero sin armas” Por ello griegos y romanos inventaron y tuvieron que regularizar los juegos, la gimnasia, los deportes… porque toda la vida no se podía estar en guerra.

La juventud es muy propensa a inclinarse hacia cuestiones mucho más peligrosas (velocidad, riesgo… la inconsciencia), a probar cosas nuevas que le identifiquen con el adulto (beber, fumar, etc.) sustancias y situaciones que pueden dar con sus cortas vidas en sitios no solo no deseados, sino en muchos casos irreversibles.

Desde finales del XIX estados como las Repúblicas del Este, Países Escandinavos… casi toda Europa se ha preocupado por una preparación oficial de sus jóvenes con respecto al deporte. En España también eso quedó en el olvido; durante cuarenta años la Dictadura se creyó más conveniente ponernos a dieta rigurosa. Supongo que creerían que eso mantenía el cuerpo más estilizado que el deporte, por eso se optaría por el racionamiento hasta los años sesenta. La euforia hormonal se aplacó con los miedos, a propuesta de la Iglesia (¡cuidado!, nos podíamos quedar ciegos).

Gracias a la preocupación de unos pocos que, durante la transición y aún hoy, con generosidad, sin interés alguno, se van formando clubs, se entrena a niños y jóvenes, se evita que otros vicios, otras inclinaciones propias de su edad lacren sus vidas. Por desgracia, la administración del Estado, la regional o local, no apoyan los deportes como se debería. Ejemplo de ello y último ha sido la escuela de natación de nuestro pueblo que en dos años ha cosechado numerosos títulos, que ha suscitado un enorme interés entre los jóvenes…sin embargo su entrenador ha tenido que claudicar y marcharse, entre otras cosas, ante las pocas expectativas que se le ofrecían desde las instituciones.

El deporte es tal vez el mejor medio de educación, de disciplina, de medicina que existe. Trabajar la mente y el cuerpo de un joven en el deporte es asegurar de por vida una persona, evitar muchos males posteriores sobrevenidos del sobrepeso, de los vicios, enfermedades…

Desde aquí un merecido homenaje a tantos (sobre todo muchos maestros y otros anónimos) que de manera altruista lucharon, tirados por carreteras y campos deportivos de media España, sábados y domingos, durante tantos años, por sacar adelante el deporte base. Por una actividad que hiciese posible a la juventud desarrollar una actividad física en equipo, disipar dudas de sus mentes y sobre todo ir sociabilizándose a través de la competición y el compañerismo.

eduardo ternero ok

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