Firmas

et procesiones

EDUARDO TERNERO. Cuando el escritor estadounidense George RR Martin, escribió su novela “Canción de hielo y fuego” que a la postre se convertiría en el gran éxito televisivo mundial bajo el título “Juego de Tronos”, seguramente estaría rememorando esa época medieval, próxima al Renacimiento, donde el servilismo, el vasallaje y los esclavos de la gleba estaban en la orden del día. Una etapa en la historia del hombre en la que los señores feudales eran tratados como dioses. Los latifundios, los castillos, la pertenencia a la tierra, derecho de pernada… era visto como cosa normalizada, era un mandato divino.

 



Era Dios quien estaba detrás de todo y ojo (metido en el triángulo) de aquel que osase contradecir lo establecido por el Duque, Conde, Marqués…señores/amos, sus representantes terrenales, porque entonces intervenía la Santa Inquisición, que era como una guardia/fundamentalista/“cristiana” que te hacía entrar en razones con unos métodos tan convincentes como el encarcelamiento a poco pan y menos agua, pasando por torturas que inspirarían a Sade o para culminar, si el reo era persistente en sus comportamientos o creencias, en una parrillada donde se le chamuscaba por hereje, bruja, o instigador de las masas contra el Señor.

 

Me retrotraigo a épocas pretéritas del Medievo, Renacimiento… hasta ayer y veo al señor Duque de Arcos, con su séquito de alguaciles, arciprestes, escribanos, pífanos, esclavos, caballerizos… entrando en el pueblo por calle Mesones, Arco de la Rosa, subiendo hacia la Plaza Ducal, proveniente de Sevilla, tras una “dura jornada” por esa vereda que conduce a Marchena desde la ciudad Hispalense, mientras el campesinado se consumía entre el hambre y las moscas.

Me figuro el campaneo del pueblo, la sumisión eclesiástica, de alcaldes, corregidores o pesquisidores, intendentes, jurados. Retrocedo en siglos y veo el engalanado de fachadas con banderolas y colgaduras, juncias en las calles, el cierre obligado de los espacios gremiales, el fervor obligado de un pueblo harapiento, esclavos de la greña, yegüeros, porqueros, pellejeros, alarifes… conminados a una batahola de efusivos griterío y saludos, de falsa alegría por la llegada del Señor Duque.

Aquello era una manera de afianzar su poder, era una máquina jerárquica de vasallaje, con miras de mantener su status y subyugar a la población. Eran exhibiciones populistas para enaltecer la figura terrenal y cuasi divina de los Duques. Otras veces recurrían a procesionar pasos, a andas con Vírgenes, Santos… para que el pueblo los adorase, respetase y se entroncara a la religión. Paralelamente se erigían enormes templos, se entregaban parcelas, grandes solares donde construir conventos, capillas, ermitas… para Ellos poder alcanzar una feliz vida eterna con el rezo de monjas o religiosos de las distintas órdenes que proliferaron y que se mantendrían en el tiempo con el fin de asegurarse de por vida un plato y una cama diaria.

Era la sumisión de un pueblo, un pueblo analfabeto, con una ínfima calidad de vida, sin derechos ni conocimiento, que nacía esclavo y moría desnutrido, que estaba atado a la tierra como los animales al establo y que además debía agradecer a su Señor Duque y al Padre Eterno, con sus alabanzas y su sumisión, el hecho de estar vivo, poder comer… su vida era posible gracias a ellos.

Y hemos llegado aquí, sus descendientes, siglos después y no paramos de dar vueltas de tuerca a nuestro triste pasado, rememorando y recordando las desgracias pasadas, haciendo reverencias a una etapa de esclavitud ancestral ¿No creen que ya va siendo hora de quitarse las vendas? ¿No creen ustedes que ya está bien de tantas desigualdades? ¿Cuándo acabará el vasallaje? Todo aquel que gusta de tener jefe, gusta de tener subordinado, todo el que encumbra como un dios al que tiene arriba, denigra como esclavo al que tiene debajo.

¿Cuándo vamos a tomar conciencia de la realidad? Leamos con detenimiento el cuento “El traje nuevo del Emperador” o el entremés “El retablo de las maravillas” de Cervantes. ¡Abramos los ojos! La subyugación empieza al someternos, cuando nos alinean, cuando pasamos por aros y nos meten en el rebaño, sea cual sea el aprisco.

Pareciera muchas veces que nuestra sangre tuviera memoria servil, como si nos gustara ser un número, como si nos faltara tener la conciencia maniatada.

¡Perdonen, pero les tengo que dejar, me apuro, no lo puedo remediar; es que, oyendo el tañer de unas campanas…!

eduardo ternero ok

 

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